The japanese dog (Tudor Cristian Jurgiu)

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Presentada en San Sebastián como película revelación de la sección de nuevos creadores, estando esta decisión no exenta de polémica por no incluir la cinta en la sección oficial, The japanese dog es la ópera prima de Tudor Cristian Jurgiu. Trascendiendo a tanto formalismo quizás la película debiera figurar como postulante a concurso del certámen. Así lo decidieron en la organización del festival Cineuropa de Santiago, donde compite junto a otras 18 cintas europeas por el galardón a la mejor película.

Destacando como nunca antes en su historia, el cine rumano viene proponiéndonos en los últimos años una colección de títulos para enmarcar. Es el caso de The Child´s pose y de esta pequeña joya, influenciada por el «cinema verité», descubierta con grata complacencia por los cada vez más aficionados al cine de aquél país.

Don Costache Moldu (Victor Rebenguic) ha podido rescatar apenas unos cuantos enseres de las inundaciones que anegaron el sur de Rumanía hace unos años. Su mujer pereció en aquel entonces y la casa familiar quedó también devastada. Costache viene y va del pueblo con sus cuatro cosas en un carro de madera. Allí compra velas para iluminar las oscuras estancias de una vieja y derruida casona asignada por la alcaldía de la ciudad. Antes vivió en un cuartucho del propio ayuntamiento. El viejo Costache es rudo, independiente, firme y sobre todo un hombre digno. Cuenta con unas extensiones de tierra que le sugieren venda. Pero «¿qué haré yo con tanto dinero?», se pregunta. Su hijo Ticu (Serban Pavlu), ante la ausencia de noticias sobre sus padres y desconociendo que su madre ha fallecido en el desastre, regresará a su país natal junto a su esposa e hijo Koji.

The japanese dog, narra la vida austera de un abuelo que lo ha perdido todo pero que por sorpresa, ganará un nieto y una nueva oportunidad. Trabajará sin descanso cada día para evitar que los aguaceros inunden su casa, cedida en préstamo. No le interesa el dinero pese a disponer de unas tierras que le ofrecen vender para solucionarle la papeleta. La película nos lleva a los tiempos actuales en el ámbito rural rumano, donde el viejo Costache vive sin luz, sin agua corriente y sin las comodidades básicas ni medios de locomoción o teléfono particular. Pero es tan franca y sincera su historia y el retrato cotidiano de sus quehaceres que a fuerza de la dignidad que le mantiene erguido despertará una grata simpatía entre el público asomado por la pantalla grande a cualquiera de tantos de sus interminables días. Es destacable que el guión de esta cinta respete a todos y cada uno de sus personajes sin llenarles la boca de irrelevantes comentarios. No son necesarias líneas de guión de repuesto para describir sus caracteres.

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El siglo XXI no irrumpe en escena hasta la llegada al pueblo rumano del hijo de Don Constache, emigrado a Tokio hace largos años, donde se casó y fundó un hogar lejos de sus padres. El nieto de Don Constache, Koji, cambiará la vida del abuelo que tomará una decisión que naturalmente se avendrá al poder de la llamada de la sangre.

Rodada desde una dimensión realista, no siempre las situaciones narradas tienen una finalidad o propósito claro. No todo ha de encajar en el propósito de la trama, no todo lo que vemos conduce exclusivamente al desenlace de la historia. No hay utilitarismo de cada plano o secuencia. Sencillamente, Jurgiu, describe a Costache y a los vecinos del pueblo con una autonomía natural y costumbrista, a través de sus movimientos e interacciones diarias. Jurgiu huye de histrionismos e imprime a su obra un ímpetu realista que la aleja de la simple y llana ficción.

Por eso, la franqueza e humildad de este director recién descubierto, merece un reconocimiento que esperemos se refleje en las votaciones introducidas en la urna por los espectadores de Cineuropa. Si no ya el jurado, al menos intuyo que el público, el que no miente, sabrá reconocer el valor de esta pequeña historia del omnipotente cine rumano.

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