The Erlprince (Kuba Czekaj)

«My father, my father, and dost thou not hear
The words that the Erl-King now breathes in mine ear?»

«Padre mío, padre mío, ¿y no oyes
lo que el Rey Elfo me susurra al oído?»

Erlkönig — Erlking, Johann Wolfgang von Goethe

Entre montañas de apuntes sobre Física que profundizan en alguna estantería, está el extenso apartado sobre la luz y sus incidecias sobre superficies con diferentes índices de refracción. Entre los ejercicios propuestos en esas montañas, se sucedían cálculos que podían ser extensos y tediosos, y perdían toda la esencia visual del hecho que proponía el enunciado. La luz es algo que se disfruta de un modo contemplativo a un nivel que técnicamente no se alcanza.

Aún así, un joven prodigio asoma en The Erlprince para estudiar los efectos de la luz en la creación de mundos paralelos, uno adolescente que es introducido en el mundo de los adultos para anticipar logros académicos a su estado personal, envuelto en los brazos de una madre con el horriblemente denominado síndrome del progenitor helicóptero. Aquí se abre un mundo de posibilidades (bien iluminadas).

Desconociendo quién es y qué busca Kuba Czekaj, adentrarse en The Erlprince es una absoluta odisea, donde uno puede abstraerse con el intento de conformar su propia performance cuando el sonido, la luz y la formulación poética son un tótem. El fin del mundo se traduce como una conclusión en la que la ficción asoma en un intrincado drama. Aquí es donde, en un lenguaje mucho más sencillo y cercano, vemos una compleja relación entre madre e hijo que nos descubre el despertar de un joven, el grano de arroz entre todo este complejo envoltorio, y su mirada hacia el incrédulo mañana.

Existe audacia y belleza en la creación del director, en esa intención de buscar paralelismos entre frondosos problemas y espesos enigmas. Un bosque que nos atrapa entre sus orgánicas articulaciones en una historia que va de lo complejo a lo más complejo, pasando por un estado de normalidad que nos permite aceptar ese estado, ornamentado con blancos destellos y oscuras atmósferas, bailando entre la ciencia y la fábula más infantil, de nuevo no apta para niños.

No es necesario más para disfrutar de la película. Pero ahora sé quién es y qué busca Kuba Czekaj, así que seguiré sola, no necesito que me acompañéis. Su título, The Erlprince, evoca al poema de Goethe ErlkönigEl rey de los elfos, ¿la verdadera base del film? Sus versos nos acompañan durante todo el metraje. Como un proverbio, como reafirmación elocuente o con imágenes, cada uno de los cantos del rey de los bosques se cumplen, con un padre que cabalga en su negra motocicleta y un misterio en la niebla que emerge con hojas coloreadas entre resplandores luminosos solo para ese hijo, dispuesto a recrear un mundo paralelo más allá de sus estudios, como refugio personal.

La madre, que tanto vulnera al joven, se convierte en un hito que adorar por como deforma su propia estructura. Él la convierte en objeto con sus elucubraciones hasta cosificarla, convertirla en necesaria, odiarla. Pero Kuba Czekaj ya sabe con quién juega. Ella misma, la actriz Agnieszka Podsiadlik, fue madre en su primera película Baby Bump, por lo que sabemos que el director conoce a la perfección su propia neurosis, las relaciones materno-filiales, paterno-filiales, familiares y de crecimiento, confirmando que al dar la palabra al niño se conseguirá con total libertad una realidad indicadora de ingenio, donde todo es posible y a la vez está limitado por la barrera de la adultez.

La figura masculina, en cambio, crece en la naturaleza, es un animal que controla su entorno y, al contrario que la madre, va tomando forma a partir del soterrado poema. Aquí quien repite es Sebastian Lach, tomando una mayor importancia su presencia, determinando los actos de esa futura promesa de la física.

Y luego está el fin del mundo, que como una broma tiene su propia entonación musical, que como un contador nos confirma que será una historia con desenlace. Que como siempre aporta el miedo a lo desconocido, en mundos paralelos o reales, al resaltar que hasta la luz, tras todos los cálculos que nos descubrirán la dirección que va a tomar, se extingue.

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