Rita Azevedo Gomes… a examen

La venganza de una mujer es una adaptación dirigida por Rita Azevedo Gomes del relato homónimo de Jules Barbey D’Aurevilly, con un planteamiento sencillo sobre la experiencia de un dandi aristócrata que observa su propia vida como un tedio predecible, con la certeza de haber agotado todo lo que ésta puede ofrecerle… hasta que una noche conoce a una prostituta que le narra una historia.

Con esta premisa sencilla nos adentramos en una película que parece realizada toda ella con el objetivo de reivindicar el artificio. Gomes parece querer dinamitar la suspensión de incredulidad desde el principio, recordando al espectador en todo momento la artificialidad de sus escenarios, el tempo medido e irreal de sus interpretaciones, incluso utilizando directamente recursos metacinematográficos para romper la cuarta pared. Sus encuadres son perfectas representaciones pictóricas, sus personajes interpelan directamente al espectador utilizando la cámara como un altavoz y no como un registro pasivo.

Combinando el lenguaje del cine con la representación teatral, la pintura y la literatura a partes iguales, la cinta de Gomes se mueve constantemente en un desequilibrio narrativo y estilístico plenamente conscientes, transformándose en una amalgama que en vez de tratar de alcanzar un punto en común o al menos una visión de conjunto eficaz, parece decidida a resaltar las cualidades individuales de cada una de estas artes. Este enfoque desde luego no desmerece el apabullante despliegue estético de la misma, más bien al contrario, es capaz de potenciarlo hasta el punto de proporcionar una identidad tan radical y desatada como coherente en su propósito y memorable en su ejecución.

Este ejercicio de estilo es desde luego arriesgado y, sobre todo en lo referente a la inmersión en la historia, parece inevitable y completamente legítimo que ésta termine por generar una falta de implicación por parte del espectador. Pero si algo resalta el mérito de una película como La venganza de una mujer, es que ni siquiera este efecto es inherente. Que con todo el subrayado del artificio presente a lo largo de la cinta, ésta todavía sea capaz de transmitir emociones genuinas a través de su ficción es algo impresionante; que lo haga con la intensidad tan abrumadora de ésta parece un milagro o una paradoja.

Gran parte de ello se debe a la convicción de las interpretaciones. La forma en la que Roberto observa el mundo refleja una complicidad constante con el espectador, pero también un distanciamiento genuino respecto de lo que le rodea que es perfectamente comprensible como parte de su perfil psicológico; la actuación de Fernando Rodrigues no sacrifica ninguno de estos matices y logra crear un personaje creíble en un contexto al que parece no pertenecer del todo. Pero sin duda quien se lleva el gato al agua es Rita Durão, como la misteriosa prostituta cuya experiencia cambiará la vida de Roberto. Frente a la contención y frialdad de éste, la suya es una interpretación agresiva y visceral, que imprime la pantalla de una intensidad pocas veces vista. Si Fernando pretende invitar al espectador, Rita se reivindica y se desnuda ante él. El resultado de este despliegue es desde luego fascinante: cincuenta minutos que dejan sin aliento, un clímax alargado que dura la mitad del metraje total del filme y que de principio a fin transcurre sin mácula.

Por supuesto, tampoco hay que desmerecer en este sentido los méritos de una representación estética que, si bien irregular en su forma y con más bien escaso sentido de la uniformidad, resulta también cautivadora. En cada uno de los tableaux vivants que conforman el apartado visual de esta película hay toda una exaltación tremendamente eficaz de las emociones de la historia, desde el preciosismo casi irreal y vacuo de los escenarios en los que el protagonista interactúa con la aristocracia hasta la pasional historia de amor, tragedia y venganza en la que se ve sumergido. Unos encuadres expresivos, un cuidado casi obsesivo en la forma de expresarse de los personajes, tanto en la cadencia presente en sus diálogos y pausas como en sus miradas y posiciones, y unos movimientos de cámara tan esporádicos como llenos de significado son otras de sus bazas. El efecto que logra esta película con el conjunto de todos estos elementos es algo increíble.

Al final de la cinta vuelve a explicitarse la barrera entre realidad y ficción como representación. Ni siquiera esto es capaz de romper la magia de una ficción capaz de transmitir todas las sensaciones inherentes a la misma sin esconder o disimular sus cartas, conformando una experiencia maravillosa, rebosante de creatividad y de potencia expresiva a partes iguales, en la que es sin duda, y a pesar de su naturaleza controvertida casi por definición, una de las obras cinematográficas más estimulantes y valiosas de la década presente.



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