Terrario (Jesús Mora)

«El hombre es un lobo para el hombre, y no un hombre, cuando desconoce quién es el otro». Hobbes popularizó y adaptó esta cita originaria de Tito Macio Plauto en su obra Leviatán para poner de relieve que todo es relativo en la condición humana, pues su egoísmo innato puede aflorar a través de la superficie de una carencia total de estímulos aversivos o conflictivos. Si, a todas luces, el individuo busca el agrupamiento en convivencia para su estabilidad social, es su condicionamiento irracional y su solipsismo los que lo mueven a quebrantar la armonía popular e infligir dolor y castigo por voluntad propia y por naturaleza animal.

Cuando los guardianes de la democracia civilista, invisibles pululando en el ambiente y el aire como gamusinos, fracasan a la hora de mantener la estabilidad, el hombre inicia sobre su semejante un protocolo de actuación en el que las demostraciones de fuerza bruta son indispensables para no perder el puesto en el trono espiritual de superioridad. Cuando eso ocurre, y la rutina cotidiana se convierte en un yugo de manipulación simplificador y vulnerador, la voluntad se reduce a la de las hormigas dentro de un terrario, las cuales transportan su carga con pesar, dolor y silencio. Su hábitat, pese a ser acogedor y encontrarse acondicionado a sus necesidades, las acogota y las hace sentir oprimidas, sin escapatoria, como si el cubículo se estuviera estrechando muy lentamente, hasta ser aplastadas.

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En la película de Jesús Mora, la cristalera de ese terrario nos devuelve imágenes nítidas y caleidoscópicas de esos siniestros humeantes que se ven envueltos en una lucha por la supervivencia a través de la otredad y la reclusión. La misma acontece de forma inesperada y sobrevenida, sin una mecha que prender, lo cual la convierte en especialmente gélida y efectiva en sus pretensiones de incomodar y coartar la normalidad. El retrato de esta cooperación antagonista se expande en dirección perpendicular a través de una puesta en escena monoplaza y un ejercicio actoral donde la contención expresiva y el enrarecimiento de sus actos dan lugar a la incontinencia de la furia más orgánica y pugnante.

El ostracismo actante de la propuesta se gesta a través del estimulante recurso de la elipsis, desencadenando el punto de giro donde acontece el conflicto y posibilitando unos atajos formales que se sustentan en el “menos es más” de sus limitaciones logísticas. Sobre ello, la película hace un activo constante y toma a su favor la exposición en fuera de campo de sus decisiones más consecutivas y dramáticas, convirtiéndola en virtud y elegancia.

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Destaca, en la dirección de Jesús Mora, la alteración atmosférica tan natural y espontánea, casi sin esfuerzo, que provoca la febril perversidad que llevan a cabo sus personajes, con tendencias hacia el sadomasoquismo, la manipulación psicológica y la autodestrucción. Comportamientos que posibilitan que la placidez espectadora se vea truncada a través de una fascinante aproximación hacia la contemplación de lo prohibido. Fantasmal articulación, así mismo, del espacio y el tiempo cinematográficos a través de la extrañeza provocada por la pesadilla de las realidades que se ocultan bajo las capas de lo cotidiano.

Desde el inapelable simbolismo alegórico de su título, la cinta independiente Terrario supone un pequeño gran acercamiento al cine de género, enriqueciendo sus ajustadas capacidades a través de un oficio y un saber hacer que bebe de muchas y muy acertadas fuentes fácilmente identificables. Forma y fondo se dan de la mano en un ejercicio de estilo donde prima la anarquía de lo inesperado y la agonía de lo impredecible, atributos que los más avezados cinéfilos saben percibir con solo un par de compases iniciales de partitura.

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2 comentarios sobre “Terrario (Jesús Mora)”

  1. «El ostracismo actante de la propuesta se gesta a través del estimulante recurso de la elipsis, desencadenando el punto de giro donde acontece el conflicto y posibilitando unos atajos formales que se sustentan en el “menos es más” de sus limitaciones logísticas», eso mismo comentó mi abuela al salir de ver la de Titanic.

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