Something is Happening (Anne Alix)

Dos mujeres protagonizan un encuentro inesperado en la Provenza francesa cuando Irma se intenta suicidar tirándose al agua y Dolores la salva. A partir de este incidente viajan juntas forjando una amistad mientras ella recopila información para crear un guía de viajes con lugares ‹gay-friendly›. Ambas son extrañas de la tierra que comparten y de procedencias diversas —de origen búlgara y española respectivamente— y sus actitudes ante la vida son radicalmente opuestas. En Something is Happening (Anne Alix) la relación de sus dos mujeres protagonistas define un juego de proyecciones recíprocas de las decisiones de sus pasados y los anhelos que reprimen en sus presentes, de sus arrepentimientos y remordimientos. En este tránsito literal con el coche por las carreteras y caminos, visitando, descubriendo y explorando lugares de interés, surgen de forma natural las conversaciones sobre sus distintas maneras de afrontar el amor y las relaciones: lo espontáneo y sensual de la actitud de una y lo discreta y reprimida de la otra, el vacío y el dolor de quien ha perdido la persona que daba valor a su vida durante años y de la quien vive en soledad fingiendo que es feliz disfrutando de su aparentemente total emancipación.

La vida se muestra aquí como un proceso en permanente elaboración, en el que cada decisión anterior —errónea o no— debe valorarse como un paso más imprescindible para llegar a donde cada uno se proponga y no estancarse en un ahora al que intentamos aferrarnos a pesar de su fugacidad ineludible. Anne Alix usa ágilmente las elipsis para describir la evolución de la relación entre ambas con la sencillez de la evocación de los paisajes que visitan, pero sin olvidarse del contexto social que vive Europa con la crisis de refugiados y la naturaleza multicultural de un país como Francia. Es en este aspecto en el que el discurso de la película se expande para dar paso a la búsqueda del sentido de pertenencia, a un viaje metafórico para encontrarse a sí mismas sin dejar de lado la tragedia y el sufrimiento de muchos para llegar a una tierra que les promete cumplir todos sus sueños. Unos sueños que unos pocos afortunados consiguen alcanzar, pero que otros no pararán de esforzarse sin obtener nada a cambio. Sólo el hecho del mismo sacrificio les concede la energía para continuar y el sentido de su ser. Son las pequeñas historias que cuenta sobre las singulares personas que se encuentra y fotografía Dolores por el camino las que refuerzan esta idea de comunidad humana global, de elementos de conexión que surgen de inmediato.

El sexo, el lugar de nacimiento, el idioma… son simples elementos incidentales de nuestra identidad que no nos definen en relación a los otros. Sin embargo la directora si los usa como herramientas para potenciar lo cómico al subrayar las diferencias culturales o esa especie de metacomentario —y cambio repentino en el tono— que añade el personaje de Lola Dueñas a sus secuencias a través de los diálogos según abandona el francés para expresarse con mayor libertad y rotundidad en castellano. Un paisaje amplio y luminoso, de gentes despreocupadas y gustos sencillos contrasta con la parte más gris e industrial de las instalaciones de los puertos para los grandes barcos cargueros en los que las condiciones de trabajo son terribles. Dos mundos completamente distintos que coexisten sin embargo en el mismo con la invisibilidad de esos refugiados de los que se escuchan noticias constantes de sus llegadas y partidas. Porque al final este es un relato de encuentros y transiciones, de cambios y del valor para afrontarlos, de destinos que divergen y convergen apoyadas en la estructura de su narrativa, de la necesidad y la empatía.



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