Sieranevada (Cristi Puiu)

Cristi Puiu, considerado como uno de los máximos exponentes de la denominada «Nueva Ola Rumana», nos ofrece con Sieranevada (2016) la tercera entrega de su proyecto fílmico «Seis historias sobre los suburbios de Bucarest», a la que preceden La muerte del señor Lazarescu (2005) y Aurora, un asesino muy común (2010). Dicho proyecto, explícitamente inspirado en los «Seis cuentos morales» de Éric Rohmer, pretende trazar un fresco sociológico de la Rumanía de nuestros días a través de un estilo directo, seco y minimalista, que bebe de maestros del realismo fílmico como el ya mencionado Rohmer, John Cassavetes o Raymond Depardon, así como de una concepción del séptimo arte que se vincula a su poder para trazar una crítica activa de su entorno, similar a la ejercida por el neorrealismo italiano.

Sieranevada es, en esta línea, una más que digna sucesora de los otros dos largometrajes mencionados de Puiu, y se distingue de estos, a grandes rasgos, por su marcada condensación espaciotemporal; y es que toda la acción transcurre en unas pocas horas, casi a tiempo real —la cinta dura 173 minutos—, en torno a la comida de homenaje a Emil, el difunto patriarca de una familia de clase media-alta de Bucarest. Según una tradición ortodoxa, el alma del finado todavía sigue vagando cuarenta días después de su muerte y, por tanto, sus allegados, amigos y conocidos deben reunirse para despedirse adecuadamente de él. Sin embargo, y como suele ser habitual en el género de las películas sobre reuniones familiares —pensemos en Celebración (1998) de Thomas Vinterberg o en Agosto (2013) de John Wells—, lo que tendría que haber sido una cálida y respetuosa conmemoración del fallecido termina por convertirse en una larga sucesión de enfrentamientos verbales y confesiones vergonzosas entre los congregados, en la que explotan todas las tensiones, envidias, mentiras y rencillas que hay latentes entre hermanos, primos, padres e hijos y maridos y mujeres.

En este sentido, Sieranevada no destaca por la originalidad de su trama, más bien todo lo contrario; de hecho, lo predecible de su desarrollo argumental ya se hace patente en la secuencia de apertura del filme, en la que, sin diálogos, Lary (Mimi Branescu), hijo mayor de Emil y, en consecuencia, nuevo cabeza de familia, se ve obligado a dar un largo rodeo con su coche para no obstruir el tráfico. Dado que la cámara está fija en la acera de enfrente del edificio en el que viven Lary y los suyos, todo cuanto acontece delante de ella evidencia el carácter repetitivo (circular) de lo que sucede, puesto que el protagonista vuelve al mismo punto de partida minutos después, y no solo físicamente —regresa a la misma calle con su BMW— sino también «espiritualmente» hablando —los encargos que ha llevado a cabo para satisfacer a su hija y a su mujer han surtido el efecto opuesto—. O en otras palabras: se ha dado un gran rodeo para volver al punto de partida, lo que, a grandes rasgos, también pasa con el resto del metraje y, por extensión, con la propia Rumanía.

En puridad, si Sieranevada no se limita a ser otra película más sobre la (des)unión del modelo de familia tradicional, es por el carácter de alegoría de su sociedad que atesora ese variopinto grupo de personajes reunidos bajo el techo de Nusha (Dana Dogaru), viuda de Emil. De esta manera, y a través de un guion complejo y sutil, Puiu trata todos los temas que definen el universo moral de su nación a día de hoy: desde la herencia comunista y el terror vivido durante la dictadura hasta la ignorancia educativa y el fanatismo religioso, pasando por la cada vez más amplia brecha entre las clases y llegando a las estratosféricas diferencias generacionales, al moverse los abuelos y padres en un universo ajeno al bienestar económico y la realidad globalizada en la que se hallan inmersos sus hijos y nietos por mor del expansionismo de las antiguas repúblicas soviéticas y de la constante conexión on-line mediante ordenadores, móviles y tabletas.

Puesto que Puiu opta por situar su cámara sistemáticamente desde una posición atípica, con encuadres oblicuos y tomas en las que los personajes son mostrados de espaldas o de soslayo, cual si adoptara el punto de vista del muerto —quien deambularía entre las puertas y los pasillos de su hogar espiando la cotidianeidad de sus parientes—, Sieranevada se convierte en un ejercicio de estilo por momentos angustioso y claustrofóbico, en el que se mezcla el conflicto sentimental con el discurso político y la denuncia social. De ahí que la opción estilística adoptada por su autor, adscrita a los recursos visuales más habituales del ‹cinéma vérité› (v. gr. luz natural, cámara al hombro, sonido directo, etc.), se ajuste como un guante a su voluntad temática, que no es otra que la de hacer hincapié en la imposibilidad de distinguir la verdad de la mentira, especialmente por lo que atañe a los sucesos históricos y/o del pasado. No en vano, el recuerdo que más obsesiona a Lary de su padre es la vez en que su hermano Relu (Bogdan Dumitrache), para evitar un castigo, le contó una obvia mentira, que todo el mundo supo detectar como tal salvo el propio Emil; algo doblemente incomprensible teniendo en cuenta que este era un mentiroso profesional, al ocultarle a Nusha, durante toda su vida en común, su larga ristra de amantes.

En cualquier caso, la dualidad entre verdad/falsedad estructura toda la propuesta, y no solo en el ámbito de las relaciones de pareja en particular —donde los secretos y la ocultación parecen ser la norma del modelo patriarcal asentado en Rumanía, a juzgar por la infidelidad conyugal de casi todos los varones—, sino también en el de la información mediática en general. Ello queda ilustrado en las continuas discusiones sobre los atentados de Charlie Hebdo y de las Torres Gemelas que mantiene Sebi (Marin Grigore) con el resto de los presentes; y si bien este personaje encarna el perfil del «perdedor», al carecer de novia, vivir con sus padres y ser un adicto a las teorías conspiratorias que circulan por Internet, su capacidad para cuestionarse los dogmas, algo de lo que parecen incapaces tanto la beata Sandra (Judith State) como la comunista Evelina (Tatiana Iekel), le da una talla moral de la que el resto de personajes carece. O como señala el Sr. Popescu (Marian Râlea): ser conservador está bien, porque proteges a los tuyos, pero si nunca te cuestionas el orden establecido puedes acabar siendo víctima de él.

Precisamente, Lary es víctima de ese mundo moderno y capitalista al que se ha visto abocada su sociedad, en el que sus hijas y su mujer se comportan como niñas mimadas que se toman un «no» como una ofensa personal, y donde, con tal de enriquecerse, ha abandonado su auténtica vocación de doctor para vender costosas máquinas médicas: todo un resumen de la transición de Rumanía desde el ideal y la pobreza al materialismo y la insolidaridad.

En resumidas cuentas, Sieranevada emplea el microcosmos de una familia para reflejar la sociedad en la que esta se inserta, como las partes visibles y concretas de un todo (ello explica el título de la cinta, que remite a nuestra famosa cadena de montañas), con lo que en el interior de la pieza cohabitan un drama intimista realmente sobrio y certero con una arenga política bastante impostada, lo que responde, en realidad, a ese deseo citado de contraponer la verdad con la mentira, ya que las conversaciones sobre los grandes temas de actualidad que se producen a lo largo del filme tienen un carácter intencionadamente teatral, para recalcar la dudosa veracidad, no ya de las opiniones expresadas, sino incluso de los hechos reales discutidos. Una película, en fin, que bascula con sabiduría entre lo cómico y lo trágico, con un humorismo negro que recuerda a Berlanga o a Fellini, animada como se encuentra por un aliento realista y humano. A la postre, la obra, al pivotar en torno a la ausencia de un ser querido, se erige en un recordatorio de la absurdidad de nuestros esfuerzos, nuestros sufrimientos y, en definitiva, de nuestras vidas, a la zaga de Antón Chéjov y Eugène Ionesco. O en palabras de Arthur Schopenhauer: «Podemos considerar nuestra vida como un episodio que perturba inútilmente la dichosa quietud de la nada».