Sesión doble: La posada del dragón (1967) / Dragon – Wu xia (2011)

El ‹wuxia› llega por primera vez (!) a nuestra sesión doble con dos films a destacar de eras bien distintas: primeramente, nos enfrentamos a una de sus figuras más representativas, la del cineasta chino King Hu, que a finales de los 60 dirigía una de sus obras destacadas con La posada del dragón (que, como curiosidad, era el film que se proyectaba en Good Bye, Dragon Inn de Tsai Ming-liang), y acompañándola nos encontramos con toda una rareza, la particular visión que un reconocido cineasta chino contemporáneo como Peter Chan realizaba sobre el Una historia de violencia de David Cronenberg con su Dragon (Wu xia), con Donnie Yen a la cabeza.

 

La posada del dragón (King Hu)

El director y también guionista, diseñador de decorados y montador King Hu ayudó a definir el ‹wu xia› tal como lo conocemos en la actualidad con sus producciones tremendamente influyentes (como la monumental A Touch of Zen de 1971) tanto en la cinematografía china como internacional. Después de que el cineasta realizara la exitosa Bebe conmigo (Da zui xia, 1966) —que sería precursora del modelo de heroínas del género en décadas posteriores—, Hu dejó Shaw Brothers para establecerse en Taiwán. Allí rodaría La posada del dragón (Long men kezhan, 1967). En ella un prólogo introductorio con narración en ‹off› nos pone en situación rápidamente: el general Yu ha sido derrotado y decapitado. Su oponente busca acabar con sus descendientes mientras son llevados al exilio. Un grupo de sus leales agentes secretos se acomodan en la posada que da título a la película, esperando para interceptarles y acabar con sus vidas. De forma inesperada, un experto en artes marciales Hsiao (Chun Shih) entra en escena y trastoca sus planes de realizar la misión sin testigos.

El comienzo con esa subrayada ambientación histórica deja paso a un relato en el que se funde la tradición del cine de samuráis y el ‹western›, con una escenografía ágil y dinámica en las secuencias de acción, tanto dentro como fuera de la posada. La cámara se fija en el movimiento y los gestos, construyendo planos visualmente expresivos que permiten seguir las luchas sin necesidad de diálogos a través del trabajo de montaje, de un uso refinado de la composición en su fotografía en formato scope 2,35:1 y una impecable construcción de espacios. Destaca el uso de planos secuencia para aportar realismo y tensión, además de los paneos para realizar cambios en el bloqueo de escena alternando entre planos generales y primeros planos. A nivel dramático, el filme juega de forma igual de ingeniosa e imaginativa con un relato de intrigas e identidades en las que se desvelan las verdaderas afinidades y lealtades del posadero Ning Wu (Tsao Chien), de una pareja de hermanos que pasa por allí (interpretados por Polly Ling-Feng Shang-Kuan y Han Hsieh) y de algunos de los trabajadores de la posada o de los miembros de la policía secreta.

Tanto la premisa inicial, la localización, el tono abiertamente irónico en muchos momentos y los giros vinculados al carácter o las intenciones de sus personajes nos remiten claramente a Los odiosos ocho (The Hateful Eight, Quentin Tarantino, 2013). La ambigüedad y la falta de principios se convierte en esta cinta en una especie de ‹performance› para sus protagonistas. Simularlos parece la única herramienta para pasar desapercibido inicialmente y mostrar fortaleza ante los enemigos, al estar rodeados de una corrupción moral cuyos adeptos les sobrepasan en número. Según avanza el metraje y se encuentran con antagonistas de mayor importancia política, la dificultad de derrotarlos aumenta y les obliga a demostrar sus virtudes, colaborando colectivamente para acabar con el primer eunuco del emperador, el jefe final que sobrepasa a todos con poderes que podrían considerarse ya de naturaleza sobrenatural. Es entonces cuando aparecen planos vertiginosos de los contendientes volando o saltando grandes distancias, alejándonos por completo de cualquier sentido realista —al igual que ocurre cuando Hsiao detenía una daga en la posada con la ayuda de los palillos que estaba usando para comer— y profundizando en el sentido mítico de sus imágenes.

Escrito por Ramón Rey

 

Dragon — Wu xia (Peter Chan)

«¿Se debe poner la justicia por encima de la humanidad?»

La trama de esta cinta es muy parecida a la del clásico Una historia de violencia de David Cronenberg, pero la diferencia fundamental entre ambas (incluso mayor que las diferencias culturales o de género) es la identidad del perseguidor, ya que en este caso quien acosa al protagonista en principio no es un criminal de su antigua vida sino un detective que intuye que el asesinato propinado a dos bandidos por las torpes manos de un pueblerino común no es tan accidental como aparenta. La presencia del perseguidor abre la puerta para plantear el dilema moral desde un ángulo en el que se explora o cuestiona la finalidad o practicidad de la ley en aquellos casos en los que el delincuente ya ha tomado la decisión de corregir su vida sin haber pasado antes por la condena judicial ¿debe ir a la cárcel el criminal que ha dado la espalda a su vida pasada?

Lo anterior, en principio puede sonar contradictorio dado que la base de la historia es un doble homicidio perpetrado por el supuesto reformado, aunque al igual que en el clásico de Cronenberg este delito podría encasillarse en la legítima defensa por lo que el uso de sus habilidades termina por ser beneficioso para la comunidad; de hecho, que la contradicción real esté en la ideología del detective dado que a medida que se desenvuelve la trama llega a poner leyes sobre leyes, como si infringir la ley estuviese justificado en pro de una ley mayor, dotará también de un espacio para la redención de ambos personajes, quienes a lo largo del camino tendrán la oportunidad de verse las caras de forma reiterada y de reflexionar en profundidad al respecto de sus posturas. Y es que a lo largo de la historia los bandos cambian, lo que en principio fue bueno se pervierte, y se evidencia que las decisiones justas, honestas o incluso bienintencionadas pueden con facilidad devenir en nuevos escenarios de caos.

Algo que se agradece a la hora de desarrollar la trama es el analizar los crímenes a través de un estilo propio del clásico detective Sherlock Holmes, nutriendo de capas, complejidad y detalles las acciones y, por ende, dándole un sentido de verosimilitud agradable a las capacidades sobrehumanas del protagonista, dado que la historia reivindica cuestiones como el ‹Qi›, ‹chakra›, o la acupuntura. En cuanto a las escenas de acción, estas permiten a Donnie Yen demostrar las habilidades de kung fu que lo han hecho famoso y, aunque no sean tantas las secuencias de este tipo, todas brillan por el ingenio en las coreografías que saben integrar a los sujetos y los espacios (incluso animales) para brindar un festín de golpes.

Así Dragon (Wu xia) cumple con ser una historia que alimenta ambos espectros del espectador casual, por un lado sabe resignificar la historia clásica y nutrirla de matices novedosos evidenciando nuevos dilemas o reflexiones de la misma, y por el otro lado es un buen plato de kung fu y espadas que gratamente puede amenizar la tarde de un domingo.

Escrito por Nelson Galvis

 

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