Sesión doble: El conde Drácula (1970) / Drácula (1979)

Una de esas figuras literarias indispensables, el Conde Drácula, llega a nuestra sesión doble en dos adaptaciones dispares: por un lado la realizada por el sinpar Jesús Franco en 1970 con su El conde Drácula junto a Christopher Lee, y por el otro la Drácula dirigida por John Badham a finales de esa misma década, aunque con la presencia de Frank Langella interpretando al temible conde.

 

El conde Drácula (Jesús Franco)

El conde Drácula de Jess Franco es un desastre. Pero uno de esos desastres que uno no puede dejar de contemplar.

Novena y última colaboración entre Harry Alan Towers, conocido timador, proxeneta y persona con problemas con la ley metido a productor, y Jesús Franco, que no requiere presentación.

Producción evidentemente surgida al calor de los éxitos de Christopher Lee encarnando al conde para la Hammer, sería una de las cuatro películas en la que este daba vida al personaje ese año. El cómo se consigue juntar a un caballero de la talla de Lee con estos creativos sinvergüenzas tiene fácil explicación: Harry Alan Towers fue colega de Lee en la RAF durante la guerra. Es conocido que el Sir estaba ya bastante cansado de enseñar colmillos. Pero se dice que la novedad, siempre presente en la novela pero ausente hasta ahora en pantalla, de que el conde rejuvenezca con el transcurso de la historia, terminó de convencerle. Eso será lo más original, que comenzaremos con un Drácula canoso al que se le va oscureciendo el peinado, porque, con dolor lo admito, estamos ante una de las interpretaciones más anémicas de Lee en cuanto a su característico personaje. Bueno, también es original que se trata de su única interpretación del mismo… con bigote.

Continuemos con el elenco, que promete un sueño que acaba en pesadilla. La técnica de la impía alianza Towers-Franco era hacer coproducciones para poder sacar dinero de diversas fuentes y de paso conseguir un elenco internacional que en este caso es poco menos que espectacular. El conde Drácula es una coproducción entre Alemania Occidental, Italia, España (el castillo del conde será el de Santa Bárbara, en Alicante) y Liechtenstein. Tenemos a Klaus Kinski  —que para sorpresa de todos tenía un gran respeto por Jesús— entregando una de las más curiosas interpretaciones del paciente psiquiátrico Renfield en pantalla, en un papel prácticamente mudo y con un aura trágica que no encaja en una película en la que ninguna pieza encaja con la otra.

La idea era que a Van Helsing lo interpretara Vincent Price, pero tenía un problema de exclusividad; Herbert Lom de hecho fue la tercera opción una vez falló por enfermedad Dennis Price. Como Jonathan Harker tenemos a un correcto Fred Williams y será la primera adaptación cinematográfica en la que aparecerá el personaje de Quincey, interpretado por el también reconocible Jack Taylor. Jesús Franco tendrá además su inevitable cameo.

Vayamos a las féminas: Maria Rohm en el papel de Mina. Maria era la mujer del productor Harry Alan Towers y era normal verla en sus trabajos. Tampoco pensemos muy bien de Towers, que dicen que la utilizaba para redondear tratos, dada la falta de presupuesto habitual en estas producciones. Pero si algo nos vamos a llevar de esta desastrada película es que es la primera colaboración, en un papel grande, de la sevillana Soledad Miranda y Jesús Franco. Será en un par de escenas con ella cuando Franco nos dé apuntes de lo que podría ser una película vampírica que él pueda llamar suya y que aparecerá después: Vampyros Lesbos, una de sus mejores obras.

Porque, en realidad, se ve poco de lo bueno que nos puede dar Jesús Franco en esta película y bastante de lo malo o más bien mediocre. No hay apenas, ni siquiera, de lo “muy malo”, de esto sólo hay una escena: cuando la cuadrilla de héroes se enfrenta a un grupo de animales disecados en una secuencia ridícula hasta decir basta. En una historia que se presta tanto al erotismo resulta chocante lo poco cómodo que está Jesús Franco con el tema, ¿Quizá demasiada reverencia-dependencia a la obra de Stoker?

En resumen, tenemos una película que parece caerse a pedazos, con aciertos aquí y allá, como la banda sonora de Bruno Nicolai, que tiene una gran personalidad y casi es más Jesús Franco que el propio Jesús Franco en su labor de director.

Pero, aparte de poner la semilla de la colaboración Miranda-Franco, hubo otra feliz consecuencia de esta película. Con la habitual atmósfera de confusión narrativa del director-guionista, uno siente que más que ver una película de Drácula la está recordando. Como si acabara de despertar y la hubiera soñado. Precisamente, como si estuviera tratando de llevar este concepto a su máxima expresión, el cineasta experimental Pere Portabella hizo un ‹making of› de la película de Franco al que tituló Vampir, Cuadeduc. En blanco y negro, con un contraste delirante y muda hasta que Christopher Lee recita un fragmento de Drácula al final de la misma, asistimos a la historia que ya hemos visto mil veces, pero ahora contada a retazos, mezclando delante y detrás de las cámaras. Como si pidiéramos a todos los presentes que recordaran aquel Drácula y cada uno nos diera una escena. Todo ello acompañado de un ‹score› vanguardista soberbio, de Carles Santos. Un experimento que parece adelantarse cinco décadas a Cosmotropia de Xam, heredero digital de, paradójicamente, Jesús Franco.

Una de esas películas en las que uno sueña con lo que pudo haber sido. Pero, en palabras de Jesús «Yo la defiendo, aunque entiendo que hay que atacarla».

Escrito por Pablo Von Pelluch

 

Drácula (John Badham)

En ocasiones resulta difícil separar la figura de un intérprete de personajes específicos, y Christopher Lee —con el permiso de Lugosi y Carradine— llevaba décadas tras la sombra de Nosferatu cuando John Badham, después del éxito de su Fiebre del sábado noche, decidía otorgar tal empresa a un inexperto Frank Langella —aunque bien es cierto que se había fogueado en el terreno televisivo, aquel sería su quinto largometraje como actor—. Una apuesta atrevida que gracias al porte del intérprete —su presencia en pantalla es indudable— y del aplomo de sus serenas facciones funcionaba en un film cuya única resolución no se realizaba en ese sentido. La personal y decidida inmersión de Badham en un universo ya por aquel entonces sobreexplotado —más allá de la Hammer, del ‹blaxploitation› con el Blacula de William Crain al cine mexicano, incluso Santo mediante, o la singular aportación de Morrisey con su Sangre para Drácula habían redefinido los límites del personaje— llegaba con una férrea inclinación por lo clásico —de hecho, su idea inicial era rodar en blanco y negro hasta que la productora impuso el Technicolor que tan bien le había funcionado a la Hammer— donde tanto su narrativa como la construcción tonal del film constituían la firme capacidad de un Drácula que incluso años más tarde (en el 91) concretaría dicha apuesta con la desaparición de ese exuberante colorido impuesto por la Universal a instancias del propio cineasta, encontrando así unas tonalidades más tenues que dotaban de mayor cohesión al trabajo del autor de Mi vida es mía.

Drácula (1979) restituye de ese modo una mirada que parecía perdida, y que además de otorgar al texto de Bram Stoker un idóneo enfoque, se extiende a través de una magnífica atmósfera que no pende únicamente de los bastos parajes británicos y de su inextinguible bruma, haciendo de los escenarios un personal resorte desde el que dotar corporeidad a una adaptación que brilla por encima de algunos de sus nombres —nada más y nada menos que Laurence Olivier o Donald Pleasence—. Es, además, con la disposición de esa mitología —en especial, mediante las aportaciones del profesor Van Helsing—, donde Badham certifica una hábil propensión por la sugestión de un particular microcosmos que se va desvelando a ojos del espectador con la tenacidad necesaria como para no requerir conocimiento alguno acerca del legado que ha supuesto la figura del vampiro por excelencia tras tantas décadas.

Es posible que esa propuesta tan específica relegara el Drácula de John Badham a un segundo plano —y hasta en cierto modo al olvido—, quizá por sus fantásticas predecesoras (con autores tras de sí como Browning o Fisher), quizá por el hecho de realizar un acercamiento que aparentemente no sugería novedad alguna más allá de la relectura anclada al clasicismo de un cineasta con el talento necesario como para llevarla a un terreno fructífero, pero desde luego ni lo uno ni lo otro constituyen motivos suficientes como para no poner esta Drácula a la altura de las mejores interpretaciones del clásico literario. Y es que Drácula no se concibe como uno de esos ejercicios correctos y rutinarios armados desde la artesanía de su autor, consiguiendo dotar de carácter propio al relato —desde su apreciación del material, incluso en alguna secuencia puntual donde el color sí es protagonista, o dirimiendo su estilo en sus efectos especiales— y preservando un espíritu que emerge a partir de una voluntad y perspectiva inquebrantables y, en consecuencia, dignas de loa.

Escrito por Rubén Collazos

 

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