Sesión doble: El abominable hombre de las nieves (1957) / Grizzly (1976)

Quién no ha pensado alguna vez paseando por el bosque que podría aparecer cualquier criatura extraña y desproporcionada que destruyera la paz con su sola presencia. Para aquellos que ya no soportan el calor, para los que esperan con ansia las vacaciones para perderse en su montaña particular o para los fanáticos de ver sufrir a otros mientras mantienen el bol de palomitas entre las manos, aquí llega una sesión doble de criaturas (peligrosas) del bosque, con El abominable hombre de las nieves que dirigió Val Guest en 1957 y Grizzly, dirigida a su vez por William Girdler en 1976. Correr nunca está de más si te encuentras con sus protagonistas.

 

El abominable hombre de las nieves (Val Guest)

En las proximidades del Himalaya, el comité que trabaja para una fundación científica, compuesto por el doctor Rollason, su mujer Helen y otro ayudante, recogen muestras de plantas con poderes curativos. Sin embargo, al científico le interesa más una expedición que había mantenido en secreto hasta entonces. El doctor, junto a una expedición financiada por un ejecutivo norteamericano, escalará la difícil cordillera, en busca del mítico yeti.

En cuestión de películas sobre monstruos las aportaciones sobre el «pies grandes» o el hombre de las nieves, que se conozcan, son escasas en comparación con el resto de criaturas fantásticas. En el caso de la productora Hammer Films —y la desaparecida Clarion— impulsora del film, llama la atención que ni siquiera prolongara la serie con una segunda parte. La razón podría ser que se trata de un film adscrito con claridad al género de aventuras, cruzado por algunos elementos de cine de terror y cierto aroma fantástico. Resulta más poderoso en el retrato de personajes fríos como los del protagonista, encarnado por Peter Cushing o su ayudante Peter Fox —Richard Wattis— y el lama, un enigmático monje budista más perturbador que la propia expedición, interpretado por Arnold Marlé. Frente a ellos destacan los caracteres viscerales encabezados por Maureen Connell como la generosa mujer del doctor, en contraposición al manipulador empresario Tom Friend —apellido irónico para el personaje de Forrest Tucker— con su leal e inconsciente trampero Ed —Robert Brown, un secundario habitual en la saga de James Bond—. Cierran el grupo McNee, un joven atormentado por la existencia del esquivo gigante del Himalaya y Kusang, el único porteador de la historia, con diálogos en su papel.

El director británico Val Guest es el responsable de poner en pie un producto entretenido, sin más pretensiones. Guest fue un artesano en el sentido más favorable del término, tal vez uno de los profesionales en nómina de la productora, con solo ver los films que dirigió para la Hammer. Pero sus armas no son las del mercenario que cobra la nómina y coloca la cámara frente al elenco y los escenarios para ilustrar el guión. Las herramientas del cineasta son una puesta en escena muy trabajada, que utiliza los movimientos de cámara sobre travelling y grúas para seguir al reparto en sus acciones, señalar impactos emocionales sin necesidad de recurrir al teleobjetivo. Alterna las escalas de planos, los encuadres, el formato Hammerscope del que debía tener una patente la propia compañía. Saca todo el partido al contraste de luces y sombras de la fotografía en blanco y negro. Contiene a sus intérpretes con flema británica. Salpica los planos detalles, huellas y apariciones del monstruo. Y lo más curioso es la filosofía oriental que introduce en la trama, aunque sea de refilón, que resulta concluyente en su visión inocente del ser mitológico contra el temperamento avaricioso de los humanos civilizados.

El abominable hombre de las nieves toma elementos de forma y argumento, provenientes de clásicos como Horizontes perdidos y El enigma de otro mundo. Pero también sirve de inspiración para obras futuras como son Alien, el octavo pasajero y La cosa (El enigma de otro mundo). Entre las influencias más claras está el retrato directo del conjunto de personajes, sin coartadas sentimentales, con unas psicologías que no los presentan como héroes, sino como profesionales con sus debilidades humanas, conformando grupos heterogéneos parecidos a los de los films de Ridley Scott y John Carpenter. También destaca esa presentación progresiva del yeti por indicios, rastros y sonidos. Incluso cuando lo vemos al completo, no deja de parecer un sueño o pesadilla bien justificados. Y por supuesto esa sensación de recuento de cadáveres, muy escueta respecto a los ejemplos ya citados, bajas que, de forma curiosa, se deben a los accidentes naturales antes que al gigante.

Como errores que podrían haberse salvado están las secuencias rodadas por la segunda unidad en los Pirineos franceses, imágenes en grandes picados generales que impresionan, pero que tienen evidentes fallos de raccord entre las diurnas exteriores y las nocturnas rodadas en los estudios Pinewood. A pesar de la descoordinación lumínica, destaca el uso convincente de los decorados. El máximo rendimiento sobre un presupuesto británico holgado, que tenía tanto lustre como el de la competencia yanqui. Sin olvidar que lo mejor del film, aunque se trate de un producto comercial sobre monstruos, es que los que salimos perdiendo, seamos los propios humanos.

Escrito por Pablo Vázquez Pérez

 

Grizzly (William Girdler)

Tiburón es la mejor película de terror con animales de la historia. Es mejor incluso de lo que ha sonado esta frase. Grizzly es Tiburón pero con un oso. Por supuesto con esta asociación, Grizzly debería ser la mejor película de la historia después de mi querida Jaws. Pero eso sería exagerar… un poquito.

Grizzly, dirigida por William Girdler justo un año después del éxito de la mítica Jaws es un canto a la oportunidad que ningún fanático de la de Spierlberg debería perderse. Si existen juegos para beber cuando alguien repite mucho una palabra, con Grizzly estaría justificado un duelo de eruditos encontrando la referencia más compleja a Jaws. Alguno afirmará que son plagios (más que obvios), pero tal vez desconozcan la utilidad de la palabra «homenaje». Porque todo lo que sucede es un crescendo estudiado, permitiendo que la película mute hasta la necesidad de ver aparecer en algún momento un tiburón atacando al oso. Entonces hubiese apostado por lo de «segunda mejor película».

Desde uno inicio en el que podríamos hablar de un oso misógino, por su jadeo constante ante las futuras muertas que te hace dudar si el póster de la película miente y nos encontramos ante un vulgar asesino, hasta personajes que aparecen y desaparecen a voluntad del corte de metraje (o tijeretazos de guion); tras encontrarnos impagables escenas como una muchedumbre de campistas corriendo campo a través o interminables planos aéreos aderezados con un helicóptero que se ganan el sello de «Chuck Norris approve it» sin lugar a dudas. Grizzly sabe reinventarse a cada momento —sin salirse de la sombra proyectada por Jaws, por supuerto— y sorprendernos con el más difícil todavía. Porque cuando nos topamos con una peli homenaje, lo último que esperas son sorpresas, y aquí hay muchas, indescriptibles, aunque tenga algún que otro diálogo difícil de digerir.

El oso evoluciona en forma, tamaño e inteligencia, siendo el absoluto protagonista el que decide si matar a manotazos dignos de una raqueta más bien dirigida que la de cualquier tenista profesional en la final de Wimbledon o corretear por los bosques como si de un conejito inocente estuviéramos hablando (mentira, esos animalejos nunca lo son). Lo cierto es que poco importa si son mandíbulas o garras, todo vale cuando esperas a un animal del bosque atacando a gente vestida con camisas de cuadros y recurres para ello a la serie B o incluso Z, esperando imposibles zooms setenteros y un poco de sangre sin sentido alguno. La idea es desconectar hasta el punto de olvidar tu plan de salvación para cuando te encuentres con un oso pardo de las dimensiones de este falsamente extinguido «Ursus arctos horribilis» (esto lo he aprendido con la película).

Tiburón sigue siendo la mejor, pero Grizzly tiene el honor de ser la primera en vivir en el lomo del gran pez, dejando un rastro pasajero y voluminoso que resulta perfecto para una tarde de risas y fogonazos al más puro estilo Hollywood de segunda.

Escrito por Cristina Ejarque

 

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