Sesión doble: Adiós, África (1966) / Asesinando Norteamérica (1981)

El cine ‹mondo› llega por primera vez a la sesión doble con dos nombres que se antojan ineludibles para el género como los de Gualtiero Jacopetti y Franco Prosperi, autores de la célebre Mondo Cane que más adelante rodarían Adiós, África, y por otro lado una aportación llegada del otro lado del charco con The Killing of America, dirigida por Sheldon Renan junto a Leonard Schrader a inicios de los años 80.

 

Adiós, África (Gualtiero Jacopetti, Franco Prosperi)

Si hay dos nombres fundamentales de ese subgénero tan extraño que vamos a homenajear en esta sesión doble que es el cine ‹mondo› esos son Gualtiero Jacopetti y Franco Prosperi.

Y es que en 1962 pusieron patas arriba los cimientos del lenguaje cinematográfico, asociado sobre todo al documental, con Mondo Cane que fue una película revolucionaria y seminal que desgranaba con un humor bastante negro y una mirada un tanto lasciva los diferentes usos y costumbres existentes en distintas partes del globo terráqueo. A ésta le siguió Mondo Cane 2, obra que se sustentaba más en el humor que en el morbo.

Fue en 1966 cuando el cine de esta pareja sufrió un giro muy brusco con Adiós, África, sin duda alguna una de las películas ‹mondo› más famosas y bestias que se han rodado, y especialmente una obra clave que fue posteriormente imitada y plagiada en infinidad de propuestas alternativas futuras (de esta peli se tomaron prestadas varias cruentas escenas de matanzas de animales en otra de las obras cumbre del mondo como la mítica Hombres salvajes, bestias salvajes).

Adiós, África es, por tanto, la obra maestra sobre la cual giraron todos los posteriores esquemas y estereotipos de este cine tan estrafalario. No es, así, una película apta, al igual que este subgénero, para todos los espectadores y estómagos. En ella se trata de radiografiar con una veracidad extrema, morbosa, perturbadora y muy cercana al sensacionalismo —punto común de este tipo de cine— la situación del continente africano tras la culminación del proceso de descolonización por parte de las grandes potencias europeas. Contiene una mirada bastante condescendiente desde el punto de vista europeo, tratando a los nativos africanos como niños que sin el control blanco serán responsables de un libre albedrío que desataría todos sus instintos primitivos y bárbaros.

Y eso es lo que refleja el documental. Partiendo de la retirada de las tropas británicas de los territorios africanos, la cinta comenzará a mostrar el caos y la anarquía que ese proceso, y similares, conlleva. Primero con asesinatos de europeos a manos de indígenas africanos que serán juzgados por los estertores de la civilización blanca en juicios sumarísimos. Después matanzas de animales, muy crueles y sanguinarias, filmando como se caza furtivamente a elefantes a fusil y lanza armada (escenas muy impactantes y utilizadas en otros documentales futuros), matanzas de cebras, de gacelas, de hipopótamos y de todo bicho viviente.

Pero también analizando famosos procesos de revolución africanos como la Revolución de Zanzíbar (con escenas igualmente muy brutas de matanzas de árabes musulmanes que parecen tan reales que uno no sabe si se trata de un teatro filmado o cruda realidad documental), las revueltas en Angola, también las sucedidas en Tanganica, y esa parte final en la que acompañamos a un grupo de mercenarios belgas que masacran, queman, mutilan y ajustician a sangre fría a nativos del Congo.

Asimismo, se analizan ciertos usos y costumbres de la población africana chocantes con las establecidas por una población europea que aún permanece, con un futuro más que incierto, en sus ricas granjas en el continente.

Las imágenes tomadas en el documental saben crear una extraña sensación en el espectador. Por un lado, por su fascinante belleza visual y su perfecta técnica cinematográfica para captarla: una belleza que entra por los ojos y permanece en la cabeza; por otro lado, por su violenta y despiadada mirada a la parte más oscura del ser humano: una violencia reflejada sin ningún tipo de filtro que supone todo un puñetazo en la mandíbula del espectador.

En mi opinión, Adiós, África se eleva como una película esencial que más allá de sus querencias efectistas y su más que difícil y retorcida digestión fue un emblema que sería imitado hasta la saciedad (incluso en cintas gore como Holocausto Caníbal).

Escrito por Rubén Redondo

 

Asesinando Norteamérica (Sheldon Renan, Leonard Schrader)

Dicen que la década de los 70 lo cambió todo. No será este el espacio en el que confirmar o renegar de tan tajante afirmación, pero lo cierto es que en el año del estreno de Asesinando Norteamérica, 1981, podemos concatenar dos diatribas estrechamente relacionadas con el valor que se le pueda otorgar a este documental, pieza que obtuvo cierta trascendencia en circuitos minoritarios. Por una parte, ciñéndonos a lo estrictamente cinematográfico, el cine de género era consciente de la evolución del llamado ‹mondo›, etiqueta que acabó englobando el documental vinculado de manera somera ciertas aristas de ficción para enfrascarse en una divulgación sensacionalista, corriente que vivió entre los 70 y los 80 en unas encauzadas raíces con el ‹underground›; la anarquía en la distribución de los nuevos y emergentes mercados domésticos permitía la proliferación de una serie de productos que jugaban sin rubor a realizar ambiguas conexiones entre lo verídico y lo ficticio, proyectando temáticas no aptas para los paladares más convencionales. El consumo masivo (y a ser posible, en privado) de películas como Rostros de la muerte otorgó al ‹mondo› una conexión con las cinematografías más subversivas, derivando en lo que luego se denominó como ‹shockumentary›. La otra diatriba que desde estas líneas se quiere subrayar, y que ya entra directamente en el análisis de Asesinando Norteamérica, es la manera en la que con la entrada de la década de los 80 (concretamente el año 1981, en el que Ronald Reagan se convierte en el cuadragésimo presidente de Estados Unidos), se convierte en el momento ideal para hacer una deconstrucción severa de los ideales americanos y su consecuente declive moral, eje central de este documental auspiciado por financiación japonesa (curiosamente, al igual que Rostros de la muerte) y dirigido por Sheldon Renan, un divulgador cuyo primer y principal campo de acción fue la escritura (suyos son varios estudios publicados sobre cine ‹underground›), pero que en los años 80 probó las mieles de la imagen en movimiento con el documental. Aunque no acreditado, contó con la ayuda a modo de co-dirección de Leonard Schrader, hermano de Paul.

Es en Asesinando Norteamérica donde Renan y Schrader, utilizando la enigmática voz en off de Chuck Riley (responsable del acompañamiento sonoro y narrativo de multitud de tráilers norteamericanos), realizan una especie de carga seminal hacia esas diatribas que muchos años después desarrollaría Michael Moore en la multi-premiada Bowling for Columbine: una incisión sin fisuras a través de las costuras más negras de la sociedad estadounidense, repasando algunos de los más populares episodios criminales acaecidos en la nación durante el Siglo XX: los asesinatos de John Fitzgerald Kennedy y John Lennon, las sangrientas andanzas de ‹serial killers› de la popularidad de Ted Bundy o John Gacy, la historia de líderes sectarios como Jim Jones o capítulos tan irritantes para el sueño americano como la insurgencia popular de la figura de Charles Manson son sólo unos ejemplos de lo que se ve en la pantalla. Todo ello acompañado de otros sucesos sangrientos que tuvieron dos elementos conjugados simultáneamente: el crimen acontecido, en su mayoría, por el uso de armas, así como la presencia de una cámara con la capacidad de inmortalizar los sucesos. Si bien las intenciones tonales de Asesinando Norteamérica pretenden producir un artefacto audiovisual de estéticas tétricas, con imágenes decadentes y reflexiones sombrías, amoldándose de paso a las ramas más indómitas del ‹mondo›, su ideario va más allá del sensacionalismo propio del subgénero, incitando al espectador hacia la reflexión. Renan y Schrader, utilizando únicamente imágenes de archivo, exponen hechos, estadística y varios interrogantes. Es el espectador el que, abrumado por imágenes reales (todo proveniente de bibliotecas de cadenas de televisión), debe encontrar la razón a las oleadas de violencia, esas manchas de moho en una nación que pretende ejemplificar los valores más esperanzadores. Cabe subrayar que esta pieza se aleja de la faceta divulgativa, en favor de la inmersión dentro de un oscuro paradigma de la historia americana, revistiéndose de las aristas más insurgentes del formato documental. Su planteamiento sigue vigente a día de hoy, y es que, como decía Sheldon Renan hablando de su obra, «América, la tierra del millón de asesinatos».

Escrito por Dani Rodríguez

 

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