Rojo (Benjamín Naishtat)

La violencia de todas las cosas

Por infinidad de películas sabes que la escena de un crimen es la primera herramienta para resolver un caso policial. Si en una de esas, la verdad —o lo que se le parezca— sale a la luz, se debe a que hubo un seguimiento metódico de las huellas que dejó el crimen tras de sí. La diferencia la hacen los detalles y las cosas pequeñas, poner el ojo donde —por una cuestión de costumbre— nadie más quiere mirar. Si Argentina fuese —y lo es— la escena de un crimen, una buena sugerencia para quien quiera saber el por qué, sería que empiece por lo que tiene delante: la triste cotidianidad. En tiempos donde a la sociedad se le pide cada vez con mayor insistencia que se corra de lugar y que corra de lugar los preceptos que antes consideraba divinos, el ejercicio de observar con lupa lo que se esconde tras lo que hacemos, lo que pensamos y lo que sentimos, no debería caer en un saco roto.

La violencia a gran escala —la guerra, la dictadura, el machismo— es el producto de una violencia internalizada, expresada hasta en los más mínimos gestos —que no por mínimos dejan de portar toda la potencia que después se exhibe cuando cambia la relación de los tamaños—. En el momento de hablar acerca del episodio más oscuro de la historia nacional, aquel comprendido entre el Golpe de Estado de 1976 y el retorno de la democracia, se tiende —y se entiende por qué— a representar la maquinaria asesina en que se convirtió la burocracia estatal, o a las víctimas de la atroz represión calculada, pero no tanto aquellos crímenes menores de los lugares pequeños, los que facilitaron que el horror se instalara con naturalidad por estos pagos. Y hay que tener cuidado de no equivocarse, porque la relación causal está bien clara: no es que a río revuelto haya ganancia de pescadores, no, la dictadura no produjo criminales, sólo los convocó.

En Rojo, la última película de Benjamín Naishtat, la efectiva representación de lo enhebradas que están siempre esfera pública y privada hace que se destaque de entre muchas de la producción nacional. A un abogado de un pueblo chico le suceden cosas de las cuales pareciera no ser responsable y, sin embargo, tiene su parte en todo. La tesis de la película es la tan mentada consigna aquella de que quien calla, otorga, y quien mira a otro lado es también un cómplice. Mientras las tramas de las conocidas persecuciones que emprendieron los militares contra la población civil sellan los destinos de los personajes, en el pueblo se reproduce la dinámica: los poderosos se aprovechan de los que no tienen. Es hora de que los profesionales de siempre —abogados, médicos, hombres de negocios— hagan lo que saben y saquen la tajada que les corresponde ante la desorientación social.

El acierto es —como cualquier acierto, cuando de cine se trata— del orden del contenido y la forma, la manera en que los dos aspectos se vuelven indisociables. En un envase que toma prestado del género policial de los años setenta, Naishtat filma un guión que hace las delicias de cualquier detallista. Hechos tan intrascendentes como el que una mujer tome agua sola en lugar de té o café cuando no quiere en verdad tomar nada, sólo para evitar que la molesten, o que un hombre, cuya calvicie es conocida por todo el pueblo, cuando asiste a un acto público en el colegio de su hija se ponga una peluca para aparentar, además de delinear los personajes contribuyen a construir una atmósfera donde la presión es tan grande que por algún lugar la cosa va a saltar. ¿Y qué es el policial de los setenta sino un compendio de signos reconocibles que halla en estetizar la violencia su cometido? Acercamientos veloces a los rostros consternados, armas escondidas debajo de los sobretodos, las fuerzas del orden agrietadas por dentro, sometidas a investigaciones tanto externas como internas.

El año en que transcurre la acción no es una elección menor: 1975 es el momento en que todo virará —como el cielo durante el eclipse— hacia un rojo profundo. La película está plagada de símbolos: la abundancia de la carne, los animales disecados, el lazo de los vaqueros norteamericanos. Y puede que un símbolo diga más, en este caso sobre Argentina, que cualquier otra cosa, al ser una síntesis de lo más elocuente. Que como sociedad tengamos la costumbre de capar toros a la vista de un público sediento de sangre y cuchillo pareciera ser una de las claves de lo que Naishtat pretende exponer: no es posible salirse de la espiral si no es revisando el pasado, cuestionando algún que otro pilar. Al mismo tiempo, el molde genérico le permite elaborar una película tan atractiva como inquietante. Rojo es de lo más accesible y si no encuentra un gran público en su país de origen estará claro que no será debido a la falta de mérito propio. El cine argentino merece para sí películas que sin dejar de arriesgar no renieguen de la espectacularidad: al contrario de otras producciones que revisitan ese mismo período —como aquella que ganó la estatuita dorada—, la de Naishtat lo aborda enfocando el objetivo en lo pequeño, cosa de no perderse el paisaje.

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