Re-Sonator (Stuart Gordon)

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Confieso que tengo, desde los lejanos tiempos de Re-Animator, una debilidad personal por Stuart Gordon, uno de esos directores cuyo amor por la serie B en su vertiente más quintaesencial y desprejuiciada quizás haya contribuido a que sus dotes como cineasta (de estirpe, a mi entender, eminentemente clásica, a diferencia de la de colegas suyos como Brian Yuzna) nunca se hayan ponderado de forma justa, siendo su figura relegada a la de simple surtidor de divertimentos «trash» a medio camino entre el terror y la comedia. En efecto, Gordon firmó algunas de las cintas de terror más delirantes, divertidas y emblemáticas de la década de los ochenta, pero esto no es óbice para admitir que, bajo la frívola energía que recorría todas y cada una de ellas, latía también el pulso de un director serio e imaginativo, que supo aportar solidez (tanto formal como narrativa) a unos productos que podían haber caído muy fácilmente en una vulgaridad caótica y desquiciada. Hace poco tuve ocasión de ver Robot Jox, una suerte de versión «low cost» de Pacific Rim mezclada con Acero puro. Más allá de preconizar temáticamente ambos títulos (inspirándose, probablemente, en la serie Mazinger Z), lo llamativo, al menos para quien esto escribe, es que Gordon supo convertir una serie Z destinada a ser puro material de derribo en una enormemente entretenida película de ci-fi de bajo presupuesto, con todas las ingenuidades que se quiera, cierto, pero digna y disfrutable pese a todo.

La rigurosidad y el cariño con los que el autor de Fortaleza infernal tiende a tratar todos sus trabajos (incluso los más “desvalidos” o presuntamente mediocres) son, por tanto, una de las causas por las que su cine me resulta tan simpático. También porque, cuando decide soltarse un poco la melena, sabe encontrar el punto medio exacto entre la contundencia y eficacia del cine comercial y la libertad algo agresiva y desconcertante del cine de autor, algo que se evidencia no sólo en algunos de sus primeros trabajos (con la célebre Re-Animator a la cabeza), sino también en productos de encargo tan decididamente extraños como la “mametiana” y lúcida Edmond. Re-Sonator, que por su título y reparto se diría secuela de la primera (algo no del todo exacto, aunque pueda contemplarse como continuación apócrifa de la misma), es también uno de ellos: una cinta de terror que distorsiona los límites entre el horror y el humor (muy negro) mientras inyecta, con alegría y precisión, sus buenas dosis de misticismo nihilista (un poco a lo Clive Barker), filosofía neocárnica y erotismo insano. El cocktail es tan explosivo como suena, pero Gordon lo sirve con mano firme y nervios de acero, sin derramar ni una sola gota. El autor (que, recordemos, ya reinventó el universo de Lovecraft por la vía de la comedia negra y el gore inteligente) empuja a sus criaturas hacia los límites de una nueva dimensión, materializando sus propios miedos y deseos y concibiendo, por el camino, una genuina, perversa y truculenta narración pulp que no desentonaría entre las creativas páginas de los tebeos Creepy.

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El resultado es una obra de terror elegantemente subversiva y libérrima, que transforma (y trasciende) el clásico arquetipo del mad doctor con humor demente y un gusto por el terror excesivo vehiculado a través de unos efectos especiales alucinantes. Gordon, con la complicidad de Brian Yuzna y Dennis Paoli, vuelve a pervertir a Lovecraft en aras de la serie B más heterodoxa, emparentándose, de paso, con otras extravagantes piezas de terror conceptualmente osadas (pienso en The Tingler, donde la emoción terrorífica adquiría forma larval que podía, consecuentemente, ser aislada del organismo humano, o en La leyenda de la casa del infierno, con ese espectro lascivo extendiendo su maldad a los invasores de su morada), en el fondo, todas ellas propuestas cuya modestia escondía un fondo de atrevimiento científico y filosófico que (no es difícil suponerlo) podría hacer las delicias de un director tan obsesionado siempre por el cuerpo humano y sus mutaciones como David Cronenberg.

Re-Sonator, más allá de su naturaleza de divertimento psictotrónico oscuro y levemente perturbador, es una película que realmente propone alternativas argumentales inteligentes al manido panorama del terror más ortodoxo, explorando las furtivas y subterráneas corrientes del deseo y manifestándolas en su más peligroso esplendor, convirtiendo el placer de la carne en pesadilla voraz acechando al otro lado del espejo, presta a devorarnos y seducirnos con su poder. Todo esto Gordon lo expresa a través de una narración incisiva, amena, potente; una narración que su autor puntea con «highlights» tan memorables como la sesión de sexo con Barbara Crampton vestida de cuero, o ese inenarrable clímax final lleno de psicodelia, malicia y aberraciones físicas. Re-Sonator, en fin, supone un buen ejemplo de un cine de género hoy ya prácticamente desaparecido (quizás hasta inviable), en el que la falta de pretensiones no implicaba ausencia de imaginación, y cuyo aliento casi libertario nos permitía disfrutar de espectáculos tan delirantes, grotescos y bien orquestados como este que nos ocupa, fraguado, como no podía ser menos, a mayor gloria del carismático Jeffrey Combs. O sea, un cine que era tanto carne del inconsciente como fantasía lúbrica y gore de esas que hacen las delicias de todo cinéfago que se precie. A reivindicar siempre.

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