Moonlight (Barry Jenkins)

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Que la existencia precede a la esencia. Una mente privilegiada como la de Sartre fue quien puso de relieve esta afirmación en la historia del pensamiento, asestando así un enervado revés a una ingente cantidad de teorías y sistemas precedentes. La vida es pura construcción. Primero estamos aquí tirados, pobres conscientes; ya veremos después, desde nuestra ineludible libertad, en qué nos convertimos. Es en base a estos términos estrictamente existencialistas mediante los cuales se vertebra la última obra de Barry Jenkins. Moonlight es una representación de parte de la vida de Chiron (una, individual y concreta), como proyecto. El director norteamericano desarrolla una estructura dividida en tres episodios que se corresponden con diferentes periodos vitales del protagonista. Infancia, adolescencia y la frontera entre el final de la juventud y el inicio de la madurez se irán sucediendo de manera limpia dando como resultado un complejo armónico. Decir, como se ha dicho, que estos tres actos pueden considerarse «casi independientes»(1) entre sí puede llevar a la confusión. Y es que, por muy diversos que sean los registros utilizados en ellos, o por diferentes que sean los actores que interpretan al personaje protagonista (argumentos que se arguyen para defender tal tesis), las tres partes están sometidas a un torrente temporal (y contra esto nadie lucha ni de ello nadie escapa), que surge de la conciencia de Jenkins y que su voluntad le imprime movimiento, y del cual dependen de manera absoluta. La noción de casi independencia, que en sí mismo es un desliz al aplicar gradación a un término al que de por sí no le corresponde (o eres independiente o no lo eres), perdería aquí sentido. Es como si afirmásemos que nuestra época es “casi independiente” del constructo humano que es la historia lineal porque tenemos diferentes registros musicales, ejercemos el pensamiento de manera diversa o porque hemos dado lugar a hombres y mujeres biónicas. ¿Quién se creería semejante palabrería carente de sentido?

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Dejando de lado estas cuestiones, puede decirse que las tres partes que componen Moonlight, más allá de la raíz temporal que las mantiene unidas, poseen un denominador común que permanece presente a lo largo de todo el relato: la decisión. Volvemos aquí a la correlación con el existencialismo. Y es que Jenkins parece hacer referencias explícitas a la teoría del filósofo francés. La más evidente y directa de todas es aquella en la que la primera figura paterna de Chiron (en este primer capítulo llamado Little) le produce uno de los primeros vértigos de la existencia diciéndole que las decisiones las tiene que tomar él mismo, que no puede dejar que nadie decida por él. ¿No nos recuerda esto al trillado ejemplo de Sartre según el cual un joven le pregunta a su profesor si debe quedarse en casa cuidando a su madre o ir a la guerra con la Resistencia, a lo que el maestro le responde que la decisión la debe tomar él y no seguir el camino que ninguna autoridad (ni religiosa, ni intelectual, ni ninguna otra) le dicte? Es en este sentido en el que Juan, esta figura paternal con la que se encuentra el joven protagonista, toma el papel del maestro que describe Sartre y motiva a Little a que no se acomode a ningún estilo de vida impuesto, sino que invente la suya propia en base a sus propias decisiones. Este construir el camino, que va tomando forma en las dos partes restantes que son marcadas por las resoluciones más importantes que toma Chiron, son puestas en marcha desde el comienzo en dos hábiles momentos. En primer lugar, en una de las secuencias más destacables de la cinta, Juan simula una especie de bautismo introduciendo al joven en el mar. Pero no se trata de ningún sacramento cristiano, sino que, más allá de intentar establecer cualquier tipo de comunión con Dios, lo que hace Jenkins es hacer consciente a Chiron de que está tirado en el mundo, de que no hay conexión alguna («¿lo ves?, estás en el centro del mundo», le comenta). Ya sabes que existes, ahora empieza a construir tu esencia tú solo, parece estarle diciendo. La cámara que se tambalea junto con el movimiento de las olas es un acto de genialidad con el que Jenkins, con esa ausencia de estatismo, parece dirigirse al espectador declarándole: «Tú, que estás ahí sentado, también oscilas de un lado a otro, no estás aferrado a nada de manera permanente». Brillante. En segundo lugar, el cineasta no pretende en ningún momento inculcar a su protagonista ninguna falsa esperanza, motivo por el cual Juan es sumamente sincero con él. «¿Mi madre se droga? –Sí. ¿Tú traficas? –Sí». Que te den por culo, Chiron, búscate la vida en el resto de metraje, piensa Jenkins.

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Moonlight es un canto a la existencia como acción, a las tomas de postura que van enredando la trama de la vida. Desplegada ante los sentidos del espectador mediante una serie de apuestas formales, ya no sé si originales o no, pero al menos sí engatusadoras y magnéticas, la nueva apuesta de este director golpea duro. Quizá no sea para elevarla a la categoría de lo inefable como muchos han hecho, pero sí es una obra que sumerge y deja poso. La gracia mediante la cual Jenkins no quiere dotar a su personaje de grandeza ni de bañarle en los espasmos orgásmicos del héroe, sino que busca mostrarle como otro más entre muchos, ya son motivos suficientes para manifestar el valor de la película. Un conglomerado muy curioso de elementos de origen diverso para contar una historia seductora.

(1) Caimán CdC, Febrero 2017, Nº57 (108), página 16.

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