Mishima: una vida en cuatro capítulos (Paul Schrader)

Mishima

El año pasado, en 2012, Kôji Wakamatsu paseaba por Cannes (en la sección «A Certain Regard») 11.25: The Day He Chose His Own Fate. Película que narra con bastante acierto lo acontecido aquel día en 1970: Yukio Mishima, la gran celebridad literaria de Japón, tomaba junto a su pequeño ejército personal, un cuartel japonés. Para ello, lograba mediante engaño tomar como rehén al general de éste. Su objetivo: lanzar una arenga a todo el personal militar allí concentrado sobre la pérdida de identidad japonesa tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial. Allí les habló sobre la pérdida de valores y del espíritu de los samuráis. Tras ser ridiculizado por los militares a los que pretendía sublevar, se adentra de nuevo en el despacho del general al que ha tomado como rehén y, junto a uno de sus acólitos, comete «seppuku». Todo indica que éste y no otro era el auténtico fin de la acción: Mishima ya había hablado extensamente sobre su pulsión de muerte a lo largo de su obra. Incluso lo había hecho en una pequeña obra cinematográfica, Patriotismo, en la que un militar comete suicidio ritual tras fallar un intento de alzamiento. Por añadido, ninguno de los miembros de su ejército, la Sociedad de los Escudos, salió perjudicado legalmente por esta acción. Éste y otros detalles indican que la misión tenía desde un comienzo como propósito último la muerte de Mishima.

Esta película de Wakamatsu prueba la fascinación que despierta, aún a día de hoy, la figura del escritor guerrero Mishima, que vivió ahogado  en eternas y duras contradicciones que marcaron su vida. Wakamatsu se centra en la formación de la Sociedad de los Escudos y los hechos que precedieron a aquel, en cierto modo glorioso, 25 de noviembre.

Pero Wakamatsu no fue el primero en sentir la necesidad de plasmar en celuloide estos acontecimientos. La obra que nos ocupa es mucho más ambiciosa y ha caído, a pesar de su acierto, en un reposado olvido. Mishima: Una Vida en Cuatro Capítulos arranca con el sol naciente visto desde un acantilado. Comenzará entonces un desfile de nombres de pesos pesados del cine estadounidense: Dirige y guioniza Paul Schrader y producen Francis Ford Coppola y George Lucas. La música, y no lo diré las suficientes veces ni le podré dar toda la relevancia que se merece, corre a cuenta de Philip Glass. Se me ocurren pocos ejemplos de una simbiosis tan perfecta entre música y película en la que paradójicamente las dos compiten por la grandeza.

Mishima

La obra es de entrada ambiciosa por querer mostrar una vida en cuatro capítulos. Trabaja en tres tiempos: El presente, 25 de noviembre de 1970, el pasado (en distante blanco y negro) y la eterna obra literaria. Así, entre acto y acto tenemos a Mishima acercándose al destino final del samurái, que no puede ser otro que la muerte, a Mishima luchando en su pasado contra sí mismo y a los personajes de Mishima representando su papel. El escritor buscaba la unión del arte y la acción y por ello acabó despreciando la palabra y por tanto a sí mismo como escritor y poeta. Las palabras y el mundo no tienen nada que ver. Es por ello que las representaciones de su obra están construidas en bellos escenarios teatrales completamente alejados de cualquier tipo de realismo, plagados de simetrías perfectas y composiciones de plano maravillosas. La iluminación es antinatural y los escenarios no son más que “representaciones”, idea que obsesionaba a Mishima, que ya en su primera obra confesaba portar una máscara. Se escogen tres de sus obras literarias para representar estas etapas de la vida del escritor. La cuarta obra, la final, será su propia muerte, única forma posible de conjugar arte y acción. Un arte verdadero, que cambia el mundo.

Coincide la película moderna con ésta en algunas de las fascinantes escenas de la vida del escritor. El mitin al que acudió para debatir con los estudiantes en huelga, en el que acabaría siendo abucheado. Él y sus hombres firmando con sangre su adhesión a la Sociedad de los Escudos. Parte de estos hombres y él mismo cantando en el coche de camino a su trágico destino. La solemne fotografía que se toman antes de emprender su acción.

Ken Ogata representa a este Mishima fornido y severo (¡Incluso cuando “bromea”!), que mide cada acción con elegancia y sabe brindar su voz profunda y su ahora exultante cuerpo (Mishima fue débil y enfermizo durante su juventud, hasta que comprendió que la acción superaba a la palabra como forma de arte) al conjunto de la obra. Una obra repleta de aciertos: en la dirección, en el vestuario, en las interpretaciones y, lo repito, la música, combinación de severidad, marcialidad, y, por qué no decirlo, locura. Una locura que corre como caballo desbocado en busca de la belleza. Que no acaba siendo otra que la muerte.

Película maldita de obligado visionado.

Mishima

Un comentario en «Mishima: una vida en cuatro capítulos (Paul Schrader)»

  1. Muy buena critica!!.. coincido muchisimo en que los escenarios en el que se desenvuelven los personajes de sus obras estan muy bien elaborados; la musica es bellisima!!, nada mas y nada menos que el compositor de musica minimalista philip glass. Esta pelicula es demasiado ambiciosa,, la manera en que el director la llevo a la pantalla es fenomenal: vida, obras, y el relato de aquel dia en que termina con su propia vida. Recomendadisima esta pelicula.

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