Malambo, el hombre bueno (Santiago Loza)

El empeño del cine independiente argentino en explorar nuevas formas narrativas ha hecho que incursione por diversas corrientes creativas y muy austeras. Es así que Santiago Loza encuentra en la danza una inspiración para generar una innovadora conceptualización cinematográfica en su filme Malambo, el hombre bueno.

El malambo es un baile propio del folklore argentino que se caracteriza por un movimiento firme de las piernas al son de un tambor o de una guitarra. Loza extrae de este baile su particular fortaleza artística para nutrir un argumento que focalizado en la pasión humana.

El pisoteo continuo de esta danza marca el ritmo de la película y de la propia vida de Gaspar, un alumno de malambo que no se siente capaz de derrotar a su rival Lugones. La falta de potencia en la sincronización de sus movimientos podría deberse a una hernia que tiene en la espalda y que le provoca mucho dolor, aunque al parecer el problema radica más en sus propias frustraciones o complejos internos.

La historia se centra en los sentimientos de Gaspar. Una voz en off será la encargada de ir desvelando su farsa triunfadora y el propio reconocimiento del odio y envidia que surge contra de su competidor.

De este modo, la película se involucra en una vertiente psicológica del personaje al evidenciar que la derrota ha generado en él pensamientos y visiones que van marcando un temperamento introvertido, donde el desaliento es la constante.

La imagen en blanco y negro es la esencia en la composición de forma del filme, pero determinados destellos de color en ciertas prendas del vestuario típico de los gauchos danzantes servirán como recursos para alertar de las alucinaciones de Gaspar y simbolizar sus prejuicios. Él es una persona que prefiere dialogar consigo mismo y solo tolera que el silencio en el que habita sea interrumpido por el zapateo del malambo.

Trata de ser persistente, busca ayuda médica y sigue todas las instrucciones sin mayores resultados. Oculta su dolor en la espalda ante su maestro y ante su contrincante, su obsesión por seguir danzando se ha convertido en rutina. No funciona nada, es desprolijo y no domina los movimientos, se desconcentra y asume estar predestinado al fracaso por culpa de los demás. Su rencor interno crece.

Mensajes aleccionadores son parte del contenido de la película. Enseña que la envidia y la aversión hacia una o varias personas, con o sin motivos, termina afectando la mente de quien la siente hasta el punto de crear una autolimitación física en el cumplimiento de sus metas. El malestar interno psicológico será una especie de contaminante a cualquier accionar del comportamiento humano.

Los negativos sentimientos de Gaspar solo llegarán a su fin cuando encuentre a Lugones disfrutando de un instante familiar. Reconocerá que la bondad es una virtud de ambos y que el daño que creía que su rival le generó solo fue una idea que él mismo construyó en su interior. El reconocimiento genuino de la equivocación es lo que cimentará su cambio de actitud.

La película aprovecha la singularidad estética del malambo. El cuerpo humano adquiere aquí un fuerte sentido en la composición de las imágenes. Los planos primeros y medios del ir y venir de las piernas danzantes son contrastadas con tomas del torso rígido de la misma persona, como si la mitad del organismo se negase a seguir el ritmo de las extremidades inferiores. Pero también la cámara enfoca el rostro del danzante para, a través del semblante y la mirada, tener una referencia que delate una expresión artística hipnótica. Es una especie de catarsis en la cual el tiempo parece desaparecer.

La vigencia de un héroe no es eterna, es la sentencia general del filme. Es oportuno dejar de ser el actor principal en las competencias y dedicar tiempo a enseñar para que aquellos que vienen vayan el relevo. A un triunfador solo le queda aprender a ser maestro.