Light is Calling (Bill Morrison)

¿Qué es la luz? ¿Un resultado de la radiación electromagnética? ¿una energía divina que puede esclarecer nuestra alma? ¿una herramienta para generar imágenes en ese artefacto que llamamos “cinematógrafo”?

En Light is Calling la luz se presenta como un guía, un narrador visual para conducirnos a otra realidad más allá de la que ofrece el mundo tangible. Pues aquí el resultado de usar la luz no es natural, sino artificial. Ideado. Fragmentos de escenas de otra película se nos muestran. Dilatadas, irradiadas, oxidadas. Es el resultado de la mano de un ser ajeno a este mundo, un demiurgo podríamos decir, que obra sin ser visto y concibe un punto de ruptura con lo real.

La imagen rota, vibrante y arrebatadora, toma el papel protagonista en este cortometraje del “buscador” Bill Morrison. Un realizador que experimenta con la potencia de imágenes encontradas y cuya obra es prácticamente desconocida. Así pues su procedimiento se basa en someter la imagen a la degradación física mediante exposiciones radicales a productos químicos, la luz u otros elementos. Consiguiendo algo nuevo, reinventando esa misma imagen y recreando la historia que encierra. En este caso, la “víctima” es The Bells de James Young (1926) y las escenas escogidas toman, bajo la mano y el ojo de Morrison, un nuevo significado, tanto visual como narrativo. Y es precisamente en la narración donde hay que permanecer ausente, pues la historia de amor fugaz, de viaje sin destino de un soldado y posterior encuentro de una mujer en el bosque, distan mucho de lo que nuestro ser puede captar totalmente y de lo que sin duda percibe en términos sensitivos.

Cada fotograma se sucede formando una masa de luz, a veces informe, a veces semi-construida, nunca completamente concreta, que induce tanto al ojo como a la mente a un estado de inmersión en un mundo puramente animado (en términos de ánima: alma). Desde el principio somos testigos de un continuo devenir de texturas y formas que se mueven al compás de la liquidez del celuloide. Y que al mismo tiempo evocan otras formas, más definidas, que en continua mutación, modelan una unidad con las otras. Estos personajes, paisajes y animales se hacen pura luz mediante su paso por el material fílmico y devienen parte de él. Se fijan en él. Consiguiendo esa belleza impura tan rara que solamente el cine experimental de este calibre puede ofrecer.

Pero en el cine de Morrison, por extraño que parezca, no impera la imagen, sino el sonido. ¿Qué sería Light is Calling sin el solo de violín de Michael Gordon y su acompañamiento? Algo diferente, sin duda. Pues el hecho es que a pesar de tener un carácter no-narrativo, el cine de este realizador se caracteriza por contar historias. Y la música es la voz de esas historias. Un llamamiento al recuerdo, al regreso en el tiempo. Un reclamo que moldea aún más si cabe la imagen y la dota de vida y fulgor.

Aquí el resultado puede variar según el espectador, pero eso es lo bonito de la experiencia audiovisual. El sentimiento generado por estas pequeñas películas, estos cortometrajes que dan un hálito de belleza al espíritu. Esta pequeña obra no será mencionada como la obra maestra de Bill Morrison —Decasia (2002), The Miners’ Hymns (2010) y Dawson City: Frozen Time (2016) podrían quizá ocupar ese puesto—, pero se puede decir, sin lugar a dudas, que es su cuadro más hermoso.