Fajr (Lois Patiño)

“Cuatro personas con gafas de realidad virtual tienen

su experiencia trascendental en el escaparate de la Fnac

y son mirados por la gente que camina por Preciados

(Mientras)

Las figuras de Lois Patiño contemplan el desierto

y yo me como un cuarto de tripi en la montaña.”

Mi diario. 21/12/2017

“Si te esfuerzas puedes desaparecer”

Los Planetas, Desaparecer.

“(…) la contemplación despojada de la voluntad y de sus miserias; eso es lo que confiere a ese paisaje desnudo, desierto e intensamente apacible un toque sublime. Pues, al no ofrecer objeto alguno, ni propicio ni desfavorable, a los mediocres esfuerzos y aspiraciones de la voluntad solo queda el estado de la pura contemplación.”

SCHOPENHAUER, A., El mundo como voluntad y representación, Libro tercero, 39.

Más allá de poseer ese no se qué que caracteriza al cine gallego, las películas de Lois Patiño se construyen a partir de esa manera de hacer que consiste en un no dejarse estancar en la categoría ni en el concepto. Taxonomistas culturales insufribles dirán que su cine es experimental, otros yonkis de los paraguas conceptuales dirán que quizá lo que haga es cine de autor, pero en el fondo saben que es mentira, que el hacer de Patiño no es un hacer en base a ciertos códigos, a gustar a un público concreto que demanda determinados rasgos ni tampoco a un romper esquemas por la rebeldía de ir contra la forma impuesta. Las etiquetas son losas absurdas para los artistas mediocres. Lejos del inconformismo, todas estas ínfulas eruditas de racionalizar absolutamente todo parecen ser directamente ignoradas por el artista de Vigo, abogando más por crear un cine que sirva de huida, que haga de punto de fuga y disipe así toda relación interesada con los objetos y las cosas. Es en este sentido que su obra Fajr no intenta llamar la atención del espectador mediante elementos que le atraigan o le desagraden, así como tampoco los personajes que habitan sus imágenes observan ese desierto por placer o deseo. Es decir, que no estamos ante esa idea del turista que observa lo que el catálogo le dice que es atractivo, ni ante el público que acude al cine con el objetivo de obtener algo de las imágenes y los sonidos que se suceden ante sus sentidos, sino que más bien estamos ante el artista que nos representa el “perderse”, el contemplar desinteresadamente, el mirar como las vacas al tren de sus personajes precisamente para hacernos ver que el cine, así como cualquier otra manifestación artística, es una vía favorable para poder “perdernos”, y que es eso lo que importa.

Lois Patiño dirige así la mirada hacia ese misticismo y esa espiritualidad que ya hemos olvidado, a las que le dimos la patada para entrar de lleno en un mundo donde la relación con los objetos y el trabajar con la materia se consideran el único valor posible. Un obrar, este de Lois Patiño, que busca introducir el uso de la intuición en un terreno pantanoso que ya no la quiere, que incluso la desprecia, a riesgo de ser excluido o de ser relegado a salas habitadas por hipsters que buscan en este tipo de obras un disfrute y una atracción sin comprender que no es este su mayor provecho aunque ellos se soben orgullosos sus estilizados bigotes mientras están ante ellas. El público al que parece abrirse el director de Costa da morte es el que representan ese individuo que se abstrae mientras mira sin saber muy bien por qué el grifo de la ducha por la mañana y que termina por llegar tarde a la vida real, la muchacha en la ventada de Dalí que disuelve su ego en el paisaje con el que se funde, la Santa Teresa que se “va” en la mera contemplación instantes antes de experimentar a Dios, o incluso la maldita mujer de Vive L’amour (Tsai Ming-liang, Taiwan, 1994) que se sube a unas gradas para poder así ensimismarse y evadirse del peso del mundo, para así poder dejar de llorar. Una manera de enfrentarse al mundo que Lois Patiño resume en esa representación de figuras inmóviles entregadas al recogimiento, señalando esa capacidad liberadora del Cine que el continuo aparecer de películas de fabricación en serie no hace más que emborronar.



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