Lady Snowblood (Toshiya Fujita)

El arranque de Lady Snowblood ya es toda una declaración de intenciones: un lóbrego espacio en el que un bebé recién nacido oye por primera vez cual será su destino (venganza), unas letras bañadas en un rojo descarnado y un blanco sendero que se tiñe con sangre y supura una violencia desmedida; es en esa violencia cuasi hiperbólica donde Fujita forja las bases de un trágico poema que rehuye cualquier composición épica y se decanta por un relato que rechaza el atisbo de epopeya y narra llanamente, sin asperezas y con mucho sentido dramático —al menos, el poco que pudiera tener esta historia— algo que parece acercarse más a un cruel y retorcido cuento que se define ante el espectador desde un primer momento, que a la heroica narración en la que un personaje alcanza su objetivo de modo lícito u honorable.

Porque no nos engañemos, en el personaje de Lady Snowblood puede haber visos de muchas cosas, pero si en algo incurre precisamente Fujita es en la desmitificación del mismo que desde su propio nacimiento ya muestra cuán retorcida ha podido llegar a ser su historia: comenzando por una madre que la engendró con el único cometido de acceder a su tan ansiada venganza adoptando un rol incluso perverso y que se acerca a las miserias de otro personaje por cuyo oscuro pasado el cineasta nipón no atisba a dejarnos juzgar, hasta las arrebatadas actuaciones de una mujer en cuyas duras facciones e inescrutable mirada parece estar grabado a fuego un instinto de venganza que incluso se antoja implacable y brutal en exceso, no porque la situación no lo requiera, más bien por la vehemente conducta de esa muchacha criada con un objetivo tan elemental que parece nublar su propio ser, la existencia que se reflejaría en ella de no ser por tan irracional propósito.

Irreductible en las formas y midiendo la narración con una precisión milimétrica, Fujita decide fragmentar su relato y llevarnos desde las consecuencias que arrastraron a la madre de Yuki a actuar de modo tan egoísta y mezquino, hasta la propia instrucción de una niña sin otra finalidad que la de transformarse en un ser cuya ética y moral no confronten su destino, pasando incluso por una descripción de un país al que algunos de sus secundarios sitúan en un pozo de desesperanza y podredumbre. Acierta el nipón, pues, al rodear a su protagonista de un contexto que la sitúa en una época convulsa, de guerras y violencia, que además sirve para marcar las cartas de un guión que aprovecha ese factor para situar al cuarteto responsable de la muerte de su padre y el deshonroso destino de su madre en mitad de una espiral de bajeza moral y corrupción no política.

Sin embargo, donde acierta plenamente la dirección de Fujita es al mostrar una violencia de la que ya he hablado, pero a la que es conveniente dedicarle un último párrafo para elogiar un uso que, por desproporcionado que pueda resultar, es tan cortante y seco como el mismo carácter de un personaje al que ni la más remota concesión dramática detiene, y que no se frena ni ante una posible redención o exculpa a un personaje haciendo uso de su propio juicio: para ella, la palabra venganza lo significa todo e implica una concepción de la vida y la muerte que se reduce a un propósito tan simple como el de culminar lo que su madre en una vorágine de sentimientos empezó, por descabellado que se antojase ese propósito, por amoral que resultase en su concepción. Porque Lady Snowblood simplemente coexiste por un pretexto de lo más primario y elemental: la venganza de quienes convirtieron su vida en la atrocidad que termina siendo.

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