Lady Off (David R. Losada)

Ricardo III es la tragedia de Shakespeare que sirve de base a los ensayos, las lecturas y la memorización de los diálogos a través de los que seguimos a la protagonista de Lady Off (David Rodríguez Losada). Una protagonista que refleja la precaria situación laboral de los jóvenes proyectada en el ámbito artístico general y más concreto de la interpretación. Justificación subrayada para defender que siga en esta obra de teatro independiente dando la réplica a alguien con quien tuvo una relación aparentemente complicada y que acabó mal. Pasando por su piso compartido y las dramatizaciones en distintos procesos del desarrollo de la visión del director del montaje sobre el texto original, observamos la perturbadora y creciente incomodidad que experimenta el personaje de Marta Fuenar. Aunque es cierto que se perciben fácilmente las pretensiones de insuflar de cierto carácter ambiguo las interacciones entre los actores cuando están cara a cara y sobre el escenario, la intertextualidad a la que aspira —el juego entre realidad y ficción, la conexión entre el texto de la obra y todo aquello que se queda fuera de campo— queda neutralizada por la incapacidad para trasladar esto a la escena misma, tanto teatral como la cinematográfica que engloba todo.

Vemos efectivamente como su Lady Ana es sistemáticamente perseguida por Ricardo en un juego de seducción en el que ella no deja de expresar su miserable situación tras el asesinato de su esposo y su padre, rechazándolo. Una y otra vez, reiteradamente, el contexto de esta escena se repite a lo largo del metraje en distintas situaciones y lugares sin aportar realmente ningún añadido al supuesto valor dramático de los intercambios de los intérpretes salvo en instantes muy concretos en los que la misma cercanía y contacto físico se pueden confundir —y es importante resaltar esta palabra específicamente, porque la intencionalidad aquí es indistinguible de la verdadera naturaleza del personaje sobre el escenario— entre la reacción de la protagonista y la de Lady Ana. En estos momentos es donde las mayores carencias para llevar a término lo que se propone la cinta son más evidentes. Todo el trabajo entre los ensayos y su realización ante el público queda ademas descartado con la cámara. Con ella siempre se cierra excesivamente el plano sobre los rostros o en planos medios, que permiten ver lo mínimo de la relación entre los actores durante la construcción de la obra en distintos ángulos que fragmentan un espacio que nunca se da a conocer al espectador.

Si algo queda salvable de todo esto es sin embargo aquello que parece secundario durante gran parte del metraje del film: la relación entre la protagonista y su personaje desde la perspectiva entre lo dramático y subjetivo. Las motivaciones para que Lady Ana acceda finalmente a las aspiraciones de Ricardo de conquistarla son una preocupación para la actriz, que propone un cuestionamento del valor del consentimiento, de su utilización simbólica en la ficción —de su mitificación—, de la construcción cultural sobre el deseo perpetuada a lo largo de la historia siempre a favor de los hombres. La insidiosa repetición del texto juega muy a su favor, al tener ya marcada a fuego la dinámica entre los personajes para explicar esta idea. ¿Qué importancia tiene el consentimiento en las relaciones sexuales? ¿Qué validez tiene cuando los vínculos personales pueden estar mediatizados por aspectos emocionales o de desigualdades estructurales que contaminan cualquier decisión libre sobre la propia autonomía sexual de las mujeres? En la obra es evidente este elemento que entra en conflicto con el punto de vista de Ana en oposición al del director de la obra, pero no acaba de tomar la preponderancia en la narración que requiere para profundizar en ello adecuadamente. Ahí es donde Lady Off tenía más posibilidades de explotar los mínimos recursos con los que está rodada para elaborar su discurso, aprovechando los elementos teatrales integrados en su narrativa. El empeño por llevar el relato a una aproximación psicológica es lo que acaba por colapsarla sin revelar un sentido claro en su tratamiento.



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