La viuda (Neil Jordan)

Sólo algunos desafortunados arrebatos efectistas impiden a La viuda ser una película estupenda. Es una lástima, porque el resto, en su conjunto, es de un acabado casi perfecto. Vaya por delante que en ningún caso nos encontraríamos ante una obra maestra. Pero sí podríamos estar ante una pieza perfecta en su categoría. Una de sus virtudes es la exposición de personajes, que sin ser especialmente profundos tienen un carácter fantásticamente perfilado. Es algo que se palpa incluso en los secundarios. Pensemos, por ejemplo, en la reunión entre Frances y la supuesta hija de Greta. Esta última, cuidadosamente interpretada por Raven Dauda (y elegantemente introducida mediante un ingenioso plano general), expresa sus inquietudes, sin descanso, a través de sutiles expresiones faciales. Vemos a una persona cuyas emociones funcionan a cien por hora, sus palabras son el resultado de incontables pensamientos que luchan por salir. Es alguien, en definitiva, fuertemente condicionada por las circunstancias. Este grado de detalle (insisto, no profundidad) también lo encontramos, por supuesto, en las protagonistas.

A mi entender, la marca Neil Jordan tiene dos rasgos distintivos. Me referí al primero cuando hablé de lo poco que le falta a La viuda para ser un producto perfecto… en su categoría. Y es que una de las virtudes del director irlandés es su capacidad por elaborar películas modestas pero de acabado redondo. Jordan es un autor que conoce mejor que nadie la materia que maneja, sus trabajos más destacados son aquellos en los que logra introducirla con sutileza, para conducirla hasta el desenlace sin topar con ningún bache. Es como si la comodidad del viaje nos hiciera olvidar que estamos en tercera clase: la elegante composición de cada plano y la hipnótica puesta en escena navegan delicadamente en una preciosa combinación de formas y contenido, que se clava (suavemente) en la retina del espectador. Y aquí es donde entra el segundo rasgo distintivo: la incomodidad. No importa de qué género se trate, siempre percibimos una mirada cínica, casi perversa que coquetea con el sadismo; pero dejándose ver sólo parcialmente y de forma gradual, como las gotas envenenadas que penetran en el cuerpo de Frances.

La viuda se sitúa en un terreno neutro entre lo comercial y lo alternativo. Es como una irresistible pretensión de resultar entendible conviviendo con la igualmente irresistible necesidad de incomodar. Finalmente, estamos hablando del sello de un director maduro… que, por desgracia, a veces tiene que luchar contra una irrefrenable inercia que tiende a arrastrar su trabajo hacia el terreno de la mediocridad. Pienso en algunas concesiones innecesarias (como la escena casi surrealista de Greta persiguiendo a Erica), las resoluciones dramáticas poco elaboradas (como la inserción del personaje interpretado por Stephen Rea) o los ya mencionados arrebatos efectistas (aquellos insufribles subrayados musicales que sólo ridiculizan lo que tendría que dar miedo). Por suerte, el sello de Jordan sale victorioso en la batalla final, en un tercer acto que da a la película un acabado inquietante y que acompaña al espectador hasta rato después de abandonar la sala. Es gracias a ello que uno prefiere quedarse con las preciosas imágenes que dan comienzo y fin a la película mucho antes que con sus defectos.



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