Sesión doble: Fétiche (1934) / Jabberwocky (1971)

Los grandes del stop-motion nos visitan en una sesión doble que se os pasará en un suspiro. Dos grandes realizadores, magos en esto del movimiento encriptado, nos quieren seducir a partir de sus juguetes. El primero es Wladyslaw Starewicz con Fétiche, que vio la luz en 1934. Le sigue Jan Svankmajer con uno de sus preciados cortometrajes, Jabberwocky, realizado en 1971. Dos propuestas ineludibles y repletas de imaginación que harán las delicias de los más exigentes.

 

Fétiche (Wladyslaw Starewicz)

Nacido en Rusia y emigrado a Francia tras la Revolución de Octubre, Wladyslaw Starevicz es uno de los creadores más importantes de la historia de la animación. Pionero del stop motion, desde sus primeros trabajos creando marionetas con insectos muertos su obra se destacó por su perfección técnica, creando piezas artesanales que aún hoy en día causan asombro, e incluso llegando a dirigir un largometraje junto con su hija Irene que precedería en siete años a la Blancanieves de Disney.

Su obra más fascinante, sin embargo, es probablemente La mascota, un entrañable cuento centrado en un perrito de peluche llamado Fétiche, el cual inspiró la creación de otros cinco cortometrajes. La sencillez de su historia y la inocencia y candidez que desprende en su moraleja contrastan sin embargo con una violencia bastante gráfica y chocante dado el tono general de la narración; no hay duda de que eran otros tiempos cuando vemos juguetes decapitados o destripados muriendo en primer plano. En todo caso éste es probablemente el único aspecto en el que se podría decir que esta obra ha envejecido un ápice.

Porque si nos centramos en el nivel de la animación todas las alabanzas serían insuficientes. No se puede dejar de subrayar que se trata de una obra de stop motion realizada en 1933, con todas las limitaciones a nivel de desarrollo de la técnica y medios que ello implica. Pero que esto no lleve a engaño, porque más allá del blanco y negro y de ciertas derivas narrativas como lo anteriormente mencionado, no hay nada en La mascota que pueda resultar envejecido, y sería un error limitarse a observarla en perspectiva. Aún hoy, y probablemente por mucho tiempo todavía, la fluidez de su animación es envidiable, y más teniendo en cuenta su estilo. La calidad del trabajo de Starewicz trasciende toda consideración temporal.

Y si hay algo en lo que destaca especialmente es en su retrato de personajes. Aunque Fétiche es el principal y con mucho el mejor caracterizado, llama mucho la atención la capacidad de reflejar la personalidad de cada uno de ellos en apenas cuatro movimientos, simplificados por las propias limitaciones técnicas o tal vez por pura economía narrativa, pero compensando con gestos, posturas y en suma con el lenguaje visual la falta de diálogos en un cortometraje casi por completo mudo en el que ninguno de los personajes inanimados pronuncia una sola palabra. Y es, como digo, especialmente notorio el mérito de Fétiche, que en apenas veinte minutos se nos presenta como un protagonista de gran complejidad dentro de su premisa básica de inocencia y bondad, cuidando al detalle su forma de reaccionar ante lo que le rodea y creando con ello escenas de gran inventiva en la que se mezcla la animación con escenarios y personajes reales.

A nivel narrativo, no resulta difícil encontrar paralelismos con la saga de Toy Story, que van más allá de una premisa esquemática para llegar a detalles sorprendentemente específicos, así como sus escenas en esa especie de baile en el infierno de los juguetes podrían recordar con facilidad a la temática e imaginería tétrica de, por ejemplo, Pesadilla antes de Navidad, o también del Disney primigenio con la anterior El baile de los esqueletos. Ver La mascota implica remitirse inevitablemente a estas obras, y no hay duda de que Starewicz con ésta y con sus otras creaciones ha supuesto una influencia clave en el desarrollo de las posibilidades de la animación hasta el nivel que encontramos actualmente, tanto en su avanzada técnica como en sus ideas argumentales.

Pero al fin y al cabo, lo importante en ella es que tras 84 años todavía se sostiene, intacta, como una obra cumbre de la animación que alcanzó un techo artístico que sigue resultando impresionante, y que hoy en día y sin ninguna necesidad de coartada contextual mantiene la capacidad de asombro, la belleza arrebatadora y la entrañable ingenuidad que hacen de ella una obra maestra imperecedera.

Escrito por Javier Abarca

 

Jabberwocky (Jan Svankmajer)

Jan Svankmajer, el animador de Praga, el genio checo que ha inspirado mundos oscuros y obscenos a partir de la imagen repetida, con leves variantes de movimiento, para crear magia. De lo tangible a lo único e inexplicable. Este artista que ha sabido dotar de vida a los objetos y crear la duda frente a las gallinas, ha trabajado todo tipo de materiales para recrear sus historias. A través de su peculiar visión han pasado multitud de historias reconocibles y a la vez únicas al caer en sus manos. Ahí están sus libres adaptaciones en sus largometrajes Alice Fausto, algunos de sus cortometrajes como La caída de la Casa Usher y tantas otras, descubriendo siempre esa parte adulta y oscura, la gravedad y la ilusoria puesta en escena que permiten estos textos, ya vengan de Goethe, de Edgar Allan Poe o de un cuento popular del que ni conocemos sus referencias.

De lo tangible a lo único e inexplicable.

Siempre fiel al stop-motion, debemos recordar que hay uno de esos cortometrajes donde se puso su sombrero de librepensador para bailar con el considerado como mejor poema sin sentido que se ha escrito en inglés. Jabberwocky, de Lewis Carroll —aquel que rescató posteriormente en Alice, en la que es probablemente la mejor adaptación de la historia—, inventa su propio lenguaje para narrar una aventura sin igual, y Svankmajer se apropia de esta carencia lingüística para narrar visualmente su propio caos. De lo único e inexplicable al gato enjaulado. En esta ocasión son elementos infantiles, juegos de mesa y puzzles los que toman partido en este evolutivo y visual desfile donde ya no hay lugar para las travesuras de niños. El mensaje es más decidido y conlleva a esa crudeza humana sin necesidad de permitirse la presencia del hombre.

Siempre me resulta brillante su concepción de vitalidad aplicada a cualquier objeto, lo fácil que resulta en él acompasar cualquier música al movimiento para olvidar la necesidad de las palabras y aún así expresar con contundencia el dolor, el amor o la simple risa, porque sí, la ironía objetual es su mayor fuerte. Si hay algo que agradecer al director es que todo ese material que ha ido creando con los años es atemporal, nunca pierde su efecto, nunca se desvanece la sorpresa. Pero Jabberwocky tiene inquina, nos recuerda que la genialidad siempre rompe los límites, pues de la nada puede surgir cualquier cosa, proverbial y repleta de sentidos, disfrutable y superlativa, porque cada objeto tiene su función y la que uno sea capaz de dotarle, sin necesidad de entender más que eso.

De lo único e inexplicable al gato enjaulado.

Escrito por Cristina Ejarque



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