La maternal (Pilar Palomero)

Primerizos retratos sobre el cuidado

La cineasta zaragozana Pilar Palomero nos sorprendió gratamente en 2020 con la preciosa Las niñas, un cuadro de infancia ambientado en una escuela religiosa e hilado a través de la propia experiencia personal de la directora. En el film nos ofrecía un suculento banquete de imágenes y sobre todo de gestos significativos rara vez acogidos por la historia del cine, como las niñas protagonistas probando por primera vez un pintalabios o teniendo en sus manos una caja de preservativos.

La maternal es una segunda película que sin duda arriesga en su enfoque. Tematiza algunas de las querencias de su predecesora, pero en este segundo encuentro con las imágenes de Palomero hallamos un valor añadido como es la vertiente del documental. O mejor dicho, la verdad documental camuflada en el relato. Hay quien afirma lúcidamente que independientemente del formato aquellos quienes aparezcan ante la cámara dejan de ser personas para convertirse de forma automática en personajes, dada la presencia totalizadora del dispositivo ante ellos. Un dispositivo que en manos de Palomero se transforma en una herramienta más al servicio de lo que se quiere contar, siempre desde la humildad, el respeto y la artesanía.

El último largometraje de Palomero versa sobre los embarazos adolescentes, y su gran atractivo es la jovencísima actriz debutante Carla Quílez, premiada con la Concha de Plata en el pasado Festival de San Sebastián. Una adolescente de 14 años bailarina que se ajusta con increíble fluidez a las necesidades del medio cinematográfico. Y de igual modo que el resto del reparto, la protagonista está en plena relación de complicidad con la directora, que es un personaje más. Ésta nos ofrece una suerte de planos de reacción de Carla ante la parte más verbalizada del film, que comprende unos testimonios verídicos sobre experiencias abrumadoras en relación al embarazo y al maltrato en menores de edad, un asunto que ante todo, demanda visibilidad.

La película está narrada enteramente desde su punto de vista, elidiendo audazmente la entrada al centro de acogida de la niña, Carla, y el parto, instantes que aumentarían con creces la carga dramática y que el espectador debe imaginarlos en su cabeza en pos de suprimir el tremendismo.

La recreación del centro es muy creíble, incentiva la empatía del espectador a la par que Palomero, desde el guión y la dirección, se siente cómoda con las disfunciones que trabaja el film. Porque La maternal nos enseña a observar la maternidad desde otro lugar, que parte precisamente de la desestructuración de las relaciones maternofiliales. El relato oscila entre el divertimento y la obligación de una niña de 14 años que no ha gozado de la calidez que todo niño se merece, cuestión que condensa una catarata de emociones brillantemente dispersas.

La vinculación de Carla con su madre quiebra todos los arquetipos posibles, y se caracteriza en cierto modo por la tensión contenida, la horizontalidad y la dificultad de la reconciliación y el entendimiento mutuo. La compenetración entre Carla Quílez y Ángela Cervantes es magnífica, y plantean la interpretación como una cadena de transmisión del conocimiento y las actitudes, pero en igualdad de condiciones, sin que una opaque a la otra. Tensan la cuerda mientras se salen de la normatividad que veíamos en la fabulosa Cinco lobitos, y en lo que respecta al cuidado de la menor y la libertad de movimiento de la niña no es trivial tener ejemplos en la cabeza como las coetáneas Libertad y Ama.

La maternal gana complejidad conforme avanza, y abraza motivos visuales y argumentales como el retorno al pueblo como curación, el baile como desinhibición y la bicicleta como objeto para el reconocimiento personal.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *