La jaula de oro (Diego Quemada-Diez)

En todas las épocas y bajo todos los regímenes, las personas se desplazan de sus hogares natales. Inician viajes, exentos de evasión y gozo, para encontrarse o para descubrir un lugar próspero en el que poder asumir las duras condiciones de vida a las que se enfrentan. Asumiendo el pesimismo humanista que dicha traslación provoca, anticipando un camino de piedras más que de rosas, se obtiene la recreación de la perspectiva histórica, o en este caso social, del proceso de éxodo finisecular a través de un viaje repleto de diásporas sin identidad, norte y pertenencia geográfica.

El debut de Diego Quemada-Diez en el largometraje supone una firma iniciática madura y poderosa que retrata el drama a través de la búsqueda de la tierra prometida, o de cualquiera que auspicie algún tipo de usufructo, desde un prisma infantil tan contundente como emotivo. Su guión opta por ser sincero y comedido mientras que su realización, basada en el seguimiento y la implicación a flor de piel, muestra lo peligroso y descorazonador del asunto a través de una mirada que, pese a ser también salvaje, resulta cálida y embellece y suaviza la vorágine de momentos devastadores que va cosechando a su paso una historia de cruce de fronteras morales, geográficas y existenciales.

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Partiendo de su contacto con inmigrantes centroamericanos, el director dibuja el retrato de unos niños sin infancia con valentía y alejamiento de la provocación panfletaria. Su fórmula de avituallamiento narrativo se basa en la utilización de unos recursos artísticos, técnicos y plásticos que responden a las bondades de aproximación psíquica del documental. Su estilo hiperrealista y enfático convive fácilmente con el esteticismo de los inagotables paisajes que se nos presenta, generando que lo visual y lo textual formen un todo conjuntado y armonioso. Así mismo, la propuesta se ve enriquecida por un emergente cruce de género, pues Quemada-Diez apuesta por impregnar de poder dramático y emocional un aura de thriller que sus protagonistas terminan por cuajar en trepidante y afectivo.

Como suele ocurrir en las producciones independientes de estas características, la cámara se convierte prácticamente en un personaje más, constantemente solapada en los roles centrales participando de sus acciones y sus conversaciones, alejándose tan solo para mostrar angulares y espectros de ese mundo que han dejado atrás. La sinestesia que provoca lo inquietante del viaje en aquellos que lo viven funciona como modelación más que como reiteración. Es decir, el español naturalizado mexicano rehúye de los extremos para zozobrar al espectador, de manera que no agota su relato en la presentación y exposición constante de dramáticas realidades que, a todas luces, extenúan y banalizan la tragedia de la incomprensión y la opresión de estos niños.

Un título, en resumidas cuentas, que pese a todo no resulta muy original en su planteamiento ni sofisticado en su desarrollo, si bien el empaque y las hechuras de su esencia cinematográfica lo definen como una propuesta sólida y estimulante, de esplendor formal, espíritu de espontaneidad y orquestación milimétrica. La naturalidad y el corazón que ponen sus jóvenes actores, a lo largo de una fábula que se asienta en la regularidad de sus pasajes, convierten al film en material poético-radioactivo, de alma inspiradora y atrevida.

Cautivadora fotografía y gran dominio del ritmo generador de suspense y desconcierto en los personajes. La dirección de actores y el talento y oficio innato que demuestra Quemada-Diez resulta lo más sorprendente, dentro de sus muchas bondades, en una ópera prima que no lo parece, signo inequívoco del potente cine mexicano que se está gestando en los últimos años y que viene a confirmar a dicho país como una de las industrias cinematográficas más consolidadas y maduras del panorama.

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