La funeraria (Mauro Iván Ojeda)

No se puede negar que La Funeraria sea un film de género puro y duro. Una especie de reivindicación del terror directo a la yugular sin subtextos intrincados. Lo que popularmente se ha definido (en demasiadas ocasiones peyorativamente) como un tren de la bruja y que se posiciona claramente como contrapartida a estos tiempos de “terror elevado”.

Así pues, el film de Mauro Iván Ojeda arranca como un tiro, sin concesiones, introduciéndonos en la trama sin necesidad de grandes presentaciones ni explicaciones. Un poco de música tensionadora y una puesta en escena inquietante bastan para definir el contexto. Un microuniverso cerrado en una casa y apenas 3 personajes de los que solo conoceremos lo básico a través de pinceladas paulatinas. A partir de estos mimbres básicos, Ojeda da rienda suelta a lo que debería ser una exhibición continua de horror sin límite.

Y decimos que debería porque el principal problema es que La Funeraria sigue el manual James Wan al pie de la letra, como un alumno aplicado pero que por desgracia carece de imaginación a la hora de desarrollar la trama. Desde los movimientos de cámara, los ángulos muertos, y las situaciones que se suceden, sigue una estructura y una lógica intachable, pero son tan evidentes, tan esperadas que no producen ningún tipo de sobresalto.

A La Funeraria le falta, ante todo, no tomarse tan en serio siendo una historia pequeña, romper ese tono monocorde buscando pequeños momentos de respiro, bucear en la tragedia familiar de fondo, usar incluso algo de humor negro. La ausencia de todo ello acaba por dejar en el aire demasiados interrogantes y demasiados vacíos argumentales, con lo que la trama acaba siendo una carrera precipitada a un desenlace redentorio tan poco creíble como visualmente bordeando la vergüenza ajena.

Todo ello viene marcado sin duda por lo que en principio debería ser la virtud de la sutileza. Pequeños detalles sobre los personajes (a veces demasiado pocos) que configuran sus personalidad y acciones sin necesidad de caer en largos y extenuantes ‹flashbacks›. Sin embargo esto acaba jugando en contra y provocando, como decíamos, ese desenlace ridículo. Una cosa es la parquedad y otra muy distinta usar el primer dato aleatorio que has soltado en la película para definir su final, solo porque da la sensación de que visual y argumentalmente quedará más bonito o, como mínimo, más poético en el plano de la redención emocional.

Así pues La Funeraria acaba siendo poco más que un remedo del universo Expediente Warren. Espíritus con mala leche, mediums salvando (o intentándolo) la situación, problemillas familiares de fondo y un buen catálogo de pretendidos sustos que van desde el escalado tensional hasta el ‹scare jump› en dosis racionadas en modo piloto automático. Un film pues que acaba siendo rutinario, incluso generador de algún que otro bostezo, y que cuando tiene que poner toda la carne en el asador en el momento climático, acaba por derrumbarse en un agónico ridículo. Mala carta de presentación para Mauro Iván Ortega, que acaba realizando un film de terror que es al género lo que la lista de los Reyes Godos a la historia.

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