La alternativa | Tengo una casa (Mónica Laguna)

Los encuentros fortuitos en mitad de alguna carretera secundaria siempre son síntoma de cambios existenciales. Si en las películas de terror implica acabar muerto o matar a los demás (porque no es necesario ponerse muy creativo tampoco), en la comedia forma parte de una reubicación distendida de alguna vida sin rumbo.

En Tengo una casa, hay tanta vidas destartaladas como vehículos, que en esta ocasión no nos llevan a una carrera al estilo de Cannonball, pero sí a una cabaña en mitad del bosque a la que acudir, huir y volver constantemente desde la carretera. Una especie de “todos los caminos me llevan a ti” pero sin cursilerías.

Para ello contamos con el debut de Mónica Laguna en la dirección y un reparto que para finales de los 90 era un lujazo: la química de Nancho Novo y Silke (que ese mismo año protagonizarían Tierra de Medem), el humor desganado de un jovencísimo Ernesto Alterio y el morro absoluto de Pedro Alonso, “Ferrari” para la ocasión, “Berlín” para los “seriéfilos”.

Comenzamos en la carretera, con vehículos distintos, personajes independientes y cameos varios para presentarnos a dos tipos descontentos con sus vidas, uno huyendo a través de sus ‹riffs› de guitarra; el otro huyendo, literalmente, pisando el acelerador con el coche cargado de Ballantine’s, y no cualquier coche, un Seat 1500 de color violeta. Llamémosle drama, acción o perdedores olisqueándose, pero ambos coinciden en el mismo vehículo y se da paso así a una comedia desenfadada, irónica y llena de música —esta parte lleva la firma de Los Enemigos— que nos lleva a través de robos, apuestas y borracheras a esa necesidad de volver a la casa del único que puede asegurar tener un hogar.

Para ello tenemos a “Bólido”, remarcando la necesidad de jugar a la falta de identidad de los personajes a través de sus apodos o la simple incógnita de sus nombres, un tipo tan perdido como el resto que tiene un lugar donde cobijarse para estar solo, siendo el que muestre un arco evolutivo más llamativo entre todos. Él tiene su moto, sus discos y un montón de okupas que pasan a su antojo por la casita de madera. Todo gira en torno a una necesitada idea de hogar y ese coche destartalado que muta al ritmo de los protagonistas, consiguiendo que las idas y venidas por la carretera sean síntomas de reflexión, momentos solitarios donde darse cuenta de la necesidad de otros para seguir adelante.

Quizá lo mejor de Tengo una casa sea ese mimetismo con el cine de Hal Hartley, sin perder de vista las hazañas del cine español. Dentro de su frescura están esos momentos de absurda sintonía, la música como un hilo atronador que conduce las escenas, incluso algún ataque cómico de persecución ‹cartoon› que insufla energía a un encuentro de crápulas sin vises de futuro.

No podía faltar la chica, la que marca su propia ‹coming of age›, por la que todos giran la cabeza al pasar, y que por una vez no es el objeto de lujurias, siendo otra persona más con sus dispersiones sobre lo que es crecer y salir adelante; la que faltaba para esta comunión de viajeros nómadas que instintivamente necesitan quedarse un poco más, ya sea por no saber hacia dónde avanzar o no saber con quién hacerlo.

Así este atípico viaje se convierte en una cadena de sensaciones inesperadas. Hay amistad, amor y música, hay pocas esperanzas y un gran abanico de posibilidades, pero sobre todo una idea de reconstrucción sin complejos ni complicaciones, donde valorar el momento en el que te caes y te ríes de ti mismo. Porque en la vida, no solo los tontos hacen tonterías.

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