Joe Begos… a examen

Que alguien diga algo que le emocione más a un fanático de los efectos especiales que nada en el mundo. Empiezo yo: hacer explotar cosas sin tocarlas. Eso es un ‹must›, pero Joe Begos disfruta de explosiones en todo su esplendor: con contacto, con la mente, con ayuda de algún arma, por combustión espontánea. En sus manos todo es factible a la hora de estallar por los aires, con el aliciente, siempre, de encontrar una persona dispuesta a morir en el intento. Vale, es ficción, nadie muere, esto explica que tantos actores se hayan convertido en amigos íntimos de Begos que están dispuestos a morir (o simplemente sufrir) vez tras otra en sus películas. Pasión pura y dura.

Si algo se destila de las películas de Joe Begos es su amor por el terror y la ciencia-ficción que se metió en vena de crío. Es uno de esos directores que no disimulan sus estímulos, referencias u homenajes, porque forman parte inequívoca de sus trabajos. Adora el cine con el que creció, y lo refleja en sus films. Es la bendición y perdición del actual cine de terror, porque aunque alguno vea ya con hastío este mundo metarreferencial lleno de sintetizadores y efectos a la vieja usanza, yo solo distingo amor por lo palpable, e ingenio a la hora de adaptar a una historia propia lo que otros ya hicieron. ¿No se canta desde hace años eso de Rock and Roll is dead? Pero ahí seguimos poniendo el oído para ver que se cuece. Y nos sentamos frente al televisor con la esperanza de que le crezca un tubo catódico para ambientar igual de bien que el director de turno uno de estos ‹back to the basics›.

Joe Begos, el hombre de la semana con la aparición de su éxtasis sobre el arte, las drogas y la sangre que es Bliss, tiene ya mucho camino recorrido. Su fuerte es la mezcla genérica, que nos lleva en The Mind’s Eye a revisitar el ideal de Mad Doctor junto a la telequinesis y el gore más gratuito. Protagonizada por Graham Skipper, de nuevo líder absoluto de una peli de Begos —ya le vimos en Casi humanos—, The Mind’s Eye nos transporta a los primeros 90 para crear un USA donde se estudia el auge de la telequinesia. El poder de la mente es uno de esos bienes que requiere de mucha imaginación para materializar en una película, llegando más allá de ver levitar lápices, así que Begos se entretiene en crear atmósferas variables según la situación que ambienten realmente la tensión vivida entre hombre poderosos y hombres ansiosos de poder.

Estimulado por lo que otros ya habían hecho por el género, Begos no pierde el tiempo y pronto pone a cada personaje en su lugar predilecto. No hay dobles caras, solo un interés por la supervivencia y los superpoderes bajo control ajeno. El Dr. Slovak es el ejemplo perfecto de involución hacia el histrionismo descarado, un perfecto médico decadente y ávido de aquello que no puede dominar que nos sirve de pilar para trasladarnos del estado de secuestro en institución secreta, a lucha encarnizada por ser la cabeza más potente de la historia.

Luces rojas o azules para distinguir estados anímicos de los presentes, ataques elocuentes, escenas que van más allá del terror ochentero transportándonos al estilo inequívoco del cine negro de los 40, y la presencia de dos iconos como Jeremy Gardner —este a título personal— y Larry Fessenden —este como ser imprescindible e indiscutible de todo film de terror indie de los últimos años, ya sea por su dinero o por sus apariciones estelares—, convierten a The Mind’s Eye en una película clave para comprender a Joe Begos y su estilización del entretenimiento más duro.