Honor de Cavalleria (Albert Serra)

Cierto payaso dijo, en una entrega de premios, que «la gran ficción de la Historia está siendo ensayada ahora mismo delante de nuestros ojos». Poco importa saber a qué santo venía aquello, porque, en realidad, lo que las enormes estructuras Históricas consagran como algo trascendente fue en un primer momento un gesto anodino, una acción de corto alcance y una suma de extravíos. Así, de hecho, perdidos en la imagen, en el desierto de significaciones que el propio Albert Serra se encarga de producir constantemente, sus actores, todos ‹amateurs› —como los de su admirado Pasolini, los mismos que parecían sonreírse de su propia aparición en pantalla— deambulan desnortados, obedeciendo a indicaciones confusas, como buscar sandías en medio de la nada, que ni ellos entienden, ni se pretende que lo hagan, motivo por el cual los tres reyes magos de El cant dels ocells (2008) se alejan en aquel paisaje lunar islandés, coronan la cresta de una duna, desaparecen en lontananza, y una pequeña mota negra resurge silenciosamente, y con ella otras dos, y así su búsqueda del niño Jesús parece sincera, y desde luego nada bíblica, tan alejada de a saber qué grandes conceptos que desde luego no parecían incumbirles.

No por anacrónica deja de ser cierta la afirmación de que la Historia la escriben los vencedores que, para empezar, están alfabetizados, lo que ya es un símbolo de civilización y, por extensión, de poder. La iconoclasia del cine de Serra consiste precisamente en hacernos olvidar por completo de que la narración de los Grandes Relatos obedecen a un plan y todos sus agentes operan hacia un mismo fin: eso viene ‹a posteriori›. Nada hay de glorioso en sus películas, pero sí de milagroso, que es su contrario por cuanto ocurre sin comprometerse, sin alzar la voz, y una vez se ha producido la revelación, se extingue con la imagen. En Honor de cavalleria (2006) hay algo de esto: los capítulos importantes de la obra de Cervantes no están, salvo, tal vez, el final de la Primera Parte, cuando don Quijote es devuelto a su hogar enjaulado y en un carro, custodiado por sus amigos y su escudero, con la esperanza de que abandone sus alucinaciones romancescas. Todo lo demás son tiempos muertos: un baño en un estanque de agua fresca, Sancho ayudando a su amo a vestirse la armadura —pese a todo muy digna, y eso que siempre llama la atención que el personaje cervantino utilice cartón para la celada y una bacía como yelmo, cosa que no se ve a menudo en cine— y diálogos, o más bien monólogos, sobre la intervención de Dios en las cosas del mundo, rayanos en el panteísmo. En este punto se apoya el segundo elemento de originalidad con respecto al libro: que don Quijote alude constantemente al Alto, travestido —con toda seguridad de modo irónico— de un cierto paganismo, y además suelta un taco, lo que sería impensable en aquel «loco entreverado»; Sancho, por su parte, es callado, y ni rastro de su verborragia refranesca que tanto encendía a su amo: se limita a asentir, a repetir lo que le dicen y a llevar por las riendas a su rucio. La relación entre ambos, no obstante, es muy parecida: se aprecian como dos personas que han comido de la misma escudilla.

Pero si todo cuanto sucede no parece relevante de ninguna de las maneras y la caracterización de los personajes es sensiblemente distinta a la que el lector conoce, y a pesar de que el tratamiento de Serra tiende a desmitificar los relatos, cuando no a trivializarlos sin caer en los vulgarismos, hay un aspecto, y es importante, que se mantiene: la consciencia que el Quijote tiene de sí mismo, como caballero andante en primer lugar, y en este punto se adhiere al “honor de caballería” celebrado en el título, y como héroe en segundo lugar. Al hablar de sí propio lo hace en tercera persona, y su prosopopeya al decir «El Quijote» suena siempre rotunda, absoluta, épica; se sabe de su demencia porque la novela la ha leído la gran mayoría del público, pero en el fondo el espectador está dentro de la cabeza de Sancho, que cree lo que se le cuenta, sin tener una perspectiva ajena para contrastar las ocurrencias de aquel; y si su amo tiene una misión, que viene del Cielo, no hay motivos para contradecirle. Todo lo que ha visto del mundo más allá de su asno —no de su familia, pues en la película no la tiene, o al menos no tiene esposa— ha sido por pura instrucción del Quijote; sus desvaríos, sus gritos al vacío, en secuencias que lo aproximan al firmamento —dos tercios de la pantalla es rosicler—, palpándolo cuando elevan los brazos, tienen visos de verdad, y si es locura o no lo que padece, la duda queda anulada por la sensación de estar presenciando una teofanía.

Los trazos argumentales se simplifican y los personajes acaban reduciéndose a la mínima expresión. En El cant dels ocells logra con más éxito lo que se propone: adelgazar la historia, que ya se conoce, o debiera conocerse, como ocurría con los mitos en el teatro clásico. Los orígenes, la secuencia y los actores de la epifanía están mucho más próximas al saber popular, pues se televisan anualmente, instrumento educativo que Serra desprecia. Don Quijote, aunque universal, tiene tal cantidad de matices que podrían acompañarse de extensísimas glosas sin agotarlos. La Biblia tiene un estilo escueto, esquelético, carente siquiera de topografía, y los caracteres están siempre ubicados bajo el martillo divino, principal relación de oposición que define los actos que se narran. Por este motivo puede parecer que, pese a querer introducirse en los intersticios del relato, a Albert Serra se le vea un poco el plumero cuando lo falsea, o cuando lo distorsiona, algo que tampoco es un hecho negativo ‹per se›. Sin embargo, debe preocuparse en precisar mejor lo que se dice para alcanzar el milagro sin explicaciones al que aspira. La ocurrencia de los reyes magos es perfecta, aunque su Quijote es capaz de generar interés en la relación entre dos individuos que se respetan, aun cuando uno cree estar siendo, como Lanzarote —mencionado una vez, la única necesaria para aludir a su rarísima dolencia—, un héroe legendario. Y aquí vuelven a operar de nuevo los dos planos de la Historia: la que se crea arbitrariamente, la locura del caballero andante que participa constantemente en pugnas ontológicas; y la del escudero, que no sabe muy bien qué ocurre, pero vive en su mundo de caballerizas y remilgos ante el agua demasiado fría, la de la gente a la que le importa un comino en qué parará todo esto.

Un comentario en «Honor de Cavalleria (Albert Serra)»

  1. Dejo, sobre Albert Serra, la referencia de un pequeño artículo, de julio de 2009, Anatomía subjetiva de un director de cine. (Del genio fabricado a la cinematografía de Albert Serra),
    en:josepueyo.blogspot.com

    Así como El quijotismo de Albert Serra, cineasta bañolense, en Revista Lathouses. Psicoanàli i Cultura des de Girona, setembre de 2007.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *