La alternativa | Historia de O (Just Jaeckin)

La piedra ya ha sido lanzada al río. Está claro que el único estreno del que se habla en todas partes (para bien o mal, eso es algo que no me paro a definir) es el de Cincuenta sombras de Grey. La película, que sucede a la novela a modo de trilogía que tanto ha excitado a mentes ansiosas de historias de amor, más allá de los modos en los que se concibe el mismo, al fin ha llegado a todas las salas imaginables, tras una gran campaña publicitaria que poco tiene que ver con lo que realmente encontrarán los que se atrevan a sobrepasar las puertas de sus cines de cabecera.

«El señor Grey le está esperando» y todos los demás imaginamos a ríos de mujeres de una determinada edad humedeciendo entre sus ingles las ansias de encontrar un tipo así para ellas. Todo sea por el bien de soñar despierto, y nada más. Ya leí hace tiempo la novela —a mí siempre me han enseñado que si encuentras un libro en la calle abandonado a su suerte, debes acogerlo y darle uso, así que pasó un verano por mis manos—, y después de ello, no siento necesidad alguna de ver la película, es bastante fácil adivinar cual es el producto final (si quien nos la vende lo trata como tal, nosotros también), y una vez superada la extrañeza de aquello que llamaron como revolución de las historias de amor, —en realidad es una más con un toque de erotismo bañado de diosas internas que parloteaban sin cesar—, queda decir que todo esto ya ha pasado, seguramente muchas veces: desacatos boca-oreja que crean más expectación por fama que por calidad, que a unos hace disfrutar y a otros espanta, pero quedan marcados durante un tiempo en la memoria colectiva.

«Si fueras un árbol
tallaría mi nombre sobre tu costado
y no llorarías
porque los árboles no lloran» [1]

Lo dicho, Cincuenta sombras de Grey no va a descubrir nada que no existiera ya. En la Francia de los años 50 una mujer causó gran revuelo con su novela Historia de O, prohibida durante años, que sirvió de entretenimiento oculto para aquellos que descubrían la sumisión y dominación como un divertimento grupal. Fue Dominique Aury bajo el pseudónimo de Pauline Réage, quien quiso provocar a su amante con el texto. En 1975, el director de Emmanuelle, Just Jaeckin, dijo… ¿por qué no? y convirtió el libro mito en erotismo afectado y visual.

Historia de O nos abre las puertas al sometimiento sexual de una joven fotógrafa, conocida como O para la ocasión, como muestra de su amor incondicional a su amante René. Fiel a la novela, comienza mostrando una idílica opción de entrega a esta aventura carnal, cuando con delicadeza su amante le prepara en un romántico camino en coche hacia una gran casa. Acto seguido se repite la escena, más ajustada a una realidad donde un hombre le informa de cómo va a ser preparada mientras su amante le maniata y le tapa los ojos. Desnuda, sin juntar sus rodillas jamás al sentarse, le espera la mansión Roissy y sus oscuras pretensiones.

La película sigue esta iniciación y aceptación de la sumisión total, con la narración pausada y amable de una voz en off, mientras se suceden escenas de alto contenido erótico, con el cuerpo siempre desnudo de la actriz Corinne Clery, una O que tanto por curiosidad como por complacencia a los demás, acepta cualquier acción contra su cuerpo sin cuestionar nada.

El estilo de Jaeckin se percibe desde un primer momento como pastoso, con esa imagen que parece estar flotando en una turbia subida de temperatura, unida a una música que se puede volver irritante por aterciopelada y constante, el softcore hace acto de presencia, pero se mantiene siempre respetuoso con su propia idea, mostrando a la mujer como un proverbio que acumula belleza, ese que a base de azotes y auténtica entrega por todo lo que le muestran asume que el amor lo puede todo. Porque se puede despreciar el tema de aceptar este estilo vida sólo por amor y no por placer, pero en el mismo film se vuelve como un tema reprochable, demostrando así que aunque se base en esto la historia de esta joven que no conoce una vida complicada, que llega a este punto por voluntad propia apartándose de una vida confortable para jugar con los ricos, que no ve otro modo de conmover a su amante que siendo utilizada por todo aquel que la requiera, no es necesariamente una historia perfecta.

Esos tabúes que persiguen a la recién creada Cincuenta sombras de Grey no existen aquí, al menos en cuanto a formas femeninas se refiere, ya que los hombres son simples entes de dominación y capricho, una extensión de los látigos que manejan. Las mujeres protegen su sumisión como un modo de vida, crean una piña protectora entre ellas a la vez que no evitan celos y enfrentamientos cuando deben compartir, creando un juego de intereses, defendiendo la propiedad de cada una con la intención de ser las únicas, y sientiéndose amadas. Tiene un aire arcaico a la hora de mostrar los lugares de preparación y la gente que habita en ellos, que se contraponen a la muestra de su vida normal, de una chica moderna y atrevida.

Poco a poco se forma una imagen en la que la sumisión sexual se transforma en calidad de vida, un modo de encontrarse a sí misma como si de cualquier película basada en un manual de superación femenina se tratara, no sin ello volver a los constantes suspiros y gritos que reaccionan ante cada amante que pasa por sus manos, tanto hombres como mujeres, convirtiendo ese anillo que permite que la posea cualquier que conozca su significado, en aquello que equilibra ambas historias, la de la mujer que se conoce a si misma y la del relato de placer mundano llevado al extremo, asentando las bases del disfrute básico.

Es llamativo que haya tantos puntos en común en ambas novelas, esto sólo confirma aquello de que la historia se repite una y otra vez, son dos mujeres que descubren otra forma de vivir el sexo y que aceptan a su modo someterse a los deseos del hombre al que aman, adaptando las normas poco a poco, acomodando sus posiciones siendo siempre ellas las que demuestran más de lo necesario, y permitiendo que la huella del hombre sea permanente, pero ambas películas son tratadas como un espectáculo totalmente opuesto, así que, aunque imperfecta, Historia de O es la alternativa necesaria a lo ya conocido. Además sale el interminable Udo Kier, que finalmente es un sumiso más ante las grandezas de otros.

Por otro lado, siempre ha sido un poema en particular de Bukowski más expresivo que estos relatos envueltos en el suspiro femenino o la mirada oscura del hombre…

«nos gusta ducharnos después
(a mí me gusta el agua más caliente que a ella)
y su rostro siempre está suave y lleno de paz
y ella me lava primero
me extiende el jabón por los huevos
los levanta
los aprieta,
luego me lava la polla:
«¡oye esto sigue duro!»
luego me lava el vello de ahí abajo,
la tripa, la espalda, el cuello, las piernas,
yo sonrío sonrío sonrío,
y después la lavo yo a ella…
primero el coño,
me pongo detrás, mi polla en sus nalgas
suavemente enjabono los pelos del coño,
lavo ahí con un movimiento suave
tal vez me detenga más de lo necesario,
luego las piernas por detrás, el culo,
la espalda, el cuello, la hago girar, la beso,
enjabono los pechos, luego la tripa, el cuello,
las piernas por delante, los tobillos, los pies,
y luego el coño, una vez más, para que me dé suerte…
otro beso, y ella sale primero,
se seca, a veces canta mientras yo sigo allí
pongo el agua más caliente
disfrutando los buenos momentos del milagro amoroso
luego salgo…
normalmente es por la tarde y todo está tranquilo,
y mientras nos vestimos hablamos sobre qué otra cosa
podríamos hacer,
pero el estar juntos resuelve casi todo,
en realidad, lo resuelve todo
porque mientras esas cosas estén resueltas
en la historia de una mujer y
un hombre, es diferente para cada cual,
mejor y peor para cada cual…
para mí, es tan espléndido como para recordarlo,
tras la marcha de los ejércitos
y de los caballos que pasan por las calles afuera,
tras los recuerdos del dolor y el fracaso y la desdicha:
Linda, tú me has traído esto,
cuando te lo lleves
hazlo lenta y suavemente
hazlo como si estuviera muriéndome en sueños en lugar de
en vida, amén.» [2]

[1] Extracto de If, The Divine Comedy
[2] La ducha, Charles Bukowsky

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