High Life (Claire Denis)

Imaginemos que en el futuro la última esperanza de la humanidad de responder a las alarmantes necesidades de energía se encuentra en extraerla de los agujeros negros. Para ello una serie de misiones espaciales pone a convictos en naves que tienen por objetivo viajar durante años para estudiar las condiciones que permitan explotarlos usando el proceso Penrose. Claire Denis decide mostrar de inicio en High Life la rutina del último superviviente de una de esas gigantescas infraestructuras flotantes mientras cuida de su hija todavía bebé o soluciona problemas técnicos. La estructura del montaje combina el esfuerzo de disciplina mental que realiza el personaje de Robert Pattinson para seguir adelante solo sin ayuda en la inmensa lejanía del espacio profundo con lo sucedido hasta llegar a ese punto. El relato —que se basa fuertemente en una narración y diseño de producción prácticamente conceptual al servicio del aspecto discursivo del film— comienza a expandirse según ampliamos la información de los otros miembros de la tripulación. Se trata de seres dañados con problemas de autocontrol que en una situación sin salida se enfrentarán a sus mayores temores, todos relacionados con aspectos esenciales de la naturaleza humana que tienen que ver con el deseo, la reproducción, el afecto y la muerte.

En un viaje de solo ida, la nave con aspecto de gran contenedor de mercancías les lleva a una expiación imposible y carente de sentido. Lo que debería en realidad permitir su redención no es más que su condena definitiva. La doctora que interpreta Juliette Binoche está obsesionada con lograr la reproducción en esas condiciones de viaje intergaláctico como sea. Su mayor víctima es el logro de su experimento. La hija de las estrellas que nunca conocerá la Tierra ni otra vida. Sola con su forzoso padre, el amor y la atracción se confunden en una delgada línea que la directora sostiene desde la ambigüedad más perturbadora. No hay posibilidad de utilizar las referencias morales terrestres ni las jerarquías éticas conocidas en la sociedad civilizada responsable de su viaje para juzgar sus acciones. Por eso el tratamiento de sus personajes es distante y frío. La reproducción y la supervivencia como único objetivo dejan cualquier otra necesidad, principio o consideración en segundo plano. El único que ha sobrevivido es el que se ha autoimpuesto una especie de vida monástica, que ha suprimido cualquier manifestación visceral de sus anhelos, que da por perdida su vida tal como la conocía aunque continúe por mera inercia para cuidar de otro ser humano.

La obligación hacia el otro puede ser la salvación para uno mismo y para la misión. Algo con lo que no habían contado los que la concibieron. ¿Cómo pretender salvar al mundo si no se cree en nada que merezca ser salvado, ni siquiera uno mismo? La supervivencia en si misma nunca puede satisfacer al ser humano. Reducido a los más básicos instintos, nos condenamos. Las imágenes de Binoche entrando en una sala específicamente diseñada para dar placer y satisfacer las necesidades sexuales de los pasajeros del viaje son esclarecedoras: tampoco es suficiente. La alienación del placer en si mismo no proporciona la satisfacción ni el sentido de plenitud ansiado por el individuo. El sexo y la muerte están presentes constantemente como comienzo y final del trayecto de la nave, como origen y destino de los personajes a través de los cuales asume la narración un final ineludiblemente trágico. El agujero negro como fuente potencial de vida y destructor al mismo tiempo de cualquier objeto celeste que se encuentre en su camino —la negación de toda existencia— es lo que define la película. Una historia que referencia y evoca multitud de ideas clásicas y recurrentes de la ciencia ficción para reducirlas a lo más primordial y sucio, subvirtiendo toda aproximación humanista desde una perspectiva terroríficamente equidistante respecto a la ciencia o la tecnología empleada.



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