Familia sumergida (María Alché)

Se hace inevitable que los conflictos latentes, enterrados por el tiempo, o los sentimientos reprimidos en las relaciones familiares se acumulen de una generación a la siguiente. Y con ellos se apilan la falta de conclusión, el miedo a la aceptación de los errores y defectos de unas figuras mitificadas por el relato construido en el proceso por la falta de entendimiento de determinadas acciones o comportamientos. Familia sumergida parte de la muerte repentina de la hermana de su protagonista, una mujer de mediana edad inmersa en una dinámica agobiante con sus hijos y un padre ausente. Los efectos traumáticos inmediatos del duelo sacuden el mundo del personaje de Mercedes Morán mientras vacía la casa de su hermana, explorando recuerdos y emociones entre los objetos personales que han perdido ya el sentido de su existencia, los muebles y los habitaciones ya sin vida que las ocupe. La ópera prima de la también actriz y fotógrafa María Alché es un despliegue de expresividad discursiva llevada a cabo desde el aprovechamiento extremo de los recursos fotográficos, escénicos y dramáticos a su disposición.

Desde lo sensorial —con el uso destacable de la luz llenando los distintos espacios y creando ambientes bien diferenciados— aproxima la cámara para establecer una atmósfera en la que se proyecta el estado interno de Marcela, captura todo lo que ve, lo que toca, lo que escucha y cómo la afecta en detalles aparentemente mínimos pero profundamente humanos. Aquello que oculta tras su expresión forzadamente neutra y su digna postura. Las acciones de los miembros de su familia, en muchas ocasiones tendiendo al conflicto, crean una efervescente existencia dentro de su hogar que acaba por dibujar toda una compleja red de interacciones con pasmosa naturalidad. La vida rodea a Marcela y el presente la desborda, pero ella sólo puede pensar en la muerte y en la memoria de otros ausentes, en el pasado. Incluso el interés amistoso-romántico que aparece es un individuo que está presente pero no debería estarlo, cuya vida se ha quedado en suspenso por no ser capaz de tomar las riendas ante una dificultad inesperada en sus aspiraciones. Un trabajo actoral extraordinario y bien integrado en el aspecto narrativo crea una familia que se siente real ante los ojos del espectador según avanza el metraje.

El relato definido desde lo costumbrista no deja de ser el mero eje de una narración que, sin embargo, no tiene un sólo enfoque de interés único, sino múltiples a la vez —manteniéndolos siempre sin perderse a la deriva entre ellos en ningún momento con una refinada sencillez estilística en su desarrollo— y combinando no sólo los distintos aspectos de la vida de su protagonista, sino también las diversas realidades que coexisten en ella a través de su presencia constante en plano, enfrentada a lo tangible pero también a los espectros, a las fugas oníricas integradas en su misma experiencia vital, huyendo de la linealidad para proponer un retrato y desarrollo que se acerca a combinar una aproximación impresionista con lo caprichoso de la evocación de los procesos de sus pensamientos. Si bien la densidad discursiva de la película es notable, cubre tantos aspectos temáticos que configura una mirada compleja y poliédrica del personaje central y también de todo su entorno, que se expande desde lo concreto para interpelarnos sin darnos respuestas directas. La cámara tiene una cercanía extrema pero sin resultar excesivamente inquisitiva en su intimidad, creando un registro constante que de pistas para desentrañar todo eso oculto tras las máscaras, siendo a la vez muy rigurosa en la perspectiva psicológica con la que se aborda a los personajes. La observación es la única forma de llegar a entender a quienes nos rodean y María Alché lleva esta idea en su premisa formal sin prometer en ningún momento que se pueda lograr del todo. El primer paso es, por tanto, aceptar esa fastidiosa limitación. Una limitación que la directora asume desde el mismo inicio del largometraje.