Funeral Parade of Roses (Toshio Matsumoto)

Sobre viajes psicodélicos y dinámicas “warholianas”

Hace unos días nos llegó la noticia del suicidio asistido de Jean-Luc Godard, uno de los grandes artífices de la modernidad cinematográfica. Un cineasta siempre aferrado a un cine joven y combativo, que había asumido las bases del clasicismo cinematográfico para orientarlo hacia otro derrotero. Como es de esperar, a un director que marca tendencia siempre le aparecerán seguidores y detractores. En ese sentido, las imágenes que abren la asombrosa Funeral Parade of Roses parecen una réplica a la concepción fragmentaria de los films del realizador francés, que trataba las películas como cuerpos en movimiento, como pedazos de géneros que interactuaban entre ellos. Dos personas practicando el coito sobre un fondo blanco y aséptico, totalmente puro, es la carta que arroja Toshio Matsumoto para presentar una de sus obras maestras. Porque Funeral Parade of Roses es una película inolvidable desde esos primeros fotogramas, una exhibición de fuerza visual que irá mutando siempre bajo un control exhaustivo de la puesta en escena.

El film se desenvuelve en clave de híbrido, mezclando documental y ficción del mismo modo que palabra y sensualidad. La mirada que el cineasta arroja sobre el mundo marginal del travestismo en el Tokio de los 60 demanda una urgente revalorización en el mundo contemporáneo, para degustarse en las mejores pantallas y reivindicarse desde la lógica ‹queer›. El discurso de Funeral Parade of Roses es de un inusitado poder anárquico, quiebra constantemente la linealidad causal a través de entrevistas realizadas a los propios actores y ‹sketches› que destacan por sus tensiones entre cuerpo, espacio y tiempo. El film esconde imágenes de una visceralidad muy difícil de ver hoy en día, como las escatológicas escenas de los ojos cercenados que apelan de forma directa a Un perro andaluz (Un chien andalou, 1929), el manifiesto surrealista del cinematógrafo. Porque sí, Funeral Parade of Roses adquiere tintes de un surrealismo exacerbado: el frenesí corporal que exudan los gestos actorales reflejan un retorno de algo que llevaba reprimiéndose largo tiempo, como podía ser la opresión que las tiranías del siglo XX ejercían sobre la libertad individual y las modas. Otras películas coetáneas como Throw Away Your Books, Rally in the Streets, de Shûji Terayama, también asume la estructura capitular como hilo conductor, en este caso para enhebrar un canto a la juventud y devenir un síntoma del ansia revolucionaria que salpicó los años 60, cuando la Segunda Guerra Mundial empezaba a quedar atrás.

La subyugante escena que que abre Funeral Parade of Roses entronca con películas monumentales como Eros + Massacre, de Yoshishige Yoshida, sobre todo en lo relativo a confeccionar una estética prístina que contrasta fuertemente con el ahínco de los intérpretes para buscar la fricción de sus cuerpos. No es descabellado pensar también en el reclamo de directores como Yasuzo Masumura en favor del deseo femenino, nombres que pulularon alrededor del gran canon del cine nipón constituido por Kenji Mizoguchi, Akira Kurosawa, Yasujirō Ozu y, en menor medida, Mikio Naruse.

Este es un producto no sólo de su tiempo, sino de todos los tiempos.

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