Crítica a Feng Huang de Robert Darroll | Cine maldito

Feng Huang (Robert Darroll)

Fenghuang es un nombre chino que se refiere a un ave mitológica de Asia Oriental —del que se dice tiene su origen en el Sol— que reina sobre todas las demás aves y simboliza la unión del ‹yin› y el ‹yang›. Las distintas partes de su cuerpo contienen los colores fundamentales y además representan los objetos celestiales: cielo, sol, luna, viento, tierra y los planetas. Es a partir del título de la obra de Robert Darroll donde se genera una fuente infinita de elementos primarios con los colores básicos y la luz de los que se crea todo lo que aparece en pantalla hasta el final de su metraje. Darroll genera la animación de Feng Huang (1988) como un sistema cerrado que plantea inicialmente unas normas básicas de comportamiento para, a partir de ahí, llevar su tesis hasta el final dentro de un film aislado de cualquier querencia concreta por la representación figurativa de la realidad. Aparecen en su génesis diseños veladamente pseudoantropomórficos que bailan con una cadencia que sirve para definir las reglas básicas de movimiento y de modificación subsiguientes. La sincronización con la música, repetitiva y simple, sus pequeñas y grandes variaciones en volumen, consonancia y entonación acompañan la transfiguración de las imágenes y su evolución temporal.

La mutación de objetos en manchas informes que se mueven libremente siguen conservando la esencia de sus formas e iteraciones primigenias en el mismo proceso de transición y cambio, en nuestro recuerdo de lo que fueron y la anticipación de lo que van a ser. Es la armonía de un aparente caos controlado por un creador que juega con los principios de su creación llevándolos al límite de lo que pueden convertirse sin dejar que se destruya su coherencia interna. Las formas más complejas acaban reducidas a puntos y lineas que ejecutan coreografías en un equilibrio polifónico con un sentido de paso del tiempo siempre presente. Hasta llegar a un punto en el que el virtuosismo de su narrativa se colapsa y los elementos se ven deconstruidos únicamente para dar validez al planteamiento que la misma obra está desarrollando desde un comienzo. La transformación es completa y al mismo tiempo su nueva reformulación reproduce las ideas y recursos originales dando consistencia al todo, un ente interrelacionado entre fondo, soporte, formas animadas y su interacción. Se trata de esta manera de un sistema autónomo que se basa en la generación de conceptos visuales que se alteran y generan patrones con reconocibles directrices autoimpuestas.

El simulacro de universo estrellado inicial se configura como cuadricula omnisciente, como soporte de la partitura visual que las formas describen en sus versos rítmicos. Distintos fondos con distintas propiedades percibidas y el efecto combinado con los objetos que se mueven sobre ellos en los que lo figurativo —la representación o interpretación de componentes de la naturaleza— está directamente relacionado con el comportamiento de aspectos abstractos, constructos significativamente formales que se apropian de la imagen. El artificio de su propia naturaleza muerta se transforma en un nuevo paisaje que nos hace retornar a la fuente de todo —Feng Huang— y restablece la armonía de la nada original del lienzo cinematográfico, construyendo así toda una sinfonía visual rítmica en la que formas, colores y movimientos se cambian constantemente en una estructura global circular, manteniendo ecos del pasado y futuro de su esencia en distintas partituras-fondos tan fluidas como sus elementos en acción. Todo un ciclo de nacimiento, muerte y resurrección de un cosmos infinito contenido en la dimensión aparentemente limitada del cuadro de 16 mm que reproduce el proceso mítico de la creación, muerte y resurrección, entre cuyos estados emergen unas reglas de diseño inescrutable más allá de la observación de las relaciones efímeras de sus piezas en su incesante variabilidad.



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