El príncipe (Sebastián Muñoz)

Un hombre canta un tango ya avanzada la película, y sabes que es el inicio del cierre del film, porque un tango resume la intensidad del film. Un tango tiene amor y tiene muerte, tiene un sentimiento desgarrador hacia todo y todos, una vibración que te recorre el cuerpo si te implicas, que te abandona absolutamente ante el desprecio, pura rabia sin límites transformada en un canto roto.

Ese hombre está rodeado de otros muchos hombres, encerrados en un pequeño cubículo, unos apoyados sobre otros en actitud perezosa y sensual, atentos a ese que le canta a una mujer. No, no es una historia donde las mujeres sean una constante, son poco más que un testimonio, porque estamos encerrados en una cárcel chilena, durante los años 70, en un ambiente donde los límites los forman barrotes y cemento, y los cuerpos se rozan conjuntamente sin ningún reparo.

El príncipe, debut del chileno Sebastián Muñoz quiere hacer suyo el retrato social a partir de una historia enredada en un estrato acotado. Reduce el universo de las clases en las salas que conforman una cárcel cualquiera, mutando su ambiente hasta convertirlo en un teatro rudo y cursi. Un joven entra en la cárcel con las manos manchadas de sangre, partiendo así por una historia que recorre a un tiempo su posicionamiento en ese nuevo lugar y una vida que le ha llevado hasta allí.

Jaime aparece como un pollo mojado para ir ahuecando su plumaje bajo la protección de El Potro, pero esta historia de hombres fuertes es solo la excusa de Muñoz para dibujar el crecimiento de un hombre enamorado de sí mismo, vacío y salvaje, capaz de arrastrar a otros ante su pasión. La cámara se pone a los pies de esta forma de sentir y convierte un lugar hosco en el túnel del amor. No hay cisnes ni corazones, pero sí rincones acotados donde todo resulta confortable: colores ocres, focos que amplían el espacio, y una cercanía que huele y sabe a macho en celo.

Pareciera que la pantalla se empeñara a recordarnos a Querelle, última película de Rainer Werner Fassbinder que utilizaba ese otro tópico de hombres de pelo en pecho enamorados de sí mismos y el sexo, los marineros como los presos utilizando sus cuerpos como método de escape y desfogue. Aquí en El príncipe no hay tabúes a la hora de mostrar cuerpos desnudos, penes animados, caricias explosivas y asfixiantes. No por ello se centra simplemente en lo físico, porque el director sí desarrolla sus personajes creando una especie de círculo de la vida, de evolución de rangos y poderes, para el maduro ante una especie de ilusión infantil mientras mantiene su elevado estatus, para el más joven una carrera de tentaciones y amor propio que le banaliza. Y así introduce los reflejos, vemos a través del cristal a estos personajes, que descubriendo su naturaleza se ven sesgados ante la imagen que dan.

Un pequeño y recóndito lugar que sirve para expandir ese amor y esa muerte de los tangos y guitarras que asomaban al inicio del texto. Pura pasión vivida en masculino, donde la homosexualidad no es siquiera una reclamación de atención, es una forma de vida llena de pieles, temores y dolor. Un regio silencio que combate la ley del más fuerte entre gruñidos y fuertes abrazos, donde la narración convive entre lo visual y aquello que se cuenta medio inventado de una boca a un oído ajeno. Historias de cárcel para machos muy machos que ronronean como gatos.

Y eso y no otra cosa es lo que Sebastián Muñoz ha querido transmitirnos al hacer que surgiera un príncipe de la nada ante un arranque de celos.

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