El monte de las brujas (Raúl Artigot)

El monte de las brujas

Con El Monte de las Brujas posiblemente nos encontremos con la película maldita por antonomasia del llamado fantaterror español. Tal es así, que el film, cada vez más reivindicado fuera de nuestras fronteras, no ha conocido estreno comercial salvo el realizado en el Festival de Sitges del año 1973, donde además recibió una mención especial del jurado. Un problema con la siempre persecutoria censura (que no toleró un plano con los pechos al descubierto de Patty Shepard) y una consecuente serie de malentendidos dieron al traste con la exhibición en salas de la película, que a día de hoy solo se puede encontrar en algunas ediciones en DVD foráneas. Esto ocasionó que un film interesantísimo como este, dirigido por Raúl Artigot (respetado director de fotografía de la época, habiendo trabajado con singulares cineastas como Jess Franco o Eloy de la Iglesia), no gozase de la popularidad que da el circuito por salas comerciales, quedando condenado al ostracismo salvo por la incipiente reivindicación de los amantes del cine de terror producido en nuestro país durante las décadas de los 60 y 70. Si bien es cierto que similares problemas afloraron en esta cinematografía en un montón de títulos que podemos catalogar como “malditos”, en el caso de esta película esto adquiere una etiqueta especial debido a los interesantísimos valores que citaremos a continuación.

La película cuenta la historia de un fotógrafo que realiza uno de sus reportajes en un precioso paraje rural, muy cercano al mar. Conocerá a una joven, llamada Delia, con la que inicia una especial relación mientras una serie de hechos les hará sumergirse en un tenebroso bosque que esconde algunos de los más funestos secretos del lugar. Las cercanías de la costa de Ribadesella en Asturias funcionan como poderosa localización para esta historia en la que Artigot se apoya en lo preciosista del entorno rural para insuflar de inquietud a la trama. Si bien la película es todo un acierto en sí misma, es en su exótico tratado de la atmósfera donde destaca por encima de otras muchas obras coetáneas: los parajes donde la pareja protagonista irán sumergiéndose en la historia construyen un entorno en el que se basará la principal concepción del terror que destila el film, elevando a la máxima potencia los entresijos del llamado “terror rural” que aquí se acentúan con las insólitas localizaciones, las inesperadas apariciones de los lugareños (que esto, como ya ocurría en el cine norteamericano de entonces, se salvaguarda bajo la estampa de los llamados «rednecks») y el impresionante tratado cromático de la fotografía.

El monte de las brujas

Dejando a un lado el terror, El Monte de las Brujas funciona como pieza ejemplar del uso del suspense, ya que es meritorio como Artigot inicia la trama con el corte inocente y «naif» del encuentro inicial de los protagonistas dentro de la claridad y luminosidad de la costa asturiana (algo muy similar se repetiría años después, casualmente, en el comienzo de Muertos y Enterrados de Gary Sherman) para luego turbar la trama dentro de un misterio creciente a medida que la pareja se ve inmersa en la tenebrosidad de los oscuros bosques colindantes. La atmósfera, de tórrida negrura y melancólica nebulosidad, envuelve un terror con el que Artigot crea un nexo de unión con las raíces del folclore y mitología regional, quedando esto demostrado en la escena estrella del film: el encuentro con una procesión de brujas, postal expositiva de su cariz del horror, donde el director formula la estética utilizando todo su conocimiento en el trabajo lumínico (mucha atención a la composición visual del momento, con el preciosista contraste del fuego y la oscuridad) y dejando en evidencia un exquisito gusto por la puesta en escena, una importancia confesa hacia la alegoría del fantástico como género y el inteligente uso del clímax, ya que la secuencia funciona como exagerado patrón de la intriga previamente construida. Aquí también destaca la utilización de la música para la composición dramática del momento, donde más relevancia tiene un score compuesto de cantos femeninos con intrínsecas ínfulas enigmáticas.

John Gaffari y Patty Shepard conforman una atípica pareja protagonista, cuya discreta labor interpretativa se ve salvada por la importancia de la atmósfera en el conjunto global. Más interesantes y agradables son algunas de las apariciones secundarias, como la siempre cautivadora Monica Randall o un Víctor Israel que brinda para la ocasión uno de sus ya míticos perversos rostros. Nos encontramos en definitiva, ante una de las apuestas más singulares de la incombustible producción de cine de género arraigada en España durante la década de los 70. A su ya peculiar e inherente encanto, construido en base a una idealización del fantástico que resulta atípica y distinguida, hay que sumarle su condición de pieza de culto, que parece reivindicarse cada día en los rincones más subterráneos del cine maldito de nuestras fronteras.

El monte de las brujas



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