Creative Control (Benjamin Dickinson)

La ciencia-ficción de salón. La de pantalla transparente. La que nos lleva a la decadencia social a través del individualismo. La ciencia-ficción de perfil bajo que pretende aleccionarnos desde Creative Control. En unos días, unas horas, en poco más de un rato nos toparemos con el futuro, ese que hemos allanado redirigiendo toda la información interactiva a nuestros móviles de penúltima generación, el que mantenemos en silencio para afrontar cualquier interacción solo en el momento que a nosotros nos interese. Sin estrés, decimos, pero ocultamos la luz que da aviso de la entrada de un nuevo mensaje, noticia o llamada para no ser del todo conscientes del interés que despertamos en los demás. Más tarde contesto, decimos, pero leemos esos textos a desgana sin intención de dar una respuesta concreta, la algarabía del perezoso.

Ya sabemos hacia donde nos dirige la tecnología, así que Creative Control utiliza dos de esas constantes de actualidad para ir a un pasado mañana y exponer sus teorías. Estas son lo avances tecno-sociales y los hipster de manual. Confirmando la necesidad de mostrar cierta apatía generalizada en un mundo donde ya no hay tiempo para la interacción personal y física, Benjamin Dickinson decide aislarse en un universo en blanco y negro, ajeno a matices, carente de emociones realistas. Es en este aspecto desnaturalizado donde nos introducimos en el mundo corporativo, algo que asociamos con el color y la energía, con la inventiva que se irradia a través de un objeto.

El objeto. Este es el punto de fuga, es la emancipación de la idea inicial de Augmenta, unas gafas interactivas que una agencia de publicidad debe explorar antes de elegir su campo de ventas. Y el individuo. El publicista que se encapricha de las opciones vitales que le ofrece este objeto, el que manipula su realidad hasta el desgaste absoluto, hasta la pérdida del sentido realista del mismo y del figurado que ofrece el objeto.

Lo que suele acompañar a estas excepcionales situaciones futuristas son personajes inanimados, taciturnos y opacos, pero en esta ocasión encontramos a una generación que se alejan de esta imagen, donde los vicios, las mentiras y apariencias son esenciales para construir un reflejo de la falta de implicación en el mundo de adultos, enalteciendo  lo de compromiso cero.

Es la relación continua entre individuo y objeto la que consigue exprimir una mente llena de secretos materializados, un concepto de amor baldío. Todos perdidos en nuestros asuntos cuando la tecnología consigue apoderarse de del tiempo. El tema es más que interesante, sin duda lo deseado e inalcanzable ha dado grandes películas desde una aparente distancia emocional. Pero no he podido evitar las comparativas, aunque no me gusten, y sé que películas como Her de Spike Jonze o Anomalisa (siendo más puntillosa) de Charlie Kaufman y Duke Johnson, tratando temas similares donde se tuerce la realidad y donde se anhela un ideal inalcanzable hasta el punto de acomodar un sueño mecánico, transmiten una empatía y al tiempo una incomodidad que llega con mayor intensidad de la que gasta Creative Control, siendo esta última la que marca una distancia imposible de salvar, hasta convertirnos en seres incapaces de mimetizar a sus personajes. No hay conexión, no hay cercanía. Será que la perfección me parece demasiado ilusoria.

Pero su espíritu innovador, capaz de reírse de las artes y las ciencias hablando de lo socialmente aceptado y de lo decadente de aquellos que intentan ser aceptados da un respiro en Creative Control, dejando de lado eso de «según el cristal con que se mira». No. Todos carecemos de la asertividad ideal.

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