Cientos de castores (Mike Cheslik)

Pensando en escribir sobre Cientos de castores, me parece que el principal reto será no caer en las típicas menciones a todas las referencias que aparecen a lo largo de toda la película que dirige Mike Cheslik y protagoniza Ryland Brickson Cole Tews. Y lo haré, aunque sea como formalidad para indicar a quien me lea lo que está a punto de ver, por ejemplo, aunque también para prevenirle de que lo que está a punto de ver no será nada como lo que ya haya visto. Porque, a pesar de todas las referencias que cualquiera pueda encontrar, esta es una imaginativa y divertidísima obra que, con su humor absurdo y ‹slapstick› heredero de clásicos como los Looney Tunes o Tom y Jerry (por nombrar dos bastante genéricas y amplias), es todo lo única y singular que una película se puede imaginar en 2024. O casi.

Con una narración directa y prácticamente muda, salvo excepciones en momentos donde las voces puedan aportar algo de comedia, la elección estética (repleta de recursos visuales), la duración de los chistes o gags visuales o el interés por retorcerlos y volver a sorprender con ellos están planteados con una inteligencia tal que podríamos considerar que toda ella queda opacada por lo conscientes que son todos los autores de la tontería de toda la trama, de todas las escenas y de cada personaje. Pero diría que ahí puede que esté precisamente la gracia y la brillantez. Lo capaz que es de conseguir que encuentres un placer en ver de nuevo a cada personaje, como si fuese una de esas series de animación de personajes reconocibles y llenos de personalidad. Por cómo combina el humor absurdo con el infantil, el simple o el más básico junto a una estética que solo puede funcionar dentro de su mundo en blanco y negro, perfecto para el consumo de un público de todas las edades siempre y cuando entienda o quiera aceptar las reglas y la lógica de los dibujos animados que establece y desarrolla en forma de película de acción real con toques de videojuegos clásicos.

O, como decía al principio, pura creatividad con decenas de referencias previas mostradas con un enorme control del ritmo y la entrega (o ‹delivery›) visual de cada ‹sketch›. Está claro que puede no funcionar para todos los públicos (como decía, depende de la aceptación de sus reglas), pero el genio que hay en Cientos de castores es muy fácil de abrazar si aguantas diez minutos. Porque es una aventura simpática que avanza con paso firme hasta cuando piensas que va a decaer porque es imposible mantener ese nivel durante 1 hora y 48 minutos, pero sobre todo porque es El Coyote intentando atrapar a El Correcaminos, porque se le dan muchos más usos a la madera que en El pájaro loco, hay más hambre y necesidad de alimento que en El oso Yogui y todas las piezas encajan entre giros cómicos y una trama sencilla que no vale la pena desvelar más allá de todas sus referencias, que no quería mencionar para no caer en lugares comunes ni dejarme olvidadas otras referencias menos animadas. Porque, siendo claramente un homenaje al ‹slapstick›, al cine mudo —cómo no incluirlo en la lista— y sobre todo a grandes como el enamoradizo y valiente Buster Keaton, es sencillamente Cientos de castores. Un absurdo total, ingenioso, entrañable y épico.

Me da un poco de pena que no se vaya a estrenar en cines, aunque sea una semana. Si yo me he reído viéndola en mi casa solo, la experiencia en pantalla grande con muchas personas a tu alrededor podría haber sido mucho más especial. Pero bueno, al menos ha llegado a nosotros y podemos disfrutar de ella como lo que es, una de las grandes sorpresas de lo que llevamos de año (al menos).

Estaba claro que no iba a poder evitar hablar de las referencias.

Podéis ver Cientos de castores en Filmin:

https://www.filmin.es/pelicula/cientos-de-castores

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