Caras y lugares (Agnès Varda, JR)

«Todo lo que pasa por la mirada o frente al ojo interior puede entenderse, así como una imagen, o transformarse en una imagen. Debido a esto, si se considera seriamente el concepto de imagen, únicamente puede tratarse de un concepto antropológico. Vivimos con imágenes y entendemos el mundo en imágenes. Esta relación viva con la imagen se extiende de igual forma a la producción física de imágenes que desarrollamos en el espacio social, que, podríamos decir, se vincula con las imágenes mentales como una pregunta con una respuesta.»

Este párrafo pertenece al primer capítulo de Antropología de la imagen, de Hans Belting, historiador y ensayista de arte, que todavía hoy trata de descifrar cuál es el lugar de las imágenes en nuestra sociedad. Caras y lugares puede ser una de las muchas respuestas a ese enigma que plantea el teórico alemán. Con JR —artista visual relacionado con el arte callejero— como aliado, quién sabe si esta relación se prolongará en el tiempo, Agnès Varda se lanza a la carretera para recorrer la Francia rural.

Mientras Godard sigue buscándole el sentido —o la falta de— a las imágenes y los sonidos que se amontonan en todas las pantallas que pueblan cada faceta de nuestra vida cotidiana, la directora de Los espigadores y la espigadora prefiere dar voz a quienes hasta ahora han sido sus sujetos de estudio. ¿Cuál es el valor artístico de un selfie en el torrente audiovisual de Instagram, Facebook o Twitter? A través de fotografías de gran formato, colocadas sobre las fachadas de casas, negocios o monumentos, Varda y JR intentan convertir el rostro en paisaje, el espacio público en un lugar que pertenece a todos aquellos que lo habitan y lo viven, dando lugar a imágenes poéticas como las de un rostro anciano fundiéndose con las paredes severamente deterioradas de un viejo edificio, confundiéndose las arrugas de la piel con las grietas del cemento.

Es llamativo cómo una película cuya forma puede recordar a cualquier videoblog de los millones que abundan en Youtube, es capaz de volver la vista atrás hacia la Nouvelle Vague —concretamente a JLG y al pasado artístico de la propia Varda, en realidad, cineasta de la Rive Gauche— e intentar descubrir qué significa un autorretrato en la sociedad contemporánea, esclava de la hipervisibilidad y de la inmediatez, en la cual todo es un flujo, informe, inexorable e incontrolable. La respuesta del dúo creativo apela a lo real, si lo entendemos como opuesto a lo virtual, a la condición material de las imágenes como último reducto de perennidad frente al paso del tiempo. Ni siquiera así pueden evitar su desaparición. Ellos mismos lo reconocen, sentados entre un mar de arena, tras ver cómo un retrato a gran escala de Guy Bourdin —fotógrafo surrealista, contemporáneo de los artífices de la Nouvelle Vague—, hecho por Agnès Varda tiempo ha, es arrastrado por la marea.

No es tanto la historia de una derrota, como la crónica de una muerte anunciada. La Historia del arte y, por tanto, del cine es una carrera contra el olvido y, con la Internet de las imágenes, la huida es cada vez más agónica. Precisamente por ello, cuando el cine ha logrado la inmortalidad gracias a la revolución que propició la irrupción del digital, sea pertinente apelar a la fugacidad de ese instante de percepción, como un latido, cuya única coartada para existir es que está condenado a desaparecer.



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