Bruno Dumont… a examen (II)

En su libro sobre la figura histórica de Jesús de Nazareth, en las conclusiones que el ídolo extrajo del estudio durante más de dos décadas del personaje junto a teólogos, historiadores y demás expertos en la materia, Paul Verhoeven, ateo, admitía que existió. No de la manera que la Iglesia ha ido preconizando y apuntalando a través de Dogmas de Fe para montar y sostener su cortijo piramidal pero sí que de una forma bastante aproximada en lo que concierne a la figura humana de Jesucristo que recogen los Evangelios. Verhoeven admite que varias curaciones y exorcismos fueron plausibles gracias al poder de persuasión y sugestión que Jesús operaba con su sola presencia frente a quienes en él creían, siendo esto, el tema de los milagros, el asunto que más discrepancias, dudas y carcajadas suele despertar en quienes ven más razonable la existencia del Yeti que la de un pavo con pintas de jipi que iba operando sucesos de difícil verosimilitud; criba las palabras que sí que pronunció Jesús de las que considera que son ulteriores invenciones de Pablo de Tarso (el principal mercachifle de la Iglesia Cristiana, el ex negacionista converso) para adecuar el personaje al emporio que estaba expandiendo ya muerto el nazareno, fundamentando esto en las poderosas analogías que era capaz de cascarse Jesús con un claro estilo definido y sustentando en hipérboles muy poderosas en lo visual, emberdá muy verhovianas; insinúa que quizá más que lo que él puede llegar a calificar de certeza plena acorde a documentos judiciales de la época, evangelios apócrifos y demás mandangas lo más interesante de Jesús reside en lo que se desconoce, en esos meses de los que no se sabe qué hace o en qué consisten los cargos que le imputa el imperio romano para sentenciarle a morir. Porque Verhoeven, sobre todo, dice que Jesús fue alguien revolucionario —con su modo de ver las cosas y movilizar a la gente de forma viral— que de buenas la otra mejilla, un piti y lo que tú quieras pero que a malas, ay, lo mismo echaba a correr y no para huir, sino para mejorar la eficacia de una patada voladora. Un chanclas que introdujo cambios de paradigma en la manera de tratar a nuestros semejantes inéditos y que a la vez estaba un poco tronado. Un revolucionario en toda regla (ya no sólo según el holandés, sino también a la opinión de otro gran ateo como fuera Pier Paolo Pasolini; las bases éticas que preconizaba Jesús eran protomarxismo puro, y no le dolían prendas en vetar del reino de su viejo a los ricos) capaz de rodearse de apóstoles pescadores no por la proverbial casualidad, sino porque la tenencia de barcas, cuando montas un pifostio en la playa y te sitian las autoridades romanas, se hace esencial para huir. Concluye que Jesús era Dios, vaya.

En Hors Satan bien se pudiera tratar la segunda venida a la tierra de Cristo que la primera acampada del Baal de Bertolt Brecht bien pudiéramos estar asistiendo a las acciones de un renegado cero de divino en la campiña francesa que lo mismo viendo una inversión de lo que recogen los Evangelios Canónicos fundamentada en los apócrifos que igual lo que hace acto de presencia es un falso Mesías, lo que viene a ser un Anticristo. Bruno Dumont no permite esclarecer nada a través del curso de los acontecimientos que muestra. La plausibilidad de que David Dewaele sea un Cristo ya descreído de los humanos —y, por lo tanto, dispuesto a hacer cero concesiones a la presunta bondad que habita en nuestro ser, juzgando tal como preconizan las profecías que hará caso de volver a la tierra— es exactamente idéntica en probabilidades a que represente a un chamán, a un normal de a pie corriente y moliente o a una versión redux del Michael Landon de Autopista hacia el cielo. O a la versión en masculino de lo que representara en realidad María Magdalena para Jesús y le viene negando la Iglesia Católica por mor de sostener su estructura heteropatriarcal, lo que convertiría a la chicuela gótica del film en la auténtica hija de Dios en esta segunda visita. Dewaele es un ser de clara inspiración pasoliniana en su forma de aparecer en la campiña para luego irse a otra diferente (de hecho su presencia evoca más a la de Terence Stamp irrumpiendo en casa ajena en Teorema que a la de Enrique Irazoqui hecho un Cristo en El Evangelio según San Mateo), un pavo bressoniano en su forma de posar las manos sobre otros y en la manera de llamar a las puertas para pedir rancho, un hombre de mirada tarkovskiana al enfocar a donde confluyen tierra y cielo, un caminante siempre en contacto con la naturaleza, un hombre que nunca está quieto o sentado. Que qué manía el Dumont con tener a sus actores siempre a punto de echar el bofe con tanto ir y venir de un lado para otro. Pero sobre todo, lo que es es un trasunto de esos juegos morales que Verhoeven tan bien hila, un reflejo de que toda buena acción conlleva una mala y viceversa, un alegato anti absolutos polarizadores, otra constante en el cine de Bruno Dumont: Dewaele hace el bien a través del mal. Especula en forma semejante a la de Ted Chiang en su excepcional relato El Infierno es la ausencia de Dios. Es decir, reafirma el dicho que asevera que una acción no es ni buena ni mala por sí misma, sino que esa valoración la dará un observador según en la posición en la que se encuentre. Y de lo de poner la otra mejilla nada, pues los cargos que deberían imputársele a él al tanto del reguero de cadáveres que ocasiona se los come otro pobre diablo en su lugar. Hay algo tangencial a las perspectivas vertidas por Maquiavelo en El Príncipe en la manera de conducirse por la vida de David, aunque él nunca lo verbalice: él es más de actuar sin dar el sermón, de obrar sin evangelizar, de partirte la cabeza de una pedrada si considera que eso supondrá la mejora de la vida de un tercero. Porque, parafraseando a Sagrado Corazón De Jesús cuando especula con la segunda venida en Tribulaciones de un joven Mesías, esta vez Jesucristo no está dispuesto a pasarle ni una a nadie, el conocimiento de causa se lo impide: «lanzarías la piedra sin preguntar, serías el primero/que si de algo me han servido los Evangelios ha sido de ejemplo».

Los paralelismos con la figura de Jesucristo son abundantes, Bruno Dumont juega con ello de forma clara. La vida trashumante cuasi de vagabundo de Jesús de aquellas sólo podría darse hoy de la forma en la que acontece acá, en una pequeña comarca de la campiña francesa donde se puede pasar inadvertido ante las autoridades judiciales y policiales —que se rigen por un derecho romano que no ha conocido grandes cambios, sigue siendo ese imperialismo que Jesús quería subvertir y deponer— y era notorio en la época que sus fieles le proporcionaban alimento y acudían a él cuando precisaban de ayuda. El pasaje del cobete con la excursionista para curarle la epilepsia toca un punto de no consenso entre los estudiosos, pues aún admitiendo que sí que sanó a gentes con esa enfermedad pocas voces admiten que fuera a pollazos. La ejecución del padrastro, a lo Charles Bronson, es la transposición a nuestra época de las armas de fuego de lo que fuera el famoso beef con los mercaderes del templo. Y la curación de la posesa, lejos de hacerlo con la mesura plástica del padre Fortea, Dewaele la resuelve con lo que entendemos es una violación de las de toda la vida. Aquí Dumont pisa terreno Verhoeven de nuevo, no sólo por la ambigüedad de insinuar de forma explícita que algo tan reprochable como pueda ser una violación traiga precisamente lo mejor a la persona violada, sino porque encima al salir de casa a la madre de la chavala sólo le falta ponerle un piso a Dewaele en agradecimiento a lo que acaba de hacer dentro con su hija. Una violación, todo sea dicho, que tiene mucho que ver con otra obra del enorme Dennis Potter, Brimstone and Treacle. Obra en la que un extraño irrumpía en una casa para sanar a la hija catatónica de un matrimonio violándola y en la que encima se daban suficientes indicios para inferir que dicho extraño en realidad era Satán, algo que tiene su guasa viniendo de Potter, quien ya adaptase el Nuevo Evangelio en Son of Man con un Jesucristo bastante beligerante contra los poderes hegemónicos. Aquella era una película hermana de esta, una película también sobre la moral que en su primera y excelente versión televisiva la BBC prohibió su emisión. Igual que se podría ordenar algo semejante desde cualquier institución perteneciente a la curia sobre Hors Satan, pues también se transgreden no pocos pasajes del canon hasta el punto de ser la chica quien anda sobre las aguas y quien termina por resucitar. Acciones ambas que permiten elucubrar con que sea ella en realidad la hija de Dios o que formen un Anticristo de estructura dual, semejante al que idease Mel Gibson en su película sobre la pasión.

Decía también Verhoeven en la introducción a su libro que toda su fascinación innata por Jesucristo se acrecentó conforme investigando para El Libro Negro un señor al que en Holanda se le consideraba héroe de la resistencia de forma indiscutible a él la verdad que le chocaba que no hubiera mácula alguna en toda su trayectoria vital, que no apareciese para nada y por ningún lado ese elemento caótico que rige la existencia humana. Luego resultó ser que de héroe poco y de colaboracionista mucho. Quizá esta versión de Bruno Dumont, con sus licencias, con sus transgresiones, sea lo más próximo a la auténtica vida de Jesús. O, al menos, una continuación fascinante a su anterior Hadewijch, con la que establece un nexo de unión fluido a través de David Dewaele en su enigmático final, que despeje las mismas cero dudas acerca de su naturaleza humana o divina que las que prevalecen durante toda Hors Satan.

Escrito por José Sanz Gallego

Un comentario en «Bruno Dumont… a examen (II)»

  1. Muy buena aproximación y tesis. Definitivamente una de las películas más enigmáticas que he visto, fascinante por el infinito de Dawaele. Nunca había pasado Jesús por mi mente, si no un ángel caído que pretende regresar a la luz a través de encender el amor muerto de una hija por su madre.

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