Baja marea – Low Tide (Roberto Minervini)

Una marea baja es una tregua del mar sobre la tierra. Es la posibilidad de liberarse del peso del agua, volver a hacer visible lo invisible, volver a poder alcanzar lo inalcanzable, dejar que la luz del sol caliente la superficie descubierta por un instante. Algo efímero, pero verdaderamente auténtico. Una de las escenas capitales de Low Tide, la ópera prima de Roberto Minervini que llega con casi tres años de retraso, tiene lugar, precisamente, en una playa azotada por el viento en la que el mar ha cedido su espacio a la tierra. Sobre la arena cubierta por las algas, un niño y una madre observan, entre el silencio y las sonrisas cómplices, cómo las olas se desintegran a su contacto con la orilla.

Marea baja

La huida del mundo adulto que emprende el joven Antoine Doinel (Jean-Pierre Léaud) al final de la fundacional Los 400 Golpes (Les quatre cents coups, François Truffaut, 1959) desemboca también en una playa extensa. Frente a la inmensidad del mar, Antoine saborea un fragmento de libertad tan efímera como el fragmento de tierra que se descubre bajos los efectos de la marea. Quizás por eso al final de la película de Truffaut uno parezca sentir el peso de una profunda melancolía. La libertad esquiva que Antonie Doinel persigue a la carrera es una cuestión de tan vital importancia como el propio hecho de respirar y, a su vez, un acto de rebeldía, un grito de protesta hacia ese mundo adulto al que deberá regresar cuando las imágenes desaparezcan de la pantalla. El grito mudo, la libertad desbordante, aún en su melancólica fugacidad se percibe tangible.

Entre ambas playas, la filmada por François Truffaut y la de Roberto Minervini, ha transcurrido una parte esencial de la historia del cine. La que inaugura la modernidad y la instaurada en una posmodernidad difusa. La que busca liberarse del padre y la que, en cierto modo, busca volver a él. En ambas son dos niños víctimas de la adultez los que capitalizan la mirada del espectador. Pero serán en sus objetivos existenciales donde sus caminos se terminen bifurcando en direcciones opuestas. El niño sin nombre (Daniel Blanchard) que en Low Tide recorre las miserias de la Norteamérica profunda, se nos presenta por primera vez de espaldas, negándonos el rostro, diluyendo una identidad violentada ante un ingreso precoz a una madurez que le viene grande. Como aquel niño que en Sister (L’enfant d’en haut, Ursula Meier, 2012) debía ocuparse de mantener su reducido núcleo familiar, el niño de Low Tide, debe cargar con la misma responsabilidad bajo el destartalado techo que comparte junto a una madre prácticamente ausente. La distancia emocional que existe entre madre e hijo es una distancia que se percibe más allá de la distancia física materializada en alguna escena del film, en la que ambos personajes comparten plano. Aquellos momentos en los que el joven protagonista deambula por los caminos con su bicicleta, intentando encontrar en la naturaleza el cariño que no ha recibido nunca en el hogar, tienen algo de liberador, pero también aparecen bañados por la melancolía. El contraste que generan las imágenes de una naturaleza extrañamente bucólica y la sordidez del barrio de autocaravanas en el que reside, parecen apuntar hacia esa distancia liberadora por la ausencia de la madre, un reencuentro con su propia niñez. Pero no es una liberación auténtica porque el deseo infantil apunta hacia algo opuesto a la soledad.

Marea baja

Como los personajes de Sister, Fish Tank (Andrea Arnold, 2009) o incluso la finlandesa Concrete Night (Betoniyö, Pirjo Honkasalo, 2013), el niño de Low Tide se ha visto obligado a ingresar en la edad adulta a bordo de un viaje sin escalas, de la manera más agresiva posible. En el cine surgido de la crisis la juventud ha sido abandonada a su suerte por un mundo adulto que no quiere responsabilizarse de un futuro que ni ellos mismos contemplan. Quizás porque los integrantes de ese mismo universo adulto que ha engendrado a niños sin infancia, no son más que una simulación defectuosa de un rol al que también han llegado de manera prematura. La (forzada) inclusión de la escena de la playa en Low Tide, tiene ese algo de simulación, como si ambos personajes no estuviesen acostumbrados a interpretar lo que vemos en pantalla. Pero a la vez es también algo auténtico. Como si una revelación hubiese cubierto con su luz a unos personajes en el fondo de un abismo. El niño protagonista de la película de Minervini, a diferencia del Antoine Doinel de Los 400 Golpes, no busca rebelarse contra el mundo adulto. Su grito mudo es un grito de socorro hacia aquellos que lo han concebido, una búsqueda impetuosa del calor y el cariño de un niño abandonado. Al fin y al cabo se trata de refundar, de reencontrar una infancia que se creía perdida.

Marea baja

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