Amigo (Óscar Martín)

Amigo. Una de esas palabras que está en nuestro ideario común, que pervive en el día a día y, por ello, quizá pierde la significancia en no pocas ocasiones. Porque, ¿qué es un amigo? ¿hasta dónde llega ese concepto en una sociedad donde las relaciones interpersonales cada vez poseen un mayor alcance? ¿se produce a través de su uso una desvirtuación en pos de quienes son únicamente compañeros o conocidos? ¿cuál es su fin? Sin duda, Óscar Martín parece tener claro que las dobleces que en pleno s. XXI atañen a ese particular vocablo no son casuales ni fruto de un estilo de vida donde la inmediatez puede llevar a viciar términos. En realidad, y lejos de ese afán por encontrar correspondencias (por fugaces que estas sean), la mayor forma de pervertir el término es, como en tantas otras ocasiones, estirarlo: buscar una elongación imposible por el mero hecho de perpetuar aquello que ya no existe puesto que, irremediablemente, en algún momento desapareció. Algo así como querer mantener la llama ya sea por la incapacidad de aceptar sentimientos encontrados, por una culpabilidad también difícil de admitir, e incluso por sostener un compromiso en base a un amparo que nadie ha solicitado.

En Amigo, cómo no, el cineasta debutante nos presenta a dos “amigos” que en realidad no lo son tanto. Y es una situación que el propio Martín afina desde sus primeros instantes haciendo de lo gestual, de la confrontación de miradas, una herramienta desde la que explorar una relación un tanto extraña que no sabemos cómo llego hasta ahí; una circunstancia que el director irá desgranando paulatinamente, pero ni mucho menos a modo de giro desde el que ir agravando ese estado, o de ‹plot twist› insospechado con el que detonar la situación, sino más bien como una forma de matizar esa relación silenciosa, a regañadientes y por momentos incluso enfermiza que se aguanta pero no se sostiene, que esconde aquello que las palabras no parecen poder encontrar. Ante tal ambiente, David Pareja y Javier Botet son los encargados de sustentar un contexto que se mide a través de una sutileza que no es tal, de una extraña perversión donde, más que las acciones, el lenguaje corporal del segundo desentraña aquello que su forzoso compañero parece querer evitar, pero que subyace en el fondo de un vínculo agotado, ya sea por su insostenible dilatación, o por un irreparable sentimiento de culpa que no parece poder dar paso a nada bueno.

Es así como Martín teje una telaraña quebradiza por la inestabilidad que sobrelleva el personaje interpretado por Pareja, pero que sin embargo pervive en ese sugestivo juego psicológico que sabe exponer en todo momento sus bazas más allá de las aristas de una relación ya sólo existente en la superficie. Amigo no requiere, pues, de estridencias o cierta incitación tonal para construir una propuesta que se ciñe a una búsqueda de soluciones pragmáticas a través de los espacios de esa casa donde se desarrolla el film, y también en el componente psicológico desde el que ir moldeando sucesos que alimenten una coyuntura ya de por sí incómoda. Una incomodidad, no obstante, que se manifiesta de soslayo y que rara vez se traslada al espectador, indagando así en ese horror que subyace en la naturaleza de los protagonistas, y que rara vez apela a imágenes perturbadoras —aunque alguna secuencia bastante lograda sí se atreva a hilar el aquí debutante—, más bien lo hace sumergiéndose en ese estado de duermevela donde la paranoia se propone como vía articular; un filón cuya construcción suele ser compleja, pero que en manos de Martín, y con la particular impronta de dos intérpretes impecables como Botet y Pareja, hacen de Amigo algo más que un prometedor debut: una realidad que esperemos se confirme en futuros proyectos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *