Abderrahmane Sissako… a examen

Heremakono

Con sólo 4 largometrajes a sus espaldas, el mauritano Abderrahmane Sissako es sin duda uno de los cineastas imprescindibles de su generación en el continente africano, papel que quizá contrasta con el momento actual que vive: se llevó dos galardones de Cannes estando nominado a la Palma de Oro y ahora lucha por la estatuilla dorada con su Timbuktu, algo que en la última década han logrado muy pocos cineastas en África —se cuentan dos aportaciones de Rachid Bouchareb y las surafricanas Yesterday y Tsotsi, esta última incluso alzándose como ganadora en 2005—, y que Sissako consigue a título personal por primera vez con una cinta que llega este mismo fin de semana a nuestros cines, motivo más que suficiente para recordar su figura en el contexto de un cine que, por lo general, se ha alejado de las formas narrativas occidentalizadas y ha preferido transitar otras vías si con ello conseguía trasladar un discurso muy concreto a un medio no tan interiorizado como sí lo está en otros continentes como el europeo o el americano.

Buena prueba de ello —y aunque siempre hay excepciones como el cine del ya citado Bouchareb— son cineastas como Souleymane Cissé (Yeelen) o Djibril Diop Mambéty (Touki Bouki) entre otros, capaces de trasladar a través de un imaginario propio todas las inquietudes de un continente que siempre ha tenido más difícil manifestar su sentir como tal. Es quizá por ello que en las manos de este tipo de autores el cine devenga una herramienta esencial que en no pocas ocasiones es desarrollada desde una percepción mucho más primigenia, donde los anclajes narrativos se difuminan en un ejercicio reflexivo sobre algo más que una situación o presente: un estado. El cine de Sissako, pues, debe ser contemplado con extrema sensibilidad, no tanto por las temáticas que abarque —siempre desde un prisma sobrio— sino más bien por el hecho de optar por el simbolismo de la imagen para llevarnos a un terreno donde la comprensión no lo es todo, y lo sugerido e incluso vivido se sobreponen a cualquier atisbo de alzar una crónica neutral, algo que derivaría en una obra muerta de antemano.

Heremakono

Heremakono, su segundo largometraje tras La vie sur la terre, es una buena muestra de ese cine que desecha la estructura para encontrar un aliado en la imagen; ya no hablamos, no obstante, de una imagen que únicamente posea esa capacidad de representar —ya sea alegóricamente o no— todo aquello que su autor pretende, hablamos además de una imagen que forja en su marco la recreación tonal adecuada desde la contención que propone el mauritano. La luminosidad e incluso vivacidad de la escena son de este modo fundamentales en una propuesta donde algunos de sus temas centrales —esa huida emprendida o la esperanza depositada en generaciones futuras— no admiten gravedad alguna: incluso en sus fotogramas más duros, Sissako transmite una serenidad que le lleva a no tomar caminos innecesarios, en especial a sabiendas de que en realidad su herramienta se encuentra en el espacio que proporcionan esas cuatro paredes y no en la exaltación de unos sentimientos que en ningún caso retratarían ese estado del que nos habla con tanta mesura y tenacidad el cineasta.

Sólo de ese modo, entendiendo la imagen como subterfugio de un sentir, Sissako se muestra capaz de capturar una nostalgia y una melancolía que forjan precisamente el contenido de Heremakono. Esa felicidad que reza el subtítulo del film (En attendant le bonheur), y que en realidad no es tal, queda refrendada no obstante por el anhelo y preservación de unas raíces ante la huida emprendida por todos aquellos que buscan fortuna en el extranjero. En ese sentido, dos extractos concisos —tanto el bellísimo «flashback» en París como esa estampa de un emigrante a orillas del mar— refuerzan con poderío el camino discursivo de un film donde en realidad la importancia no reside tanto en esa lucha entre tradición y modernidad que se nos presenta en alguna ocasión como en la necesidad de forjar un mañana que exista, que no sea ilusorio. Heremanoko ejemplifica con ello la necesidad e importancia de este cine por encontrar un camino colindante con una cultura —y, por ende, un modo de percibir la realidad— que se antoja imprescindible por un hacer sin el que quizá, más que entenderse, no se desnudaría así un estado que debe ser comprendido como tal.

Heremakono

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