Sin entrar en valoraciones de la ética de su empleo, el uso de la IA en la secuencia del sueño de The Fence (2025) resulta una de las pocas excepciones donde esta tecnología se ajusta a la razón de ser de su naturaleza impostada. En esta, Claire Denis deforma a un perro que ladra con agresividad para evidenciar la identidad mutable de una imagen onírica e imprecisa que se presenta desde una postura amenazante. Esta cualidad existe desde la raíz de su concepción, en ese vacío abismal de reconocer el valle inquietante (‹uncanny valley›) que habita el mismo vacío que erige su terrible existencia autogenerativa. A través de la desidia de su asunción, los últimos trabajos de Harmony Korine —Aggro Dr1ft (2023), Baby Invasion (2024)— también dialogan en estos términos. En este caso, el objetivo final es contemplar la banalidad y el sinsentido que rige el devenir de nuestro presente inmediato: uno compuesto por un aluvión de estímulos carentes de valor y forma que, desde su acumulación autoconsciente, pueden terminar conformando, paradójicamente, una idea estética y un discurso.

Tal vez, sería posible interpelar Dulce sabor a muerte (2026) desde esta voluntad y, al igual que aquel perro que ladra, la certeza de reconocerse en su propia ausencia de vida se adhiere a lo grotesco de su cometido fílmico. Sin embargo, al contrario del efecto deseado con títulos como Cabin Fever (2002) o El infierno verde (2013), la nueva película de Eli Roth no debería escandalizar a nadie que se preste a ver un poco más allá de su fachada; espacio donde radica la pulsión provocadora y bruta que caracteriza el cine de su responsable. Aquí no hay nada, evidentemente, pero es que esta vez el vacío ha calado hasta el fondo y ha avivado el sentido más inmediato y pueril del espectáculo, donde este se reduce a la enunciación frustrada de llamar la atención a propósito de nada.
Sí, Dulce sabor a muerte (o Ice Cream Man) se empapa del uso de IA, o por lo menos adopta sus tropos y estilemas, y en términos formales, parece que cualquier decisión está determinada por una maquinaria que pretende hacer una película al estilo de su director. En perspectiva, la fallida Borderlands (2024), anterior trabajo del mismo, parece una pieza de orfebrería autoral. El objetivo presumible tal vez fuera mezclar la idiosincrasia de títulos como ¿Quién puede matar a un niño? (1976) o El pueblo de los malditos (1995) y pasarles el filtro del idilio residencial estadounidense donde acontecen aquellos ‹slashers› a los que pretende homenajear. También podemos asociar la estela del artificio urbano y el excentricismo característico de Tim Burton, pero siempre desde una superficie vaporosa que revela continuamente una imagen inanimada, usurpada y deshecha.

En su voluntad provocativa, la violencia escala con la trivialidad inocente de un juego de niños. Sin cuestionar el mal gusto al que todos nos podemos rendir en nuestras bajezas, lo cierto es que esta parece querer existir meramente desde lo gratuito de su exposición, pero al igual que los rostros de bebés en Baby Invasion enmascaran conscientemente un avatar adulto, aquí todo parece querer esconder su verdadera naturaleza macabra. Nada engrasa correctamente, todo existe sin razón de ser, y el trayecto de atender su desarrollo es similar a hacer ‹doomscrolling› durante hora y media hasta la freirse el cerebro. Una experiencia hostil diseñada para extraer ‹clips› y miniaturas que generen interacciones. Nada más. Dulce sabor a muerte es el epítome febril del cine como contenido; la burda representación de la alienación antiestética de nuestro presente circunstancial. Una película concebida para asustar a quienes se jactan de videos manipulados por IA y estampas ligeras en titulares impulsados por ‹fake news›.
Atendiendo a los últimos movimientos del panorama cinematográfico, no es extraño pensar por qué el último trabajo de Steven Spielberg, desde sus matices y desvaríos, quisiese tratar sobre la fe en las imágenes. Sin caer en fatalismos redundantes, lo cierto es que esta imposición inánime es notoriamente coherente a nuestro tiempo, y de algún modo, por contraste, la amenaza de esta ha activado las alertas y la importancia de sostener una cultura cimentada en su análisis y resistencia. Eli Roth ha concebido una obra infecta que dialoga (o, más bien, balbucea) en la contemporaneidad post-covid. Sin embargo, a través de directores como Claire Denis o Harmony Korine, este lenguaje puede llegar a cobrar un sentido adicional, ya sea constando el vacío amenazante que habita su origen o subvirtiendo sus limitaciones para afianzar una conciencia artística frente al caos procedural.







