Sesión doble: Emma Mae (1976) / Killer of Sheep (1978)

Hoh nos adentramos en nuestra sesión doble en la L.A. Rebellion (o la Escuela de Cineastas Negros de Los Ángeles) para encontrar dos joyas como son Emma Mae de Jamaa Fanaka dirigida en 1976 y Killer of Sheep que nos trajo Charles Burnett en 1978.

 

Emma Mae (Jamaa Fanaka)

Realizado todavía en su etapa estudiantil, el segundo largometraje del cineasta afroamericano Jamaa Fanaka es una de las piezas fundamentales del movimiento L.A. Rebellion, una historia sobre Emma Mae, una joven del campo que llega a la ciudad de Los Ángeles, con el choque que esto le genera y la dificultad para adaptarse. En una de las salidas con sus primas, termina conociendo y enamorándose de Jesse, un pandillero del barrio y traficante de poca monta con quien iniciará una relación, y que le lleva a hacer todo lo posible por sacarle de la cárcel cuando este se ve involucrado en un episodio violento con la policía.

Sin serlo explícitamente, Emma Mae toma elementos narrativos clásicos del ‹blaxploitation›, redoblando el aspecto de la crítica social y la radicalidad política contra el sistema, y desligándose del ensalzamiento estereotípico de la vida criminal. Su protagonista, lejos de mantenerse en una posición de vulnerabilidad, demuestra rápidamente que es capaz de mantener el tipo en una pelea contra cualquiera, y durante toda la cinta su ingenuidad e inexperiencia con la vida de la ciudad chocan, de manera deliberada, con una actitud decidida y clara en su acción política y en el sentimiento de cohesión comunitaria que expresa y transmite a sus compañeros. Esta mezcla de vulnerabilidad y clarividencia da infinidad de matices al personaje, y la interpretación de Jerri Hayes —en su primera y única incursión en la gran pantalla— es increíble.

A nivel discursivo, la película de Fanaka parece inicialmente dejarse seducir por la violencia y la vida al margen de la ley de sus personajes, contraponiendo su estilo de vida a la represión autoritaria, pero el hecho de vertebrarse en torno a una chica de campo, que puede observar y entender desde fuera las dinámicas de sus compañeros, resulta un acierto enorme de cara a los cuestionamientos que se termina realizando la cinta. No niega que hay una pátina de rebeldía en estas manifestaciones, en la vida pandillera y en el consumo de drogas, porque todo ello enfrenta directamente a las reglas que impone el sistema pero, y esto se ve particularmente en el personaje de Jesse y en su perfil criminal bajo y hasta cierto punto acomodaticio para las autoridades, también refleja un cierto conformismo nihilista, una aceptación de la violencia en los márgenes estereotipados y “aceptables”. Siendo consciente de la complejidad del diagnóstico, Emma Mae no aporta una solución definitiva, pero canaliza una rabia que sí se siente genuina, al mismo tiempo que reflexiona sobre si es efectivo o no ese tipo de rebeldía frente a unas autoridades que la pueden aislar y manejar con facilidad.

Asimismo, podría considerarse que el resultado de este análisis se queda a medias, siendo vehemente al señalar el problema pero echándose para atrás y mostrándose reticente a llegar a una conclusión o a demostrar de manera inequívoca el camino a seguir. En ese sentido, Emma no es realmente una líder de masas o una heroína, y tal vez la claridad con la que esto se subraya al coquetear narrativamente con las ideas de rebeldía antisistema y, al mismo tiempo, trasladar la acción de la trama e intenciones de la protagonista exclusivamente en torno a la figura de Jesse, muestre que Fanaka quiere todavía resguardarse en un lugar relativamente seguro. El personaje de Big Daddy, quien aparece como un potencial líder intelectual de una revolución a punto de llevarse a cabo, termina convirtiéndose en un grito tan icónico y visceral como anecdótico. Esta autolimitación discursiva, por suerte, no se traduce a un defecto visible en la película, ya que el recorrido narrativo sigue marcado por la fuerza emotiva y la empatía que despierta la protagonista; pero sí lo considero el reflejo de una prudencia excesiva, meditando sobre lo que no está funcionando, pero siendo tan consciente de sus propias limitaciones como ficción a la hora de encender una chispa que, finalmente, decide no prenderla.

Escrito por Javier Abarca

 

Killer of Sheep (Charles Burnett)

Killer of Sheep (1978) es quizás la obra más popular del movimiento L.A. Rebellion y una de las más emblemáticas piezas del cine independiente estadounidense de los años 70. A mí me gusta compararla con una pieza también de su época como El asesinato de un corredor de apuestas chino (John Cassavetes, 1976) por sus semejanzas, pero también por sus divergencias. Ambas obras, filmadas en Los Ángeles, prefieren que sea la atmósfera, y no el relato en sí, el eje sobre el que pivota lo construido, empleando la figura del trabajo como trampa existencial: para Stan en Killer of Sheep, la rutina del matadero mata lentamente su espíritu; para Cosmo en El asesinato de un corredor de apuestas chino, la gestión de su club de ‹striptease› lo arrastra a una espiral autodestructiva.. Sin embargo, la peli de Burnett choca frontalmente con la de John en sus ansias de ofrecer un documento fidedigno de la vida en un barrio obrero afroamericano, sin introducir ningún tipo de guiño que desvirtúe la realidad planteada, huyendo de la mítica del hampa y de las luces de neón impostadas, para abrazar el tedio y la melancolía

Porque lo que convierte a Killer of Sheep en una obra trascendente es su capacidad de condensar la realidad sin revanchas. Aquí no hay hombres blancos, ni una explotación comercial de lo afro que los productores aprovecharon en los setenta en lo que se llamó ‹blaxploitation›. Frente a las caricaturas impuestas por la industria, Burnett propuso un cine con un enfoque introspectivo y de clara vocación neorrealista, pues la meta no era pedir permiso o amenazar al hombre blanco, sino filmar la experiencia negra desde dentro, con sus propias reglas.

Dirigida por Charles Burnett como trabajo de fin de carrera, la película sigue los pasos de Stan (Henry G. Sanders), un trabajador de un matadero que vive junto a su familia en el humilde barrio de Watts. Funciona como un relato articulado a través de pequeñas pinceladas que nos relatan las rutinas cotidianas de Stan en un trabajo que detesta, detallando cómo se establecen las dinámicas vecinales en un hábitat deprimido habitado por afrodescendientes.

Aquí no hay espacio para la pirotecnia, siendo los sonidos atmosféricos y los tiempos muertos las principales armas empleadas por Burnett para hacer avanzar la historia, únicamente interrumpidos por una banda sonora que contiene notas de ‹jazz› y ‹rhythm and blues› que engalanan las escenas más hermosas y estilosas del filme.

A pesar de su tono frío, Killer of Sheep contiene algunas secuencias inspiradoras y alegres, siendo fundamentales en su engranaje la de los juegos de los niños entre ruinas en los descampados del barrio, tirándose piedras o saltando entre edificios, captando así la alegría de la inocencia en medio de la dureza en la que tienen lugar estos juegos. Y es que no estamos ante una propuesta ni optimista ni pesimista, simplemente estoica. La película no ofrece falsas promesas de movilidad social, sino que la frustrante vida del protagonista se presenta de forma tragicómica, mostrando que los esfuerzos por progresar caen siempre en saco roto. Pero ante este panorama, Stan siempre se muestra humano y perseverante. La cinta concluye con la vida continuando exactamente como estaba al principio, pero con la certeza de que mientras haya capacidad de amar, jugar y mantenerse en pie, la derrota no es absoluta.

Ello puede conducir a etiquetar el film como conformista, si bien su denuncia opera en otra liga distinta al panfleto fácil: la de la observación de la realidad, sin tener que mostrar a un villano blanco. El opresor será ese capitalismo económico y social que dicta las normas condenando así a los moradores del barrio de Watts a la precariedad y a la absoluta falta de perspectiva de progreso.

Todo ello convierte a este relato pionero, en una de las obras de referencia del cine afroamericano que ha sido punto de conexión para nombres como Spike Lee o Barry Jenkins.

Escrito por Rubén Redondo

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *