Las directoras más jóvenes van desvinculando poco a poco sus historias de los superhéroes de lo cotidiano en un intento por dialogar con lo normal que a la vez es incómodo, errático y cuestionable. Marta Matute elige para su debut mirar al pasado y crear en Claudia, su protagonista, una especie de reflejo de su propia juventud.

Muchas veces ha servido de excusa en una familia eso de “es demasiado joven para”, pero hay momentos en la vida que no hay nadie que te excuse para afrontar lo que ocurre a tu alrededor. Esto es algo que visto desde la distancia puede ser un motivo de discordia según las experiencias personales de cada uno, no puedes comulgar con todas las historias que llegan a ti, pero sí existe un modo en el que se puede exponer un tema que resulta molesto y a la vez conseguir abrazar esa forma de comprender el mundo. Es lo que Matute elige y madura en Yo no moriré de amor, donde Claudia, con apenas 18 años, se encuentra con una situación que quiera o no va a cambiar su percepción de todo aquello que le rodea.
Hablaba de superhéroes porque es muy común en el drama encontrar a personajes capaces de superar adversidades y crecerse ante aquello que aboga por destruirles, ese intento de vendernos a la buena persona, mucho mejor que nosotros, a la luchadora innegable que irá directa al paraíso y aprenderá en el proceso cómo ser todavía mejor persona si cabe. Antes de bañarnos en dicha y destruirnos por la tristeza que conlleva el contrapunto de cualquier film que enfrenta una enfermedad, aquí se esmera Matute en ese otro punto de vista, olvidándose de la carrera de fondo, afrontando el camino con todo tipo de desvíos para entretenerse, algo un poco más mundano, algo un poco más informal.

Yo no moriré de amor empieza con una familia a medio gas, una enfermedad durísima que aparece demasiado pronto y una cría que se siente ajena a todo ello. Claudia madura al tiempo que el alzhéimer de su madre avanza, quizás la enfermedad va más rápido que ella, y se la merienda viva. Claudia está lejos de ser perfecta, puede ser difícil empatizar con ella, pero es innegable el amor que quien ha escrito la historia ha puesto en que sea así de directa. Forzar una obligación no siempre funciona y es en eso en lo que se centra el film, en la imposibilidad de mantenerse a una altura que nunca nadie elegiría alcanzar. La película es sutil, elige momentos muy concretos en este periodo de tiempo que perfilan perfectamente quién es y en quién se va convirtiendo Claudia, pero también cómo crecen o se adaptan el resto de personajes a su alrededor, una hermana arrolladora, un padre apagado. Sus movimientos son honestos, no siempre apreciables porque la sinceridad está sobrevalorada, pero sí son necesarios en el modo en que comparte la intimidad de esta familia. Una enfermedad de estas características va minando a los que cuidan tanto como a los enfermos, y Matute ha sabido plasmar, desde la anécdota a la burocracia, pasando por el reproche, el silencio y la sobreexposición continua a aquello que no se puede (y no se sabe) dominar.

Dejar de ser cuidado para convertirse en quien cuida, acabar cuidando a quien nunca te cuidó, ser arrollado por un tren desbocado de oscuridad que va a ver muy pocos focos de luz en el tiempo que queda. Estas son solo cosas que pasan y que, a partir de unos saltos temporales inconcretos, casi olvidadizos, nos van mostrando este retrato familiar imperfecto pero necesario donde conectar con una idea más fuerte que aquellas personas anónimas, anodinas, que cada día pasean sus huesos por lo inesperado y sobreviven a ello sin llamar mucho la atención.






