La sombra de mi padre (Akinola Davies Jr.)

La sombra de mi padre se convirtió en la primera película nigeriana en ser seleccionada para la Sección oficial del Festival de Cannes. Se trata del primer largometraje del cineasta Akinola Davies Jr. tras su corto Lizard, que ya se paseó con éxito por varios festivales internacionales. El propósito de ambas es similar, retratar la infancia en Nigeria, partiendo de algunas vivencias personales del director y su hermano, con quien co-escribe. En este caso, la película toma forma de viaje por carretera con destino a Lagos, y una vez ahí, una ruta por sus espacios más emblemáticos. El conductor y pasajeros de esta expedición son un padre, carismático y rebelde, interpretado por un genial Ṣọpẹ́ Dìrísù, y sus dos hijos pequeños, que nunca han salido de su poblado natal, en el que viven con su madre. Folarin, el padre, aparece un día como un espectro en la casa, tras mucho tiempo de ausencia, y decide llevarse a los dos hermanos en su visita a la ciudad. Este trayecto físico viene acompañado por otro ‹roadtrip› de índole histórica, que subyace vívidamente la trama principal. El día del viaje coincide con la fecha en la que el gobierno militar decidió anular el resultado de las elecciones democráticas que concedían la victoria al Partido Social Democrático, desatando así oleadas de protestas y violencia.

La sombra de mi padre pinta, por lo tanto, una íntima acuarela sobre la paternidad y la idealización enmarcada dentro de un macropaisaje político de gran hostilidad. Este formato no es para nada nuevo, pero requiere de una gran capacidad de dosificación, para articular y vincular ambos tonos, sin resultar esquemático o explicativo. A Akinola Davies Jr., en el intento, le ha acabado saliendo una película ortopédica en muchos momentos, sin la densidad emocional que requiere la relación paterno-filial, ni la complejidad comprensiva del contexto en el que se arropa el relato. El resultado es más una visita guiada que un ‹roadtrip›, una escena te muestra la playa o el Teatro Nacional de Lagos, en otras vemos impresos en los periódicos, con letras inmensas, titulares que anuncian una posible matanza encubierta y en otras, el padre da convenientes lecciones de comportamiento a sus hijos, quienes por momentos parecen útiles únicamente para justificar la ingestión con embudo de párrafos enteros de condescendiente diálogo expositivo.

Ese calculado recorrido es de especial detrimento para la construcción de la relación entre los personajes principales. Escenas climáticas como la de la playa carecen de una evolución narrativa suficiente para justificar su carga emocional. A su vez, de esa prosística fragmentaria salen algunas de las ideas más interesantes de la propuesta. El aislamiento de las secuencias proyecta una visión nostálgica de la memoria y los recuerdos de los dos hermanos. El padre es visto por ellos, y filmado por Akinola Davies Jr., como una figura espectral, cuasi mítica. Desde su aparición, o manifestación, anticipada por una leve brisa, Folarin camina entre recuerdo, imaginación, fantasma y realidad. A veces de una corporalidad palpable y otras veces liviano y transparente. Ese terreno ambiguo, corroborado por el final y, por supuesto, el título, es sin duda el elemento más deslumbrante de la cinta.

A nivel formal, la carencia de identidad es evidente. Akinola Davies Jr., que empezó dirigiendo anuncios para marcas como Gucci, Moncler y Louis Vuitton, no se ha desembarazado del todo de esa superfluidad, esta vez queriendo parecerse, sin ningún tipo de pudor, a una película de la productora y distribuidora A24 y su esteticismo vacuo. No hay demasiado que destacar aquí, a nivel formal, que no se haya visto anteriormente en cintas como Aftersun o Waves; esta vez, eso sí, en un contexto geográfico que la hace parecer novedosa. Sabiendo que la producción de la película es muchísimo más británica que nigeriana, su estética carece de rasgos de personalidad, tanto particular como regional, y emplea un lenguaje gentrificado y anónimo, ¿qué sentido tiene considerarla la “primera película nigeriana en…”?

La globalización cinematográfica está creando una homogenización artística muy evidente en películas como La sombra de mi padre, y cada vez son más necesarias las voces inconformistas y resilientes, precisamente provenientes de espacios tan periféricos a nivel fílmico como Nigeria. En esta ocasión, lastimosamente, nos encontramos frente a un simple espejismo.

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