7 limbos (Alexandre Cancelo, Berio Molina)

Es necesario recordar aquí cómo en la película Homo sapiens (Nikolaus Geyrhalter, 2016) se exploraban los efectos del paso del tiempo en la civilización a través de la observación rigurosa de espacios desiertos y construcciones abandonadas, lugares fagocitados por la naturaleza que cuestionaban la capacidad del ser humano para perdurar sobre la tierra. Sus imágenes extendían al espectador una reflexión sobre nuestra existencia y su sentido, sobre nuestras culturas y el ineludible final de todas ellas como posibilidad. Esos edificios, esos sitios pensados para ser transitados por seres humanos perdían su función y su significado sin nosotros. ¿Cómo recuperarlo, aunque sea sólo en la memoria? ¿cómo capturar la esencia de un lugar vacío de la humanidad que lo diseña como punto de encuentro, de trabajo, de actividad o de vida? Una posible aproximación la proporciona 7 limbos (Alexandre Cancelo y Berio Molina) —a medio camino entre el videoarte, la ‹performance› y la experiencia sonora audiovisual— intentando aprehender la esencia de diversos espacios que son Europa pero podrían ser también localizaciones de cualquier parte del mundo o de ninguno, a modo de retrato fotográfico en negativo sensible a longitudes de onda desconocidas.

Concebida en una serie de acciones performativas, así transcurre la cinta en siete episodios que se basan principalmente en el sonido para llevar a cabo una agresión —que se podría considerar un ejercicio de violencia que transforma su objeto de estudio para poder alcanzar cierta verdad intrínseca en el proceso— hacia los espacios en ruinas, abandonados, solitarios, remotos. Unas figuras sin rostro ni rasgos, apenas sombras o meras siluetas, ejecutan sus notas a través de golpes, de pasos, de movimientos de estructuras o usando su propia voz. El ambiente en absoluto silencio se transgrede con una banda sonora que va desde lo más natural y mínimo a la hipertrofia de la disonancia. Desde lo alto de una montaña a la profundidad de un bosque, de un puerto y las calles de una ciudad cualquiera de madrugada a una iglesia o una nave industrial abandonadas. El golpeteo rítmico o la pura estridencia invaden la atmósfera de esos lugares que registra la cámara mediante el movimiento sinuoso de unos seres fantasmagóricos de apariencia humana que intentan evitar cualquier identificación con el espectador mientras actúan en cada uno de los ambientes. Un fantasma recorre Europa, el fantasma de su propia desolación y final. Y cuánto más se escenifica ante nuestros ojos, más parece querer resurgir de la nada, de la amenaza del olvido total.

A través del sonido que reverbera en las paredes o de la luz y del punto de vista que establece la cámara se describen las atmósferas propias de cada lugar, interpelando al sentido humano del espacio que asignamos simplemente identificando el contexto de cada uno de ellos. El ruido generado, el sonido específico de cada construcción o sitio, o los mismos pasos que se escuchan ya suponen un acercamiento sensorial que permite asignar al espacio una presencia percibida a través de la propia ausencia de la que somos testigos. Tiempo y espacio describen espectros que los habitan a través de la resonancia de sus esqueletos arquitectónicos, las formas y los objetos —como un fuera de campo de la historia definido por el paso del primero sobre el segundo y contenido en cada imagen—. Casi un viaje a otra dimensión configurado por el desafío al estado del presente, por una pregunta abierta a través de gestos sin aparente interpretación o simbolismo inmediatos. Una estética de la ausencia lo va asimilando todo de forma irónica, porque la existencia de la cámara y de quienes llevan a cabo estas ideas desde el compromiso y la coherencia discursiva son necesarios para así mismo verlos desaparecer también ante nuestra mirada como un elemento más de la descripción del paisaje.