Zumiriki (Oskar Alegria)

Una isla en mitad de un río desaparece bajo las aguas por la crecida que provoca la construcción de una presa. Una vaca fugitiva rehuye el registro de las cámaras de Oskar Alegria, director de Zumiriki, que se pierde voluntariamente en mitad del bosque de su infancia durante varios meses mientras graba su aventura a modo de diario audiovisual de un náufrago que, lejos de querer ser encontrado, busca desaparecer de sí mismo en un refugio camuflado desde el que observa y escucha los alrededores. A partir de esta idea de experiencia o, mejor dicho, de filmación de la experiencia subjetiva de su protagonista— se construye una narrativa a modo de collage, de fluir de conciencia inabarcable. Las digresiones, las bifurcaciones, las pausas y ejercicios de poética cotidiana, a modo de ‹performance›, recargan de ideas su propuesta, siempre en constante mutación, ayudada por la combinación de materiales creados de distintas fuentes (cámaras nocturnas y situadas estratégicamente en la zona y las que maneja el propio Alegria, además de viejas grabaciones en Super 8 de su padre en este lugar durante su infancia).

Lejos de aspirar a ser una simple captura del territorio o de una aproximación transparente o directa a la realidad, las imágenes permiten al director construir su personal universo y reglas para expresar su especial relación con el mismo. La omnipresente voz en off provee de cohesión a una estructura abigarrada, repleta de giros y de una tendencia a dar rodeos para llegar al siguiente punto que, muchas veces, parece idéntico, jugando con las expectativas de la progresión del tiempo y del film. Sus recuerdos de infancia, la isla sumergida, una cabaña abandonada, la despoblación de la región por la inevitable muerte de los viejos pastores que no dejan su forma de vida hasta el final… la descomposición de la memoria y del lenguaje se ven reflejados tanto en la estructura de la película como en las dificultades de expresión lingüística que pone de manifiesto el propio relato de los acontecimientos, de lo que el cineasta quiere transmitir de todo lo que evocan en él lo que allí siente, sus reflexiones y hallazgos.

Un diario escrito que acaba mudo, unos dibujos que retratan en cada momento el estado de los árboles a los en su niñez se subía jugando y una estimulante reconstrucción sonora de la primera película rodada en euskera —Gure Sor Lekua (André Madré, 1956) de la que no se conserva el audio original—. El idioma que hablaba el bosque ya no se escucha. ¿Es posible recuperarlo? El que permanece es el más puro, dado por las relaciones con la tierra o los animales y el efecto de mediatización que la civilización, en realidad muy cercana, tiene sobre ellas. Seguimos a Alegria mientras come, duerme, pasea, realiza sus búsquedas o escribe cartas. Los días pasan y, mediante las imágenes, poco a poco se adueña de unos espacios en los que conecta a través del tiempo con la fauna presente. El plano subjetivo se combina con la observación a cierta distancia, que monopolizan gran parte del metraje, dando una idea de esta relación del ser humano con el entorno y la naturaleza de sentimiento de pertenencia y de elemento extraño a la vez. Los fundidos entre marcas temporales distintas de su sistema de vigilancia prueban una asincronía y fragmentación inherentes al propio dispositivo y discurso. Zumiriki es la historia de una desaparición, pero también de un regreso. Con ello también se vincula a cómo el lenguaje audiovisual y la imagen cinematográfica permite unir espacio, tiempo, lenguaje y memoria, transformándolos, jugando con ellos para tratar de recuperar lo perdido o conservar lo encontrado.