Volcano (Roman Bondarchuk)

El cine ucraniano sigue siendo un gran desconocido frente a otras cinematografías de mayor aceptación popular de la antigua URSS como la rusa, la estonia o la georgiana. Quizás la falta de un nombre emblemático, ya que el cineasta más popular nacido en esas tierras es un Sergei Loznitsa que ha desarrollado más su carrera en el vecino y a veces enemigo ruso que en la propia Ucrania; o quizás la falta de una industria que sostenga y mantenga en sus fronteras el talento que tiene que emigrar a otros territorios sea la principal causa de esta falta de apego popular.

Espero que un nombre en alza como Roman Bondarchuk pueda ser la punta de lanza que cambie esta tendencia. Clarividencia y perspicacia desde luego le sobran. Ello se observa en esta Volcano, una película extraterrestre y bizarra, pero asimismo absolutamente magnética y atractiva. Una pieza que combina con mucho acierto y gusto un batiburrillo de géneros que aparentemente nada tienen en común, pero que bien agitados por un perfecto chef conocedor del plato que está cocinando acaban construyendo un cocktail sabroso al paladar e impactante en su degustación.

Podríamos calificar el film como un ‹eastern› a la antigua usanza. También como una sátira bastante agria y amarga que plantea esa confrontación bastante clásica, y acometida en multitud de películas, acerca de un acomodado hombre de ciudad que desembarca (que mejor imagen para arrancar un film de este tipo que ese poderoso mercante tomado desde el cielo que abre la película) en un ambiente rural hostil, brutal, desordenado y desconocido. Otros subgéneros que salpican el contorno de esta magnífica obra son el surrealismo, la comedia, el drama existencialista, el cine de acción, el romance, el bélico, el ‹coming of age› e incluso el cine de denuncia política.

¿Parece imposible mezclar todos estos ingredientes en un solo producto? Pues Bondarchuk lo consigue, saliendo airoso del reto con nota. Narrando la historia de Lukas (Serhiy Stepansky, un reputado ingeniero de sonido que aquí debuta como actor), un traductor que transporta por los escarpados terrenos de las lindes de Crimea una partida de la OSCE que tiene la misión de mediar y encontrar una solución al conflicto ruso-ucraniano. Sin embargo, tras repostar en una destartalada gasolinera, el coche donde se alojan traductor y funcionarios quedará parado en medio de la carretera sin cobertura en el móvil. Lukas tratará de encontrar una solución, saliendo del vehículo con el propósito de localizar alguien que pueda echar una mano. Sin embargo, cuando regresa al lugar donde se hallaba el coche detenido, éste se ha desvanecido junto con sus ocupantes.

A partir de este momento, Lukas iniciará una peculiar odisea por los territorios y asentamientos vecinales en compañía de un veterano superviviente llamado Vova (Viktor Zhdanov), un hombre que se gana la vida haciendo todo tipo de trabajos y chapuzas (entre ellos encontrar viejas chapas identificadoras de soldados alemanes perecidos durante la II Guerra Mundial bajo las tierras ucranianas para traficar con ellas en el mercado negro), que se convertirá en el principal valedor y guardaespaldas del tedioso, despistado y apocado traductor.

Lukas conocerá así a la anciana madre de Vova, y también a su atractiva y apetitosa hija adolescente, quien verá a Lukas como una oportunidad de escape de su anodina y opresora vida campestre. En este sentido, Lukas conocerá, con cierta desgana, a los gamberros amigos de su nueva conocida. También despertará los recelos de los habitantes del pueblo, unos hombres marcados por la violencia, la guerra y la desconfianza a todo lo que sea desconocido. Incluso la policía parece no ejercer el imperio de la ley, actuando a través del soborno y un consentido caos. Lukas se dará cuenta que ha arribado a una ciudad sin ley ni orden. Un absoluto embrollo donde la anarquía, la crueldad y las violaciones triunfan por encima de cualquier estamento.

De este modo, Lukas estará a punto de morir a golpes por un grupo de paramilitares que lo encerrarán en una fosa cavada en medio de un campo. También descubrirá el odio que enciende la atmósfera en cada casa y jardín; explorará el amor adolescente, a pesar de que su mujer le espera en la ciudad; y, a pesar de que sufrirá una especie de secuestro que le impide abandonar el lugar donde ha ido a parar sin su autorización, algo le mantendrá en un encierro admitido y disfrutado. Un influjo invisible que empapará de vida la anodina y lacónica presencia de un hombre que parece no haber gozado de la vida en toda su plenitud. Al revés. Su goce parece arrancar en el momento en que descubre a los excéntricos personajes que pondrán patas arriba su ordenada, metódica y sobria existencia.

Volcano es una película rara. Conscientemente tediosa en su desarrollo. Parca en palabras y en acción. A ello contribuye la sobria, tierna e inexpresiva interpretación de Serhiy Stepansky, todo un descubrimiento que logra que simpaticemos con su agonía y tribulaciones. El disfraz surrealista, entre patético y encantador, que envuelve la superficie del film es un acierto. Puesto que se disfruta como un ‹eastern› barroco y kafkiano. Una obra que plantea cuestiones trascendentes sin tomarse demasiado en serio, ni pretender ser trascendente.

Desde el punto de vista técnico, la cinta se beneficia de una fotografía de altura. Una obra de arte en cada fotograma, gracias a sus panorámicas agrestes y a una profundidad de campo fuera de lo común. También por una apuesta por lo subliminal y la insinuación frente a los condimentos más explícitos y amarillistas. Ello transmite una hermosa sensación de haber leído una poesía pintada con una brocha humilde, pero a la vez contundente y sólida. Una película que a pesar del absorbente caos que la impregna, logra irradiar una magnifica parábola acerca de la violencia existente en la sociedad ucraniana, y asimismo un bello canto en favor de la anarquía y el desorden como fuente de felicidad y vida capaz de demoler esas estructuras que impiden al ser humano desarrollarse y ser feliz.