Vindicare | Hulk (Ang Lee)

Empecemos por el final: Hulk de Ang Lee tiene una de las conclusiones más decepcionantes, a la par que bochornosas, que uno recuerda. Al fin y al cabo toda película de superhéroes, con sus altibajos narrativos y sus momentos valle, se debe encaminar a hacer de su final ‹showdown› el momento cumbre del film. Un ‹crescendo›, y más cuando hablamos de película génesis, que debe llevar al protagonista a la asunción plena de sus poderes y por tanto, a exponerlos de forma exuberante ante el enemigo de turno (que no está de más que esté a la altura de las circunstancias). Pues bien, en el caso que nos ocupa, nos hallamos ante lo opuesto a lo expuesto como (casi) norma básica del género. Un enemigo de motivaciones confusas, unos poderes de opereta, un final precipitado, y un Hulk que, habiendo demostrado anteriormente su capacidad de repartir mandobles apocalípticos, se comporta como casi una hermanita de la caridad.

Precisamente por este final, la impresión que el Hulk de Ang Lee dejó ante la audiencia fue entre fría y decepcionante. Sin embargo, esto no puede ni debe oscurecer los indudables méritos que el film, durante todo su metraje, ostenta. Fundamentalmente Lee busca crear un producto que se mueva entre la introspección, el respeto al cómic y la capacidad de generar espectáculo que se le demanda a una cinta como ésta.

Tres son los aspectos en los que se basa la construcción del film. Lo formal, la investigación y profundidad de los personajes y la espectacularidad en las escenas de acción. Así, en el aspecto formal se busca deliberadamente dar a la cinta un aspecto lo más parecido a la viñeta del cómic. Particiones de pantalla, fundidos y transiciones entre escenas se suceden dotando de un ritmo narrativo muy similar al de estar pasando páginas. Las elipsis temporales están pues a la orden creando la sensación de ritmo vertiginoso y de sucesión continua de eventos.

No obstante, según avanza la trama, Lee consigue momentos de respiro aposentando su cámara fundamentalmente en los rostros de sus protagonistas. No se trata tan solo de conocerlos a través del guion, sino de observar al detalle sus gestos, cambios, expresiones que delatan su evolución, sus traumas, sus motivaciones. Cierto es que hay un abuso del flashback, como si fuera necesario subrayar los motivos de lo que ocurre, pero se agradece el esfuerzo por ofrecer una mirada que va más allá de la piel y que, en consonancia con lo que sucede anatómicamente, se preocupe por el mundo interior de los personajes.

Un mundo, esencialmente el de Bruce Banner, dominado por un subconsciente y una genética que, en combinación, pugnar por emerger, por sacar a relucir una verdad incómoda y reprimida en forma de Hulk. Un monstruo verde cuyos niveles de destrucción y rabia resultan tan inusitados como necesarios para cubrir expectativas. Sí, disfrutamos con Hulk, haciendo de Hulk, destruyendo y aporreando a todo aquello que se le pone por delante. Y sin embargo, detrás de todo ello se adivina al ser humano escondido, que la destrucción material no es más que la metáfora de la aniquilación de un pasado tortuoso. De esta manera más que una orgía de destrucción asistimos a una liberación psicológica de Banner.

Ang Lee, pues consigue crear una obra extraña, que bascula irregularmente (sus aciertos son tan grandes como espectaculares sus errores) entre el blockbuster puro y el cine de autor. Un equilibrio inestable que tanto nos lleva a recordar el aroma del Banner solitario del Hulk televisivo como a sentir algo de vergüenza ajena ante ciertos tumbos de guion y desarrollo absolutamente precipitados e inconexos. Aun así Hulk es un producto que merece ser rescatado ni que sea por salirse del ‹standard› que ha establecido el ahora Universo Expandido de Marvel.



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