Un sol radiant (Mònica Cambra, Ariadna Fortuny)

Una fiesta para el fin del mundo.

Disculpad por la similitud, posiblemente inadecuada a tenor de la naturaleza esencial del film que nos ocupa, pero mi parte gamberra rememoraba con divertimento cierto refrán valenciano popular que indicaba a qué atenerse si por una de esas resulta que se va a terminar inminentemente el mundo. No es este un caso tan procaz. Pero desde luego no deja indiferente ni a las acompañantes de vida ficcionales, ni a la audicencia. Mila (Laia Artigas, aquella niña preciosa que nos robó el corazón en Verano 1993, el hermoso debut de Carla Simón), con tan solo once años, con todo el futuro por delante para disfrutar, se enfrenta como puede a los cuatro últimos días de vida en la Tierra antes de que un meteorito nos aniquile. Y no se le ocurre una idea mejor que organizar una fiesta para ese final inexorable.

Laia vive en el campo —unos parajes sobrecogedores del Baix Camp catalán— con su madre Alicia (Núria Prims), su abuelo Gabirel (Jaume Villalta), y su hermana adolescente Íngrid. Precisamente ahí, en el cielo brumoso y quejumbroso de las montañas impertérritas, en el bosque agreste, en el silencio atronador del milagro existencial —o accidental—, arranca esta pequeña, bonita película, galardonada con el Premio Talents del D’A Film Festival, que se acredita a Mònica Cambra, Ariadna Fortuny, Clàudia Garcia de Dios, Lucía Herrera y Mònica Tort (las dos primeras como directoras, pero las cinco, compañeras de Comunicación Audiovisual en la Univertitat Pompeu Fabra de Barcelona, han participado en la toma de decisiones, y adicionalmente cada una de ellas ha ejercido como responsable de departamento de este proyecto que nació del trabajo de fin de grado de las implicadas). Es la naturaleza indómita, enigmática, telúrica, la que parece augurar un desenlace incierto en cada uno de esos poderosos planos inaugurales, que regresarán cíclicamente a lo largo de la narración, y en un pasaje concreto, sublimado en la roca yerma pero indestructible, a mi me ha traslado sin remisión al onirismo misterioso de aquella cima sublime de Peter Weir, Picnic en Hanging Rock.

Como en aquel trágico picnic campestre en la célebre formación volcánica australiana, aquí también el terror apocalíptico se manifestará en cada cotidiano encuentro con el medio natural, en cada paseo entre juegos por el bosque —Mila y su amiga del alma Flora ensayan todo un emocionante ritual de despedida en torno a las aventuras imaginadas que han compartido en tantas otras ocasiones—, en una suerte de botellón silvestre, desinhibido, que finalmente no podrá conjurar la pena por lo que se viene encima, o en un retorno temeroso, en la soledad más opaca de la espesura nocturna. Desde luego, en ese baño enigmático en el río del abuelo Gabriel, un hombre que apenas habla, al que su nieta escruta con curiosidad, como si custodiase alguna esencial revelación, que pudiese proporcionarle una respuesta ante la complejidad angustiante de la muerte. Porque Mila lucha por mantener unida a su familia, que en medio de tamaña conmoción se bifurca en las inquietudes propias de cada etapa de la vida. Alicia vive obsesionada con proteger a sus dos hijas amadas —y también confronta una despedida terrible de otra compañera de toda una vida—, mientras Íngrid no puede evitar ausentarse a todas horas para pasar el tiempo que le queda con su recién descubierto amor juvenil. Y cada una de ellas intenta con todas su fuerzas mantener la calma. Pero conforme vayan transcurriendo inexorablemente las jornadas, las inquietudes se irán adueñando del escenario de la existencia, en un tratamiento eminentemente naturalista que distingue singularmente el film de otras propuestas igualmente referenciables por su temática, como la Melancolía de Lars von Trier —no digamos, por supuesto, los formatos más convencionales sobre crisis de esta magnitud—, y nos vuelve a acercar a la directora de Alcarràs, a la que las jovencísimas cineastas mencionan como un importante referente.

Los mimbres más representativos de la ciencia ficción cinematográfica se humanizan en los instantes más insignificantes del día a día, en las conversaciones cómplices de las hermanas en la cama antes de dormir, en los abrazos del clan al completo, en los bailes y en las carreras alocadas, para componer una película serena —tendréis que ver en que resulta el anunciado festejo—, contemplativa, definitivamente luminosa, como nos adelantaba su presentación, que nos mira directamente a los ojos. Como en ese último plano de Mila rodeada de todas las personas que más quiere, y nos interroga, «si llegase el fin del mundo, ¿qué valoraríais?

Desde luego, este exultante debut augura un futuro cinematográfico indubitadamente prometedor.

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